|
|
|
|
|
|
¿Abandonar la escritura?
(La metapoesía en la experimentación española de los '70)
Felipe Muriel
Encuadre
La vanguardia histórica y la neovanguardia de mediados del siglo XX lanzaron la consigna de abandonar la escritura. Era un acto de rebeldía contra el statu quo y los códigos estéticos dominantes[[1]]. Se desconfiaba de la capacidad representativa del lenguaje y se denunciaba su condición de instrumento del Poder:
| 6.
[…]¡Sí! Se hace necesario abandonar la escritura, tal como existe, esta
escritura que nos vemos obligados a soportar, que es la utilidad de la
Burocracia!!! ¡Depósito de lo sagrado! […]
9. Es urgente. Es el <<hacer>> de los poetas: inventar escrituras que pongan acento y acuerdo sobre la realidad de cada hombre; <<YO>>[[2] |
El sistema de codificación tradicional se niega y se ensayan otras formas de comunicación, en las que el libre juego de significantes y el papel del lector resultan decisivos:
5)
Nuestro tiempo está demostrando cómo es posible hacer literatura con medios <<no
literarios>>, cómo es posible hacer poesía con medios <<no poéticos>>. Cualquier
medio programable, en principio, es un signo sobre el cual puede descansar un
significado poético[[3]]
Pero, ¿qué resonancia tuvo la
aventura neovanguardista de los años sesenta?...
1.
Las afueras
Durante muchos años la poesía
experimental española ha sido negada. Su exclusión refleja la lucha de las
opciones artísticas por abrirse un hueco en el canon. La decisión de Castellet y
Gimferrer de dejarla al margen de Nueve novísimos poetas españoles (1970)
y su no inclusión en las antologías publicadas a lo largo de los setenta la
privó de reconocimiento y la relegó a la periferia.
Habrá que esperar hasta la década
de los noventa para que apreciemos un cambio de orientación. El eclecticismo
estético reinante y la consagración de autores como J. Brossa colaborará en una
mayor receptividad hacia el experimentalismo como hacia la vanguardia en
general. Se editarán Distinto y junto. Poesía Completa de F. Pino (1990)
y Poesia Completa de G. Viladot (1991). F. Millán rescatará en 1994 el
inédito Los Poemas Concretos(1966-78) de otro histórico, F. Boso,
fallecido en 1983. Un año más tarde F. J. Díez de Revenga elaborará una
selección de Poesía Española de Vanguardia, mientras que J. M. Bonet
confeccionará un ambicioso Diccionario de las vanguardias españolas.
El Ciclo Bronwyn de J.-E. Cirlot, que el propio autor había sacado por
entregas, verá la luz de forma conjunta en 2001. Paralelamente, irán apareciendo
una serie de trabajos como los de R. de Cózar, Poesía e Imagen (1991); T.
Blesa, Scriptor Ludens (1990), Logofagias. Los trazos del silencio
(1998); A. Monegal, En los límites de la diferencia. Poesía e imagen en las
vanguardias hispánicas (1998); J. Pérez Bazo (ed.), La vanguardia en
España (1998); G. Morelli (ed.), Treinta años de vanguardia en España
(1991) y Ludus. Cine, arte y deporte en la literatura española de vanguardia
(2000); B. Millán, Ñ, Poesía visual en España (1999); nuestra
Poesía visual en España (2000) y J. C. Fernández Cerrato, ¿Cómo se lee
un poema visual? Retórica y Poética del Experimentalismo español (2003), que
aspiran no sólo a ponerla en claro, sino a sentar las bases para su definitiva
rehabilitación dentro de la lírica española de la época.
Parte
esencial de ese proceso es la selección de las obras que todavía hoy suscitan el
interés del lector. De los nombres que figuran en las antologías de Boso (1972),
Millán (1975), Sarmiento (1982 y 1990) sólo tres destacan por la relevancia de
sus aportaciones. Nos referimos a J.-E. Cirlot, J. Brossa y F. Pino. Mas en este
recuento de los experimentales de primera hora no podemos olvidar la labor
creativa y divulgativa de M. Labordeta, G. Viladot, F. Boso, J. L. Castillejo,
J. Campal, J. M. Ullán, E. Scala y F. Millán[[4]].
Fue una época de ruptura, en la que el uso de otros lenguajes y estrategias
discursivas encerraba un gesto de disidencia estética o/y política. Veámoslo.
Perspectivas
A
finales de los años sesenta la poesía social había llegado a un callejón sin
salida. Los poetas jóvenes se negaban a aceptar que el centro de gravedad del
texto poético residiera en la transmisión de contenidos de carácter referencial.
Reclaman la autonomía estética del lenguaje y se revalorizan los procedimientos
de escritura surrealista, visual y barroca; sin embargo, la hostilidad hacia las
poéticas visuales propiciará su aislamiento del modelo estético imperante en los
años setenta, la poesía novísima.
Paralelamente se desarrolla una corriente de crítica al lenguaje, que alcanzará
la plenitud en la primera mitad de los setenta, coincidiendo con la segunda
etapa de los novísimos. Frente a los poetas sociales que afirmaban el valor de
la palabra para conocer la realidad y transformarla, autores como J. A. Valente,
los novísimos (Carnero, Gimferrer, Panero…) y experimentales (Cirlot, Pino, Boso,
Scala…) subrayan las carencias del lenguaje. El lenguaje se interpone como una
entidad autónoma entre el mundo y el sujeto. La realidad se enfoca desde una
estructura, la gramatical, ajena a la naturaleza de las cosas. El lenguaje
poético descubre su carácter ficticio y su insuficiencia[[5]].
La
revisión crítica del lenguaje presenta en los experimentales dos modalidades no
excluyentes. La primera cuestiona la arbitrariedad del signo lingüístico y
proclama la conciencia analógica del significante (Brossa, Viladot). En la
segunda se desconfía del lenguaje. El divorcio entre lenguaje y mundo y su
capacidad manipuladora del pensamiento determinan el rechazo del significado y
la potenciación de la materialidad gráfica (Castillejo, Boso). M. Labordeta
subraya el carácter ficcional de la obra y su autor, pero cree en el poder de
la palabra para construir mundos imaginarios. La necesidad del lenguaje y la
imposibilidad de nombrar lo inusitado están en la base de la poética del
silencio, tendencia surgida a finales de los sesenta, que conocerá su fase de
esplendor a comienzos de los ochenta. Miembros o próximos a ella son Cirlot,
Pino y Scala.
Ante
la crisis del lenguaje poético, los poetas visuales de los años sesenta siguen
la senda de los movimientos letrista, concretista y espacialista, sus referentes
más cercanos. Producen mensajes extremadamente económicos, de percepción
instantánea, que sorprenden al lector y le fuerzan a reconsiderar su horizonte
de expectativas estético[[6]].
Fruto
de esa conciencia autónoma del lenguaje se concede protagonismo a las letras.
Las letras, liberadas de su papel de simples instrumentos de comunicación,
recuperan su estatuto gráfico y su capacidad metafórica para designar otras
realidades.
La
primera opción incorpora elementos figurativos y simbólicos a la reactivación
gráfica. La poesía visual se impregna del politizado ambiente de la postguerra y
asume un espíritu de combate, mas con una diferencia. Frente la poesía social
que primaba el contenido en detrimento de los medios expresivos, los visuales
codificarán los significantes gráfico-visuales en clave reivindicativa y, para
facilitar la comunicación, suministrarán algunas pistas. Por ejemplo, el
collage que cierra Poemes per a una oda (1970) de J. Brossa — una
gacetilla con el saldo de muertos y heridos tras una carga policial contra los
obreros del metal en Granada— fue censurado y el autor lo sustituyó por una
hoja de calendario de julio de 1936, mes del Alzamiento contra la República, que
eleva el tono de la denuncia.
El
tema de la opresión se plantea en la figura uno[[7]].
La yuxtaposición de la O y D reproduce la forma de un candado. A
la izquierda yace tumbada una i antropomórfica. Si la I se asocia
al hombre, la posición horizontal y la ausencia de punto insinúan su muerte
simbólica. Suprimir el punto es destruir la capacidad de raciocinio del
individuo, reducirlo a cadáver viviente. El tamaño de las figuras resulta
desproporcionado. La pequeñez de la mutilada i contrasta con la
omnipresencia del cerrojo, símbolo de la Dictadura franquista[[8]].
Se vive en una prisión. La respuesta se enmascara entre las letras. La voz
catalana odi ‘odio’ surge de la unión de O, D, I.
Es la ira revolucionaria contra la injusticia.
El
leridano G. Viladot planteó en Cartrons Concrets (1968) el conflicto
hombre y sociedad[[9]].
La secuencia léxica nen, noi, home muestra el tránsito de la niñez a la
edad adulta. El paso se subraya tipográficamente con el progresivo aumento del
tamaño de las letras y la simbolización de la N y O. La N
inicial representa la puerta de entrada a la vida, mientras que la O, el
recinto interior de la persona, su intimidad (Figura 2). Ligadas N y O
forman el adverbio de negación, signo de la existencia humana y preludio del
desencanto que produce el choque del yo contra la realidad. Negatividad y lucha
fratricida, porque la interjección final nyac ‘zas’, leída al revés forma
el nombre bíblico de Caín[[10]].
La
segunda analiza críticamente el lenguaje. Se señala su falsedad e inutilidad y
algunos autores reaccionan descartando el significado (Castillejo) o, roto el
vínculo con la realidad, entregándose al juego lingüístico (Boso).
Castillejo defiende en la teoría y la práctica la independencia de los signos
escritos respecto al lenguaje verbal. Sus obras carecen de contenido a fin de
que el lector haga un ejercicio de recepción aséptica y redescubra la
materialidad de la escritura[[11]].
La
obra bosiana se convierte en un ejercicio de autorreferencialidad, en el que el
sentido gira sobre sí mismo [[12]].
Tras esa búsqueda de lo literal, late una desconfianza en el decir y un rechazo
del contenidismo de la poesía social y la verborrea discursiva. El objetivo es
claramente dadaísta, decir nada, deshablar: el prólogo a Los Poemas
Concretos se titula Nichtssagendes (Lo que no dice nada)[[13]].
Se
cuestiona el lenguaje hasta el punto de que en “Canción sin palabras”(Figura 3)
las elide y sustituye por signos, guiones dentro de paréntesis, que denotan su
marginalidad en el enunciado y su condición cercana a la mudez y el silencio[[14]].
La
dedicatoria a I. Gómez de Liaño resulta elocuente. Comparte con él la necesidad
de abandonar la escritura y ensayar otras formas de creación. La reescritura de
expresiones con “palabra” como núcleo produce un mensaje entrecortado y
tartamudeante, en el que destacan la precariedad y falsedad del lenguaje:
“dos (- -)/ medias (- -) / dar (-)/ no tener (-)…”
El
lenguaje es una atadura de la que pretende liberarse. El poema de cierre “El
despegue del avión del terreno baldío” lo dedica a Castillejo, autor de La
caída del avión en el terreno baldío (1967), libro cuyo título transforma
para expresar un deseo adánico de vuelta a los orígenes y refundación del habla:
“Lo mejor sería / desdecirse…Y volar”.
Cirlot
concibe la poesía experimental como territorio de búsqueda de lo sagrado. El
encuentro a mediados de los cuarenta con el musicólogo y maestro de símbolos M.
Schneider fue decisivo para la posterior evolución de su obra. A su bagaje
surrealista —pasión por lo oculto, imágenes simbólicas, l’amour fou de
estirpe trovadoresca— Schneider aportó la concepción mística del sonido. Cirlot
confesará a Ory la fascinación que siente por los nombres: “Otros necesitan ver
una estatua, una imagen; a mí me basta un nombre”[[15]].
La imaginación poética cirlotiana se activa con las sugerencias fónicas de
Bronwyn, Inger, Helma
El
Ciclo Bronwyn tiene su origen en el asombro que el personaje de Bronwyn
interpretado por Rosemary Forstyth (El señor de la guerra, F. Schaffner)
causó a nuestro autor. Tras los ocho primeros libros (1967-69), Cirlot exploró
una nueva vía en Bronwyn, n, z, x, y, además de las póstumas Nueve
Variaciones Fonovisuales sobre el nombre de Bronwyn. Ideó un
metalenguaje de raíz simbólica a partir de las variaciones fónicas del nombre[[16]].
Técnicamente se entronca con los modelos constructivos de los músicos Scriabin y
Schönberg y la Cábala extática de Abulafia[[17]].
Aunque
el sentido de estos textos herméticos se escapa, el lector dispone para
activarlo de instrumentos como las resonancias fónicas, el ritmo y la simbología
gráfica.
Bronwyn, mensajera de los celestes cielos extraviados, se sacraliza en
las variaciones tres y ocho. En la tercera se identifica con el emblema
cristiano de la cruz[[18]]
y la octava adopta la forma de una cavidad (Figura 4), cuyo vértice es la
B [[19]].
De la B parten sendas trayectorias de lectura —de derecha a izquierda y
de izquierda a derecha— que desvelan por el intertexto francés bon vin la
vinculación metafórica de Bronwyn con el Santo Grial. El Graal se compara
al corazón y el centro, porque contiene sangre o su equivalente, vino. Vaso de
abundancia y regeneración, expresa una añoranza de la madre primordial por la
similitud con el pecho, el vientre y la cuna[[20]].
El
grafema B cifra el deseo de plenitud. Situada en el eje, la B
rescata el emblema mercurial del caduceo. Los alquimistas lo consideran símbolo
de equilibrio e integración de fuerzas opuestas. Aglutinaría las corrientes
antagónicas de lo masculino y lo femenino. El ruego intertextual ven hoy
(BN OY) refleja un deseo de fusión, de recobrar la perdida esencia de las cosas
y regresar a la Magna Mater. El yo poemático se lanza, como los caballeros de la
Tabla Redonda, a la búsqueda. Lucha por superar las duras pruebas de la
existencia (NI NO) y alcanzar la totalidad representada por la segunda letra del
alfabeto[[21]].
En la
misma órbita hermético-mística hay que encuadrar a F. Pino y a E. Scala, poetas
que, por edad, pertenecen a la Generación del cuarenta y la promoción del
setenta. Ambos unirán la experimentación verbo-voco-visual con la llamada
poética del silencio. Comparten una actitud de desconfianza ante el lenguaje,
que desemboca en la concepción de la escritura como experiencia de límites. El
discurso se fragmenta y tiende a conformaciones visuales de carácter simbólico y
a un estilo lacónico, de corte aforístico.
La
segunda etapa de la poesía de Pino se inicia con Textos Económicos
(1969). Es, como Solar (1970), un libro autocrítico que pone en tela de
juicio la esencia de la poesía y el estatuto del poeta.
En su
obra se dan cita juego y drama. El fracaso del lenguaje para designar lo
inefable se traduce en una estética del despojamiento o en el puro vacío[[22]].
El verso se desplaza y la indagación lingüística se potencia. Las palabras
desatan sus posibilidades expresivas y los textos desbordan el sentido único. La
participación del receptor resulta imprescindible para descubrir lecturas
latentes.
El
poema de F. Pino (Figura 5) se construye en los planos superior e inferior de la
página[[23]].
El primero contiene una sentencia retocada (“El saber es el cimiento de la
admiración irisación”), el otro un comentario e invitación a los lectores.
La
zigzagueante trayectoria de lectura y la alusión a la vía mística (el “no saber”
como fuente de sabiduría) prueban una voluntad de búsqueda. La lente se aplica
al lenguaje. Se atisba la red de reflejos semánticos. La palabra de cierre,
IRISACIÓN, despliega su polisemia. El uso de las mayúsculas alerta al lector
del hallazgo léxico. A la acepción de ‘vislumbre iridiscente’ se superponen
diversos intertextos en calambur IRIS y AC(C)ION, I RISA AC(C)IÓN,
claves para entender la obra experimental de Pino.
Tanto
‘admiración’ como ‘irisación’ nos sitúan en el terreno de la mirada. El material
lingüístico sometido a examen depara fulguraciones imprevistas. Como el poema es
ante todo una experiencia lingüística, el ofrecimiento final —ven conmigo y
admira la Vía Láctea— anima a contemplar la belleza de las palabras-
estrellas y disfrutar de sus ocultos brillos. Mas en la obra de Pino mística y
poesía se funden. El éxtasis que los místicos alcanzan durante la contemplación
se equipara al placer que el texto genera durante la recepción activa.
Unido
a la estrategia desestructuradora del lenguaje, el intertexto RISA pone
de manifiesto el recurso de la ironía. El autor hace balance de su producción y
se caricaturiza. Se figura como un cadáver en fase de putrefacción: “Estoy/
descomponiéndome; / los gusanos/ me aman/ y yo/ amo/ a/ los/ gusanos…”[[24]].
También el poema tradicional es blanco de los ataques en “Lírica que se vuelve
económica”(Figura 6). Los signos de puntuación flotando sobre la página parodian
una poesía que se ha vuelto caduca[[25]].
Denuncia lo hueco del lenguaje literario y contrapone a una literatura con
pretensiones la inutilidad del hecho poético: Repítase indefinidamente hasta
que como el cosmos tenga las mismas pausas. Su rebeldía ante la institución
literaria se entronca con el espíritu de ruptura de los místicos, Mallarmé y los
vanguardistas. Como en aquellos, la poesía es vacío y silencio.
La
reflexión metapoética se transforma en el poema de Scala (Figura 7) en crítica
del lenguaje[[26]].
Se constata que el hombre no es dueño del habla, sino su víctima. La disposición
ondulante de “devorados” sugiere la identificación de la lengua con la
serpiente, símbolo de la falsedad y el artificio[[27]].
El
texto ofrece además una lectura hermética. Tras la primera palabra la línea
gráfica inicia un descenso, que representa el proceso de introspección y
búsqueda de la intimidad. La forma puntiaguda de “lengua” sugiere el fuego y la
práctica alquímica. Los alquimistas conservan el sentido dado por Heráclito al
fuego, pues todas las cosas nacen de él y a él vuelven. En los ritos
sacrificiales actúa como agente transformador: destruye y regenera. Los
alquimistas fijan el fuego en el centro de cada cosa. Es un fuego secreto, que
es necesario alimentar para conseguir la Gran Obra[[28]].
En las
operaciones alquimistas el fuego está directamente relacionado con el acto
sexual. El simbolismo nupcial —hombre y hembra abrazados— personifica en los
tratados de alquimia la disolución de los elementos. El nosotros del texto
designa a los enamorados ardiendo en las llamas de la pasión y, alegóricamente,
la boda alquímica[[29]].
Con esta imagen se alude al proceso de renovación interior y búsqueda de la luz,
el oro filosófico. Unida a la transformación psicológica está la experimentación
lingüística. El poema se desprende de la hojarasca verbal y se tensa con pocas
palabras, la esencia. El plural remite ahora a los sujetos de la comunicación
literaria. Autor y lector caen atrapados por el poder seductor de la palabra
iluminada.
El
lenguaje está en crisis. Las palabras han dejado de ser el único medio de
expresión y los textos son tachados[[30]]
o albergan signos de diversa procedencia. F. Millán denomina mitograma un
tipo de escritura sincrética, que empezó a cultivar a finales de los sesenta y
reuniría en Mitogramas (1978) y Prosae (1980). La última sección
de Prosae , “arena”, contiene un relato fílmico. Las perforaciones de la
izquierda muestran que la página se ha transformado en la fotografía de un
desnudo femenino en sombra. La segunda imagen ofrece un cuerpo que lleva
inscritos dos términos, voz y claridad, que, junto a la palabra
velo al pie, sugieren una preocupación metapoética. La mujer, icono erótico
en los mass media y símbolo de la poesía en la tradición
neorromántica, despierta el deseo de una palabra desnuda y sin adornos. Tras ese
deseo, resuenan los célebres versos de J. R. Jiménez: “Y se quitó la túnica…“
M. Labordeta,
miembro de la generación del cuarenta, conjuga desde sus primeros libros
compromiso y vanguardia. Si en Sumido 25 (1948), Violento idílico
(1949) y Transeúnte central (1950) se nota la influencia surrealista, en
Los Soliloquios (1969) se abre a la poesía visual[[31]].
El lenguaje se
depura y se potencia la plasticidad de los poemas con la disgregación de la
columna gráfica. El blanco de la página deja de ser un espacio neutro para
semantizarse con el contenido del texto[[32]].
Renovación formal, pero fidelidad a los supuestos básicos de su poética: el
desgarro existencial y la denuncia social y política reaparecen en este libro.
El espejo y el
problema de la identidad es uno de los motivos recurrentes de la poesía
labordetiana[[33]].
Lo trató en “Espejo” de su primer libro y en Los Soliloquios lo abordan
“Planisferio del alquimista Zósimo”, “Currículum”, “Confidencia”, “Eros” y “Especimen”[[34]].
El espejo es símbolo de la autocontemplación y la dualidad. La personalidad del
sujeto se escinde y fragmenta en voces, que se alternan a lo largo del poema[[35]].
En “Especimen” dialogan la primera, segunda y tercera persona[[36]].
En “Planisferio del alquimista Zósimo” se oculta tras una máscara.
El primer
poema (Figura 8) se inicia con una declaración del autor implícito, en la que
afirma su orfandad existencial y su condición de exiliado de la dicha (“ido
yo de jamás/ en el nunca de la luna sonriente”). El doble recrimina
al tú el tono elegíaco de su queja: “vete a la lágrima del viento funesto/
olvídate de mí olvídate de mí ”. Su desprecio refleja la distancia entre el
mundo de la escritura y la realidad práctica; por eso el tú se despersonaliza y
cosifica. Metafóricamente, “su chaqueta golpeada/ por un dulce atardecer
arrepentido” representa el “secreto corazón herido” por la desilusión
y la melancolía. Los golpes de la vida determinan que se retorne al conflicto
interior (yo-tú) y las preguntas sin respuestas acerca de la identidad, el
origen y sentido de la vida.
La
organización gráfica se transforma. De la zigzagueante disposición inicial, que
mostraba el contraste especular del yo/ tú/ él, se pasa a un escalonamiento
descendente, trasunto de la bajada a las profundidades del ser en busca del
conocimiento. Frente a la brevedad de los días, las palabras se convierten en
refugio contra el tiempo. Se siente vivo creando mundos imaginarios. Las
palabras son “invención de ese abismo/ del alma/ fundida/ hacia/ las cosas”.
Mas la machacona repetición “las palabras/ las palabras/ las palabras/
las palabras/ las palabras“ y el ritmo descendente transmiten una sensación
de desencanto (envejezco) y conciencia de la vacuidad de la escritura.
La última
palabra, envejezco, permanece aislada. Con ella se recupera el yo poético
del principio y se cierra un círculo de soledad, muerte y nostalgia de las
horas precipitadas de la juventud, así como de la belleza y amor
simbolizados por las rosas.
Como en un
permanente juego de espejos, el título nos devuelve deformada la imagen del
poeta. Disuelto ya el sujeto, se altera el pacto de lectura. El lector moderno
ya no se identifica con el autor, patético individuo de corazón atardecido.
Ese progresivo
alejamiento del estilo confesional desemboca en la creación de un alter-ego,
que objetiva las experiencias y emociones personales. El elegido, Zósimo, un
oscuro personaje del siglo III, es alquimista. La analogía del autor y su
disfraz se explica por la similitud del proceso alquímico y la alquimia de la
palabra (Rimbaud)[[37]].
Ante el espejo se oye “eres yo?/ soy tú?”, preguntas que denotan el
difuminado entre el yo y el otro. Es “nadie/ fantasía/ nada”.
Además de un
espejo, el poema es un mapa espiritual (Figura 9). La conciencia se representa
gráficamente como una isla rodeada por cuatro océanos: al norte, el de la
soledad y la luz; el de la melancolía y la destrucción del tiempo, al sur; al
este, el de las irradiaciones matemáticas y la noche que gime; en el oeste, el
océano sin nombre, sin sentido, sin objetivamente[[38]].
El hombre se refugia contra el mundo en su intimidad y asume la imagen
existencialista del exiliado (su paraíso/ devorado/ sin fin) y el
náufrago. Le queda, eso sí, el consuelo de la palabra, la “Gran Obra”
alquímica[[39]].
[[1]]
Cronológicamente, la línea experimental pertenece a la generación del 68.
Surge como un movimiento juvenil de repulsa. Las revueltas del Mayo Francés,
la Primavera de Praga, Vietnam y la Guerra Fría influirán en su formación.
Su espíritu contestatario se traducirá, por ejemplo, en el cuestionamiento
del lenguaje poético o la denuncia del uso represivo de la lengua por parte
del Poder.
[[2]]
Ignacio Gómez de Liaño, “Abandonar la escritura” (1968), en J. A. Sarmiento
(ed.), La otra escritura, Cuenca, Ediciones de la Universidad de
Castilla- La Mancha, 1990, pp. 272-73.
[[3]
] Fernando Millán, “Una progresión negativa: nueve razones entre otras”, en
Textos y antitextos, Madrid, Parnaso, 1970.
[[4]]
Aplicar el calificativo de experimental a poetas como Cirlot, Brossa, Pino,
Viladot y Labordeta no supone desconocimiento de su trayectoria anterior,
sino señalar que el deseo de renovación aglutinó a representantes de la
generación del cuarenta (Pino, Cirlot, Brossa, Viladot y Labordeta),
cincuenta (Boso, Campal, Castillejo) y setenta (Millán, Ullán, Scala). Julio
Campal fue el catalizador de este fenómeno intergeneracional en los sesenta.
[[5]]
Ramón Pérez Parejo, Metapoesía y Crítica del Lenguaje (De la generación
de los 50 a los novísimos), Cáceres, Universidad de Extremadura, 2002.
[[6]]
Junto al soporte tradicional del libro, el cartel, las fotografías, los
objetos y los happenings se convierten en medios de difusión
poéticos. Para conocer su desarrollo en España, consúltese el volumen
Poesía visual en España, Salamanca, Almar, 2000, pp. 169-265.
[[7]]
Joan Brossa, Poemes per una oda (1970), en Poesía visual,
Valencia, IVAM, 1997, pp. 188-94.
[[8]]
Otro
ejemplo de cosificación de las letras lo constituye el poema diez: una gran
O semioculta una R. Icónicamente, la O designa las
monedas de oro. Se trata de fustigar el poder del dinero (O), cuyo
brillo intenta acallar los gritos de revolución, sugeridos metonímicamente
por la R: F. Muriel, “La experimentación poética en España
(1960-2000): revisión e informe”, Quimera, 220, septiembre 2002, p.
46.
[[9]]
Guillem Viladot, Cartrons Concrets (1968), en Poesia Completa
(1964-1984), Barcelona, Columna, 1991, tomo II, sin paginar.
[[10]]
La lucha dialéctica entre el individuo y el mundo constituye el leit-motiv
de la obra viladotiana. El sujeto es cercado o encarcelado por fuerzas
externas. En el texto seis de Poemes de la incomunicacio (1970) se
escenifica el acoso que sufre el jo ‘yo’, rodeado de un alud de
letras incomprensibles. El yo se resiste a ser anulado por un mundo exterior
opresivo: F. Muriel, Hermetismo y visualidad. La poesía gráfica de
Eduardo Scala, Madrid, Visor, 2004, p.161.
[[11]]
Una selección de sus artículos puede leerse en J. A. Sarmiento, La otra
escritura…, cit., pp. 246-65.
[[12]]
El poeta concreto absolutiza el lenguaje en la medida en que lo despoja de
su carácter ancilar y adviene a la categoría de ser: F. Boso, “El
proceso de absolutización del lenguaje en España”, Poesía Hispánica,
240, 1972. El hombre se define por su naturaleza lingüística: véase el
comentario de “Hombre de letras” en F. Muriel: “La experimentación poética
en España (1960-2000)…”, cit., 45.
[[13]]
La vocación reduccionista de la poesía concreta deriva del suprematismo
pictórico (Malévich, “Cuadro negro sobre fondo blanco”). Boso es
suprematista por su pretensión de escribir “O poema” y “No hablar”: José de
la Calle, “ En el 2000: Raros los inventores, innumerables los sietemesinos
(comentarios sobre algunos concretos)”, en Salvador Montesa (ed.), Poetas
en el 2000. Modernidad y transvanguardia, Publicaciones del Congreso de
Literatura Española Contemporánea, Málaga, 2001, pp. 47-75.
[[14]]
F. Boso, Los Poemas Concretos (1966-78), al cuidado de F. Millán,
Abarca de Campos, La Fábrica, 1994, sin paginar.
[[15]]
C. E. de Ory, “La amistad celeste”, en Mundo de J. E. Cirlot, al
cuidado de E. Granell y E. Guigon, IVAM, 1996, p. 18.
[[16]]
Cirlot, “Bronwyn – Bhowani. Simbolismo fonético”, en Bronwyn, al
cuidado de Victoria Cirlot, Madrid, Siruela, 2001, pp. 635-37.
[[17]]
Jaime D. Parra, El poeta y sus símbolos. Variaciones sobre Juan Eduardo
Cirlot, Barcelona, Ediciones del Bronce, 2001, pp. 93-133.
[[18]]
F. Muriel, Hermetismo y visualidad…, cit., pp. 170-73.
[[19]]
J. E. Cirlot, Nueve Variaciones Fonovisuales (1989), en Bronwyn,
cit., p. 574.
[[20]]
Gilbert Durand, Las estructuras antropológicas de lo imaginario,
Madrid, Taurus, 1982, pp. 242-48.
[[21]]
El amor para Cirlot es la búsqueda de la totalidad, el punto absoluto donde
la carencia se torna en presencia, donde la existencia se convierte en
esencia y donde la temporal se transforma en atemporal: Raquel Medina, El
Surrealismo en la poesía española de la posguerra (1939-1950),
Madrid, Visor Libros, 1997, p. 163
[[22]]
El divorcio entre poesía y poema — la poesía no cabe en la palabra— es
constante en la poesía de Pino: Antonio Piedra, “Francisco Pino, una poesía
insatisfecha”, en V. de la Concha y otros, Literatura contemporánea en
Castilla y León, Valladolid, Junta de Castilla y León, 1986, pp. 168-77.
Se culminará en Agujeros para la poesía (1972-77). La palabra es
desechada y sustituida por lenguajes —el de la geometría, aritmética,
simbolismo cromático— con los que se intenta desde la imposibilidad la
expresión de lo indecible. La serie lleva a las últimas consecuencias el
proyecto mallarmeano de semiotización espacial: excluida la palabra, la obra
encarna el silencio visible, la pureza plástica: F. Muriel, “Le livre
d’artiste en Espagne”, en M. Prudon (ed.), Peinture et écriture 2. Le
livre d’artiste, Paris, la Différence/Ëditons Unesco, 1997, pp. 231-33.
Scala
aplicará de modo sistemático los criterios numéricos, geométricos y
cromáticos a la construcción de su obra: F. Muriel, Hermetismo…, cit.,
pp. 93-152.
[[23]]
F. Pino, Textos económicos (1969), en Distinto y junto. Poesía
Completa, al cuidado de A. Piedra, Junta de Castilla y León, Consejería
de Cultura y Bienestar Social, 1990, tomo III, p. 110.
[[24]]
Pino sostuvo a lo largo de su obra una actitud de autonegación: “El poeta
labora contra sí; ofrece un contra sí, y no puede hacer posible nada más que
a través de su incendio…”: F. Pino, Méquina dalicada, al cuidado de
Mario Hernández, Madrid, Hiperión, 1981, p. 9.
[[25]]
F. Pino, Textos económicos…, cit., p. 84.
[[26]]
E. Scala, Geometría del éxtasis, Toledo, Imprenta Serrano, 1974.
[[27]]
Los novísimos Gimferrer y Carnero también enfatizaron el carácter engañoso
del lenguaje: “Primera visión de marzo”, en P. Gimferrer, Arde el mar
(1966) y “Chagrin d’amour…”, en G. Carnero, El Sueño de Escipión
(1971).
[[28]]
Cirlot, Diccionario de símbolos, Barcelona, Labor, 1994, p. 209 y s.;
Durand, Las estructuras antropológicas…, cit., p. 315.
[[29]]
La S final de devorados se equipara a la serpiente alquímica (Ouroboros).
Símbolo de la coniuctio, sintetiza los contrarios:
masculino/femenino, sol/luna, cielo/tierra…y sugiere el Infinito,
significado por el 8: el poema consta de 8 sílabas. Es, además, emblema de
su autor, Scala.
La
recopilación Poesía (1974-99) se cierra con la serie “S de Amor”,
incluida en el Libro de La Palabra de Las Palabras. Todos los poemas
desarrollan a partir del vocablo inicial una secuencia de resonancias
léxicas que culmina en la S:
DEVORADOS
ORADOS
DOS
S
La
fuerza telúrica que anima a los amantes se sublima y esencializa en la doble
espiral o caduceo (DOS/ S). Simbolizan el conocimiento secreto y la unidad.
[[30]]
La tachadura, recurso de origen dadaísta, fue practicada por Millán en “tres
una progresión negativa” de Textos y antitextos (1970) y La
depresión en España (1993). Supone un acto de rebeldía contra el sistema
de codificación tradicional: F. Muriel, “La escritura plástica en España”,
en Espacio/ Espaço escrito, 1995, 11-12, pp. 101-2. También lo
emplearon G. Viladot en Sons de la Paüra (1974) y J. M. Ullán,
Alarma (1976). El primero se elaboró a partir de las líneas tachadas por
la censura franquista y el segundo selecciona palabras en una serie de
textos encontrados. En ambos casos, el tachón se utiliza como arma contra el
discurso del Poder.
[[31]]
En uno de sus viajes a Mallorca, conoció a J. Campal en casa de A. Fernández
Molina. Atraído por sus conocimientos en poesía visual, Miguel colaboró con
él y Millán en la organización de dos exposiciones en Zaragoza: <<Poesía
fónica, visual y concreta>> (1965) y <<Exposición internacional de poesía
visual. Jornadas de documentación sobre poesía de vanguardia>> (1969): A.
Ibáñez Izquierdo: Miguel Labordeta. Poeta violento idílico (1921-1969),
Zaragoza, Biblioteca Aragonesa de Cultura, 2004, pp. 168-69.
[[32]]
Se inicia con Los Soliloquios y Autopía de una nueva Metalírica
su segundo ciclo poético. Su propósito era alejarse del realismo social y
rescatar la palabra de la esclavitud de la frase:
“Hay
que ‘rrebentar’ los versos tradicionales, discursivos y falaces con el fin
de liberar y dar nacimiento enésimo a la maravilla humana: la PALABRA.”
Fue su
respuesta a la crisis de la poesía social y el auge del culturalismo y la
experimentación: Francisco J. Díaz de Castro, “Alternativas de la vanguardia
en Miguel Labordeta”, en Antonio Pérez Lasheras y Alfredo Saldaña (eds.),
Hacia lo alto del Faro. Actas del Congreso Sumido-25. Homenaje a Miguel
Labordeta, Zaragoza, Studium, 1996, p. 101.
[[33]]
Ligado al motivo del espejo, está la visión. El ojo simboliza la
introspección y el conocimiento. Es un ojo trágico, porque desvela la
precariedad humana: “un ojo/ finito/ desolado/ resplandeciente…adónde vamos/
quiénes somos?” (“Eros”). Cuando el sujeto se autoobserva, el ojo asume la
perspectiva crítica del doble. El autor es blanco de sus burlas: “vejestorio
común/ secuestrado en provincias/ anhelaba la flor locomotiva del deseo
frenético” (“Curriculum”).
[[34]]
En “Curriculum” el motivo del espejo toma cuerpo y se funde con el blanco de
la página. Equiparado al agua, el espejo simboliza el tiempo. Un motivo
frecuentemente vinculado a ese tema es el del movimiento de las alas. Ambos
(espejo y alas) confluyen para reflejar el devenir. La referencia a las
aves migratorias transforman las aladas siluetas de los fragmentos
versiculares en metáfora del tempus
fugit.
[[35]]
En uno de sus poemarios iniciales Abisal Cáncer el sujeto se
desdobla en cuatro personajes (Nerón Jiménez, Valdemar Gris, Nabuco y
Ángel), proyecciones de otras tantas facetas de la personalidad: R. Senabre,
“Ayer y hoy de Miguel Labordeta”, en Pérez Lasheras y Saldaña (eds.),
Hacia lo alto…, cit., pp. 37-38.
[[36]]
M. Labordeta, Los Soliloquios (1969), en Obra Completa III, al
cuidado de Clemente Alonso Crespo, Barcelona, Libros de la Frontera, col. El
Bardo, 1983, p. 189.
[[37]]
V. García de la Concha, “Miguel Labordeta: La palabra imaginaria”, en Pérez
Lasheras y Saldaña (eds.), Hacia lo alto…, cit., pp. 21-22.
[[38]]
Labordeta se acercó al orfismo y la alquimia a través de la lectura de Jung.
Jung dedica un subcapítulo a Zósimo y la teoría del antrophos en
Psicología y Alquimia (Barcelona, Plaza y Janés, 1977, pp. 252-60).
Los
cuatro puntos cardinales, además de designar las direcciones en el espacio,
retoman la concepción de Zósimo de que el hombre se caracteriza por la
cuaternidad. La sigla A.D.A.N. contendría las iniciales de los cuatro
elementos. El sujeto poemático también alberga cuatro componentes: soledad,
melancolía, noche que gime, ausencia de nombre y sentido.
[[39]]
El discurso alquímico se define por el deslizamiento permanente del sentido.
El secreto alquímico puede ser anunciado, pero no enunciado. No hay logros
definitivos. La “Gran Obra” se convierte en un proyecto semiótico
inacabable. Así la creación poética.
El
lenguaje de la alquimia ha ejercido, gracias a los escritos teosóficos de J.
Boehme, una profunda influencia en el romanticismo (Blake, Novalis), el
idealismo alemán (Hegel, Schelling) y los literatos y pensadores modernos (Yeats,
Joyce, Rimbaud, Breton, Rimbaud, Heidegger y Jung): U. Eco, Los límites
de la interpretación, Barcelona, Lumen, 2000, pp. 82-98; A Roob, El
Museo Hermético, Köln, Taschen, 1997, p. 11 y F. Romo, Miguel
Labordeta, una lectura global, Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 1988,
p. 55.
— per citare questo articolo: © Artifara ISSN: 1594-378X
4)
Frente a la invasión de lo discursivo, de la atracción aplastante de la
publicidad, de la verborrea, la poesía sólo puede responder de una forma:
tachando, negando, borrando…
Artifara, n. 5, (gennaio - dicembre 2005), sezione Addenda, http://www.artifara.com/rivista5/testi/sueiro.asp