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Los grupos sociales en la cuentística de Daniel Sueiro

Khemais Jouini

 

Gonzalo Sobejano señala que "lo que distingue más hondamente a los novelistas sociales, cualquiera que sea la categoría artística alcanzada por cada uno, es un invencible propósito de veracidad testimonial, el empeño de no incurrir en falseamiento alguno acerca del estado de su pueblo"[1]. En efecto, la narrativa española de posguerra, tanto en su modalidad de novela como en la de cuento, se convierte en una crónica del presente lo más ajustada posible a la realidad de un aquí y ahora, y el "novelista realista - en palabras de Andrés Amorós- es un observador y un testigo, pero también un historiador social, de las distintas "especies" que pueblan nuestro mundo"[2]. La preocupación por la verdad es perceptible en la necesidad de estos autores de narrar hechos actuales e inmediatos. Veracidad, exactitud y fidelidad se identifican desde un principio con la realidad exterior; y el nivel de conocimiento más elemental de esta realidad es aquel ante el cual el observador no necesitará hacer ningún esfuerzo por captarlo; nos referimos a los grupos sociales que conforman el núcleo de su creación.

El novelista y cuentista Daniel Sueiro (1931- 1986), miembro de la tendencia socio-realista de la Generación del medio siglo, es un ejemplo ilustrativo de lo expuesto anteriormente. Los cuentos de sus tres primeros libros de relatos[3] ofrecen una visión testimonial de la realidad actual que ha vivido el autor, y describen los límites vivenciales y existenciales de sus personajes. Igual que otros escritores de su generación, Daniel Sueiro se planteó hurgar en el cuerpo social del país para denunciar y criticar aquellas situaciones y aquellos comportamientos abusivos de la vida española de posguerra y, como ha declarado él, "elaborar la realidad, enriqueciéndola con referencias a cosas o hechos que han sucedido, ocurren y siempre amenazan con repetirse"[4].

Lo que intentamos entresacar en este trabajo son las características generales de los grupos humanos que pueblan los cuentos de Daniel Sueiro, destacando las limitaciones de sus circunstancias vitales diarias. El análisis consiste, pues, en ver la vida de todos los días de estos grupos sociales en los tres espacios vividos cotidianamente: la casa, el trabajo y la calle, subrayando sus costumbres, modos de vida y las relaciones que existen entre sus miembros.

En los cuentos de Daniel Sueiro, podemos distinguir a dos grupos humanos afincados en dos espacios geográficos distintos: el primero, en el ámbito urbano y el segundo, en el rural. Sin embargo, el autor se inclina casi siempre por reflejar la sociedad contemporánea en la ciudad, con preferencia por Madrid como barómetro del vivir cotidiano que retratan muchos de sus cuentos. Los grupos sociales se hayan representados en muy diversa medida en el corpus de cuentos analizados, pero la clase media, el proletariado, por una parte; y la población rural, por otra, son los grupos más retratados; en tanto que las clases altas o burguesas están esporádicamente presentes. Enrique Martín López señala que "la clase obrera y nueva clase media son los protagonistas centrales de la era de Franco, en buena medida (...) son producto de los procesos sociales, económicos y tecnológicos acaecidos durante este período"[5]. En efecto, la situación miserable en la que se encontraba gran parte del pueblo español durante la posguerra y la evolución que ha conocido el país encuentran su mejor eco en las clases media y baja fueron el punto de interés de muchos cuentistas de la Generación del medio siglo como Ignacio Aldecoa.

La determinación social del individuo de clase media, como lo hemos señalado antes, y que dada por varios signos exteriores que conforman su vida, como la vivienda, el vestuario, el trabajo y las costumbres y modos de vida. El prototipo femenino y masculino de clase media, apenas marcados con rasgos propios, presentan, no obstante, algunas peculiaridades. Generalmente, la mujer de clase media, que presenta Daniel Sueiro a través de sus cuentos, es de mediana edad que ejerce de madre, se ocupa de las labores de cada[6], y, ocasionalmente, se trata de una simple funcionaria que se siente sola, frustrada, con falta de tiempo para cuidar a los hijos y con problemas de comunicación con el propio marido, como la protagonista de La entrevista, y cuya preocupación es brillar en el trato social como el personaje, como el personaje Charito en el cuento Hora punta. El prototipo masculino de clase media es un individuo casado en cuyo perfil el trabajo es un elemento indispensable y la manutención de los hijos es una problemática diaria. Este prototipo lo podemos ver en el personaje principal de La indemnización, casado con muchos hijos, que espera con ansiedad cobrar la indemnización por su hijo atropellado por un coche para resolver algunos de sus problemas económicos. Entre los signos sociales más destacados de este grupo se encuentra el atuendo, que se caracteriza por la total ignorancia de las modas, y la vivienda, que suele ser pequeña, humilde y con pocos objetos decorativos:


“Salió luego a la salita de estar-recibidor (La casa era nueva, aunque estaba situada en las afueras; del Ministerio de la vivienda, por fin la había conseguido, después de tantos años), con la camisa limpia y arreglada, y le echó un vistazo a al tresillo (estrenado hacía quince días), al aparador, la mesa plegable y lo demás.” (El Hincha que en paz descanse, pág. 98)

La institución familiar, célula básica del orden social, se caracteriza por el gran número de hijos[7], en cuyo seno surge el padre como figura dominante. La madre, por su parte, se caracteriza por su religiosidad[8], al contrario del hombre en el que el escepticismo religioso era habitual; y por su resistencia a las condiciones económicas adversas, pero, sobre todo, por su total dedicación al servicio de la familia:


“Estaba la madre, de la cocina al comedor, nerviosa del comedor a la cocina, esperando al que faltaba para que a todos aquellos se les pasara el enfado y cenaran en paz.” (Tres historias navideñas, pág. 361)

La alegría y la felicidad parecen bienes inalcanzables, ya que están asociadas a su condición socio-económica en la que sobresale la necesidad y, en muchas ocasiones, la miseria; por eso, las relaciones entre sus miembros derivan con frecuencia de estas condiciones, y, muy a menudo, se caracterizan por la rutina y la falta de comunicación, aunque con un fuerte sentido de amor no declarado:


“Entro en la habitación ruidosamente, porque ahora no quiero pasar inadvertido. Les saludo en voz alta, ¡ hola! pues aún les quiero, y quiero que ellos sean también libres. Están tan lejos que tardan un buen rato de volverse para mirarme.” (Una bocanada de aire, pág. 398)

Sus modos de vida muestran, como particularidad, un nivel cultural escaso de los padres, que contrasta con el de los hijos, que, en algunos casos, demuestran una actitud rebelde, no sólo contra la mentalidad e ideales de los padres, sino en la infracción del orden establecido, como el personaje de Mi asiento en el tranvía, que rehúsa ofrecer su asiento a otros viajeros que lo necesitan más, o los jóvenes de Cambio de rasante, que transgreden las normas de circulación, poniendo en peligro su vida y la de los demás conductores. Pero además, rasgos característicos de este grupo social son las reuniones y veladas familiares alrededor de la televisión, como principal medio de distracción. Estas reuniones suelen ser silenciosas, incluso en las comidas o cenas, lo que confirma la falta de comunicación, señalada más arriba, entre los miembros de la familia. La celebración de fiestas nacionales o religiosas suele ser el reflejo de su miserable vida y de su opresión ambiental:


“No había árbol de Navidad en aquel cuarto ni velas encendidas sobre aquella mesa ... pero más raro aún era aquel silencio, la ausencia del bullicio y de la música y las canciones que cabría esperar dentro de una casa en una noche como aquélla.” (Tres historias navideñas, págs. 360-361)

Las posibilidades de cambio de condición en el seno de este grupo social suelen ser escasas, y la ilusión para cambiar o mejorar su situación económica nos la presenta Daniel Sueiro en el cuento Algún día nos tocará a nosotros, en el que la lotería y los juegos de azar constituyen un importante recurso al cual acuden los individuos de este grupo y de otras clases menos favorecidas para mejorar su suerte económica cuando no pueden conseguirlo con el trabajo:


“Todo el mundo tiene esta ilusión, y es muy humano, ¿no? y es que es la única manera de poder salir adelante... otra no hay.” (Algún día nos tocará a nosotros, pág. 369)

El trabajo es un importante factor de determinación de la condición social. La clase media es un grupo heterogéneo, representado por una amplia gama social de funcionarios de escalas bajas, subalternos, guardias civiles, pequeños propietarios, pero, entre sus miembros, resulta muy habitual, en los cuentos de Daniel Sueiro, el oficio de funcionario público y de la administración (Mi asiento en el tranvía, Hora punta, Algún día nos tocará nosotros, la entrevista). Aparte de estos miembros, hay que considerar a una elite intelectual que vive en condiciones muy dispares, pero aquejada como los primeros por las necesidades cotidianas de la existencia. Una muestra de estos intelectuales nos la ofrece el autor en el cuento Al fondo del pozo donde el personaje principal, un periodista, acude al ministerio, junto con otros compañeros de la profesión, para cobrar la pequeña cantidad de sus colaboraciones, que gasta al llegar la noche. Los personajes de clase media suelen desempeñar oficios que no les gustan, les atenazan y no les dan para vivir y mantener a su familia:


“Trabajo sin entusiasmo, pero trabajo. Gano lo menos que se puede ganar, lo que me pagan.” (Mi asiento en el tranvía, pág. 185)

El trabajo poco remunerado de este grupo social repercute en las relaciones entre sus miembros , que se caracterizan por ser conflictivas entre superiores y funcionarios cuando éstos se sienten aprovechados o maltratados, y desembocan en relaciones de odio y resentimiento entre los mismos empleados cuando se sospecha a alguno de adulación a los jefes:


“A los compañeros, García no les hacía gracia, no sólo por la situación privilegiada en que parecía encontrarse en cuanto a don Jenaro, sino por otras razones.” (Hora punta, pág. 192)

El proletariado urbano está representado con cierta amplitud en el corpus de cuentos analizados. El prototipo masculino proletarios se adecua al perfil del hombre trabajador y mal pagado. El femenino, por su parte, aunque menos frecuente que la figura masculina, responde al de la mujer trabajadora, y con frecuencia casada y con muchos. Los miembros de este grupo son seres aplastados por las circunstancias sociales, y entre los cuales la miseria y el hambre y un nivel cultural escaso o nulo son habituales:


“Si a estos les preguntan así, de repente, qué día es, qué ahora, cuánto tiempo hace que están sentados, dónde queda la calle tal o cual... o quiénes son, muchos no sabrían a ciencia cierta qué responder de momento.” (El ruedo, pág. 207)

Además, características de este grupo son la vulgaridad, la degradación, la rutina y el aburrimiento; pero lo que les une a todos es la absoluta falta de ilusiones y de esperanza:


“Cuando llegó a Madrid, Felipe tenía otras aspiraciones, pero encontró aquel empleo y se dijo "con esta base podré buscar una cosa mejor" pero no buscó nada.” (Felipe, el marciano, pág. 31)

En la determinación de los signos externos, Daniel Sueiro, casi siempre, presenta la vestimenta del proletariado como indicio del oficio que ocupa, pero en todos los casos se trata de un tipo de vestimenta que indica su estrechez económica. El mundo del proletariado está representado por un abigarrado muestrario de camareros de bares y restaurantes (Hay que cerrar Horacio, Último viaje en un tren nocturno), albañiles (La cansera, Las siestas), conserjes (Hora punta, El Hincha, que en paz descanse), criadas y dependientas (El gas, Felis domesticus), vendedores de lotería y tabaco (La entrevista, Algún día nos tocará a nosotros), empleados y aprendices de talleres (Viaje en bicicleta, Una bocanada de aire). Las condiciones de trabajo se caracterizan por ser deplorables y con sueldos escaso, por lo que algunos están obligados al pluriempleo, como el protagonista de El Hincha, que en paz descanse, sin cobertura económica en caso de falta de trabajo (El ruedo), y con jornadas laborales de hasta 12 horas, incluso en domingo:


“Todos trabajaban con ganas en lo de los chalets nuevos, porque iban por horas, no a sueldo fijo. Se les veía moverse durante todo el día desde las siete de la mañana hasta las ocho de la tarde, ya casi de noche.” (Las siestas, pág.164)

Algunos miembros de esta clase son emigrantes que han huido a la ciudad de la situación de paro, o bien en busca de un trabajo mejor remunerado y mejores expectativas de futuro. Al lado de estos grupos sociales, aparecen pululando por el ambiente urbano algunos estudiantes (Hora punta, Para artista de cine), pero sobre todo un grupo de marginados sin oficio conocido, cuya presencia en los cuentos se produce con alguna frecuencia, representado por unos seres parásitos que matan su tiempo en los bares o en paseos por las calles de la ciudad (El plano, San Antonio, el guindero), artistas de poca monta (La carpa), y otros personajes dedicados a actividades ilegales: falsificadores de bebidas, ladrones de combustible (Gasolina o el día en que mataron al camarero), y traficantes de droga (Gomas o algo mejor que un frasco de champú).

En el ambiente urbano, el espacio en que se mueve la población fuera de su trabajo o de sus casas es también un indicador de su situación económica tal como se ilustra en el cuento Hora punta:


“En el quiosco que hay en medio de la glorieta (...) entra la gente que no quiere engañar ya más, los oficinistas, los pintores, las secretarias de los jefecillos, los militares de poca graduación, los señoritos rebotados de Serrano, los quinielistas, los obreros especializados, los desgraciados de la clase media... pero en la glorieta hay también un par de tabernas antiguas, sucias, desgarradas, y un local moderno algo escondido, bastante oscuro, muy dudoso.” (Hora punta, pág. 197)

Los bares y cafeterías parecen ser el lugar de reunión de estos habitantes para relacionarse unos con otros. De esta forma se da una perfecta estratificación de los sitios destinados a consumir el café y el aperitivo diario, desde la vértice de la pirámide social hasta los lugares frecuentados por la clase media y los grupos menos favorecidos.

La población del ambiente rural de los cuentos de Daniel Sueiro difiere notablemente, en sus modos de vida, de los grupos de población urbanos. El hombre parece ser la autoridad indiscutible en el seno de la familia y en todo lo que se refiere a los asuntos que atañen a la vida comunitaria del pueblo; mientras que el papel de la mujer resulta menos importante en lo que se refiere a la actividad pública. La función de ésta parece ser la de vivir a la sombra del hombre, dándole el apoyo necesario y cuidando de los hijos:


“Las mujeres, que habían sacado de sus casas -camas, armarios, jergones de paja, de lana, de borra sillas, platos-... todo lo que, en previsión de que ocurriera lo peor, no querían perder, miraban silenciosamente y con las manos recogidas sobre la cintura el trabajo de los hombres.” (El eucalipto, pág. 61)

La familia se caracteriza por el gran número de hijos y, en sus modos de vida, el trabajo en el campo de los padres, si no también de los hijos, es un elemento indispensable en su vida diaria, como en La rebusca donde en varias familias, al igual que en la del personaje- narrador, padres e hijos se dedican a recoger lo que sobra de las cosechas. Este trabajo duro se realiza, a veces, en condiciones climatológicas muy duras:


“Su jornada ha concluido y ahora empieza la nuestra. Trabajamos durante todo el día: ellos desde medianoche hasta mediodía, nosotros desde mediodía hasta medianoche. Ellos se retiran cuando ya no pueden aguantar el sol sobre el espinazo; nosotros lo aguantamos.” (La rebusca, pág. 14)

La falta de ambición que caracteriza a muchos personajes de este grupo social parece depender, como se ilustra en los cuentos El eucalipto y El disparo, de su mentalidad fatalista, y su fidelidad a los dogmas religiosos, pero sobre todo de su nivel cultural muy bajo:


“Aquí nadie sabe, ni siquiera los niños, dónde está el Sur, ni el Oeste, ni el Sur, ni el Este...” (El eucalipto, pág. 56)

La imagen que nos ofrece Daniel Sueiro de la población rural es la de una gente simple y preocupada por pequeños problemas de existencia diaria, como las dificultades de su humilde trabajo, en La rebusca, la inquietud que invade a toda una aldea por la tala del gigante árbol que amenaza sus casas, en El eucalipto, o el impacto que causa en el vecindario la muerte del maestro en El maestro. Esta población rural goza de un fuerte sentimiento de solidaridad que contrasta con el egoísmo de la ciudad. Su vida transcurre sin grandes complejidades en la que la casa constituye la reminiscencia familiar e íntima más valiosa y entrañable, tal como lo ilustra el cuento El eucalipto.

Así, pues, hemos podido ver que éstos grupos, que centran el interés de Daniel Sueiro, presentan la estampa engañosa de una España feliz. Sus personajes están preocupados, en su mayor parte, por los problemas personales de todos los días, desvalidos, humildes, que asumen su estrechez económica como a otra carga de la vida, difícil de soportar a la que hay que añadir su impotencia ante otras condiciones humanas y vitales. El autor no busca una auténtica reconstrucción histórica de la sociedad española de entonces, sino que pretendía dar una réplica directa de las condiciones generales de la vida de aquella época, tal como él las interpretaba. Su interpretación adquiere, pues, un neto sentido de compromiso moral con la sociedad a la que se dirige.

 






Notas


[1] SOBEJANO, Gonzalo, Novela española de nuestro tiempo (en busca del pueblo perdido), Madrid, Prensa Española, 1975, 2a. Pág. 307.

[2] AMORÓS, Andrés, Introducción a la novela contemporánea, Madrid, Cátedra, 1985, pág. 27.

[3] Daniel Sueiro publicó cinco libros de relatos: La rebusca y otras desgracias, Barcelona , Rocas, 1958; Toda la semana, Barcelona, Rocas, col. Leolpoldo Alas, 1964; Los conspiradores, Madrid, Taurus, 1964; El cuidado de las manos, Madrid, Eds. Del Centro, 1974 y Servicio de navaja, Madrid, Sedmay, 1977. Citamos por la edición de Cuentos completos, Madrid, Alianza, 1988, prólogo por Darío Villanueva.

[4] En SALADRIGAS, Roberto, "Monólogo como Daniel Sueiro", Destino, núm. 1704, 1970, pág. 71.

[5] MARTÍN LÓPEZ, Enrique, "La sociedad", en José Andrés (coord.), Historia general de España y América. La época de Franco, Madrid, Rialp, 1992, vol. XIX, pág. 271.

[6] El nuevo Estado, según consta en el Fuero del trabajo, favoreció a la dedicación de la mujer a las atenciones del hogar y la crianza y educación de los hijos.

[7] El régimen franquista concedió desde el principio una gran importancia y respeto por la familia. Las leyes del 1 que agosto y del 13 de diciembre de 1941 enaltecían y subvencionaban las familias números.

[8] En una encuesta del informe FOESA (1970, pág. 445), reproducido en Historia general de España y América. La época de Franco, cit., pág. 252, se afirma la mayor religiosidad de las amas de casa, cuya suma de practicantes más fervientes alcanza al 77%.





— per citare questo articolo:

Artifara, n. 5, (gennaio - dicembre 2005), sezione Addenda, http://www.artifara.com/rivista5/testi/sueiro.asp


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ISSN: 1594-378X



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