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El iceberg de Ernest Hemingway en la cayeria de Romano

Enrique Cirules

 

En octubre de 1970 la casa Scribner's de Nueva York publicó una novela que Ernest Hemingway había escrito hacía más de veinte años. El viejo manuscrito conocido como The Sea Book aparecía ahora con el título de Islands in the Stream. Libro estructurado como una trilogía de historias que se complementan, que se enriquecen y se modifican, y que constituyen una de sus más apasionantes novelas.

En la primera parte de Islas en el golfo los personajes están situados en una pequeña isla del grupo Bimini, al Este de La Florida. El segundo cuerpo de la novela transcurre en La Habana. Thomas Hudson ha regresado de una de las navegaciones que solía realizar; y se encuentra allí, sobre la alfombra de palma, poco menos que destrozado, con su gato, y sus recuerdos, que se deslizan entre evocaciones, tristezas, y algunas disquisiciones, antes de abandonar Finca Vigía y dirigirse en un viejo auto hacia la ciudad.

Se ha repetido que Hemingway se estuvo acercando al archipiélago cubano, con Joe Rusell y el yate Anita, desde 1929,[1] con el ánimo de recorrer la costa Norte de Cuba, para dedicarse a la pesca mayor, y a tráficos y contrabandos de rones y alcoholes, y que atraído por los esplendores de La Habana, comenzó a gustar de esa ciudad; cuando en realidad, se aficionó hasta la desmesura por la capital cubana gracias a los continuados y permanentes y enloquecedores viajes que realizaba con el fin de encontrarse con una de las más imprevisibles y hermosas mujeres de esa época: Jane Mason.

Jane era la esposa de Grant Mason, el gerente general de la Pan American para todo el Caribe.[2] Los esposos Mason tenían una preciosa mansión en la ribera del Jaimanitas, a veinticinco minutos al Oeste de La Habana; casa de playa, en el alto ribazo, entre arenales; casa con grandes portalones desde donde se podía observar toda la caleta, a la vista de cantinas y hospedajes y de un pequeño embarcadero, en la misma desembocadura del río Jaimanitas.

Los que conocieron a Jane Mason aseguran que poseía una maravillosa figura. Era alta, sorprendente, elegante, con una abundante cabellera de color fresa, que en ocasiones solía caer como al descuido sobre su frente, sobre todo cuando ella mostraba una apariencia mansa, sosegada, algo que no se correspondía con la realidad.

Comenzaban para el escritor sus estancias en La Habana, antes de instalarse definitivamente en Cuba. Es en los primeros años de la década del 30, con la esplendorosa Jane Mason, que se inicia el mito que tanta raigambre alcanzaría entre los cubanos, como si poco a poco Hemingway se fuera adueñando de plazas, de embarcaderos, de calles y bares, cantinas y restaurantes, de hoteles y sitios costeros.[3]

Hemingway también conoció por entonces a un joven cubano, Mayito Menocal, hijo de un expresidente al que todos le decían El Mayoral. Mayito tenía acceso a una formidable embarcación: al yate de los Menocal, Las Delicias, embarcación de casi treinta metros de eslora, excelente para navegar en la mar gruesa.

Las noticias de que Hemingway se encuentra realizando navegaciones hacia la cayería de Romano se remontan a 1930. Estas expediciones, unas veces en el yate Anita, con Carlos Gutiérrez o Joe Rusell; y después en la goleta Las Delicias, en compañía de Jane Mason, llegarían a alcanzar incluso la altura de Punta Lucrecia.[4]

Es por esa época que se produce el primer arribo de Hemingway y Mayito Menocal a la ensenada de El Guincho, en San Fernando de Nuevitas; y entre los personajes que hicieron contacto con Hemingway en la cayería de Romano se encontraba un hombre al que todos conocían por Caciano. Este hombre solía afirmar que Hemingway había recorrido a cayo Romano varias veces. Hemingway montado, y Caciano a pie. Hemingway con una escopeta del calibre doce, y Caciano con la jauría, en busca de una buena pieza.

Los pescadores y tortugueros ya tenían conocimiento de que un norteamericano estaba recorriendo aquella costanera, de cayo Guillermo a Sabinal; y pensaban que sólo se trataba de un aventurero, y no de un escritor ya famoso. Eran tantos los rumores que, en 1934, algunos personajes radicados en la villa de Caibarién trataron de negociar con Hemingway el derrotero de un entierro pirata.[5]

Hemingway había regresado de África. Había dejado a Pauline Pfeiffer en Key West; y con el recién construido yate Pilar, iniciaba un magnífico estreno, navegando por la costanera Norte del Camagüey, y no precisamente en busca de agujas. Hizo este viaje en compañía de la esplendorosa Jane Mason; viaje que se extendió a lo largo de cuatro meses, entre julio y octubre de 1934.

En un primer momento recorrieron toda la cayería, y fueron a echar ancla sobre la ensenada de El Guincho, en el mítico embarcadero de San Fernando de Nuevitas. Se sabe que estuvieron alojados en el hospedaje de la Colombiana; y que luego abordaron el tren que los condujo a la ciudad de Camagüey; ciudad de calles torcidas. adoquinadas; con tantas plazas, iglesias y conventos; ciudad de sabia y exquisita cultura, de afamados guerreros y célebres poetas. Después continuaron hacia el central Santa Marta, para instalarse en la casa solariega del batey.

En los días de mar gruesa, cuando sobrevenían los duros vientos del Este, o las ráfagas huracanadas del Norte, era normal que Hemingway permaneciera varios días al reparo de alguna caleta de Romano. Era él, entonces, quien bajaba a tierra para conocer de los pantanos y tremedales; y se podían admirar los espacios arbolados del cayo, y sus bajas colinas, y el ganado cimarrón que se espantaba al paso del pie humano, y las manadas de puercos salvajes, y los perros jíbaros, aullando, ladrando, enfurecidos, y ese paisaje rojizo que se divisaba contra la costa, cuando alzaban vuelo miles de flamencos.

Los caballos enanos crearon una verdadera leyenda. Se les podía observar en los pastizales. Estos caballos llegaron a cayo Romano a finales del siglo pasado, a causa del naufragio de un vapor que navegaba hacia Venezuela, conduciendo a un circo gitano.

Hemingway también asistió a esa otra leyenda que arrastraba la fundación de una villa al Este de cayo Romano; se trataba de una pequeña ciudad fundada por emigrantes franceses, con un embarcadero y dos o tres almacenes de piedra caliza en el alto ribazo; y algunas tabernas y cantinas que extendían sus balcones y terrazas hacia la mar.[6]

Fue así; pero cuando Hemingway arribó por primera vez a la antigua ciudad de los franceses, en los años iniciales del 30, sólo observó chozas ocupadas por pescadores, restos de solitarios tocones a la orilla del mar, y ruinas de paredes y cimientos roídos por la lluvia, el aire salino y la resaca.

Lo que sí encontró Hemingway en la cayería de Romano fueron pescadores y tortugueros con una extraordinaria cultura marina.

Por esa época Hemingway también inició sus expediciones hacia tierra adentro, hacia la comarca camagüeyana. Fueron visitas furtivas, gracias a las iniciativas de Mayito Menocal, cuya familia regenteaba intereses azucareros en el sur de Camagüey.[7]

Fue después de concluir su novela Por quién doblan las campanas que Hemingway realizó una de las más extensas visitas que hiciera al Camagüey; y entre sus papeles, traía el original de la novela The Great Crusede, del escritor alemán Gustav Regler.

Regler le había pedido que revisara su novela, pero lo que no estaba previsto era que Hemingway pasara más allá de una lectura y de hacerle algunas recomendaciones; o quizá darle alguna ayuda para que la novela fuera publicada. Lo que nadie esperaba era que se pusiera a trabajar en el prólogo de esa novela, primero en la casa solariega del batey de Santa Marta, después en el cuarto piso del Gran Hotel de Camagüey, y finalmente en una habitación con grandes ventanales, en un restaurante y hospedaje conocido como El Gato Negro, en el afamado embarcadero de El Guincho.

En San Fernando de Nuevitas confluían por entonces los más insólitos personajes y circunstancias. Unos de paso y otros radicados en las pequeñas ciudades de norteamericanos y europeos fundadas a principio del siglo en el extenso valle de Cubitas, por lo que era usual que en el puerto Hemingway se encontrara con aventureros, jugadores, borrachos, pistoleros frustrados, truhanes que pasaban una noche en el embarcadero, y salían al otro día en el tren del alba, para visitar algún pariente o amigo en alguna de las pequeñas villas radicadas en la llanura camagüeyana.

En La Gloria City (la mayor de las ciudades de norteamericanos en Cuba) se podía observar todavía un cierto hálito de grandeza, sobre todo en el empaque que solía mostrar el hotel de Mrs. Neustel.[8] Pero de todas esas ciudades de emigrantes, la que siempre despertó el mayor interés en Hemingway fue una villa que habían edificado los alemanes. La mítica Palm City, a ocho millas al Oeste de La Gloria City.

Los alemanes habían desplegado en Palm City toda su creatividad. Esa pequeña ciudad poseía escuelas, iglesias y comercios, y sus calles en perfecto orden, con el toque de buen gusto, de una belleza excepcional; ciudad de agricultores que poseía hasta una breve torre con su reloj, y un parque, y calles sombreadas por almendros y flamboyanes; y varios aserraderos, y la buena cerveza que solían destilar en las bodegas caseras.

Hemingway nunca resistió la tentación de acoderar su barco en el embarcadero de El Guincho. En el mismo ribazo, a un costado del muelle de los Carreras, se encontraba la taberna de Agustín; y del otro lado, a sotavento, esa especie de hospedaje y cantina, con espaciosos corredores, terrazas y balcones, regenteado por una mujer a la que todos conocían por la Colombiana. Luego venía una calle de piedras, y los grandes almacenes coloniales, construidos con cales y piedras coralinas, cubiertos con techumbres de tejas; y la pequeña ciudad que ascendía por la colina, con sus calles adoquinadas, y sus aleros rojizos, entre los verdores de la vegetación, hasta coronar aquella elevación donde comenzaba el parque de San Fernando de Nuevitas, con su antigua iglesia amarilla.

Esta era (y es) mi villa, mi puerto, mi cayería. La zona donde nací y están presentes mis recuerdos de infancia, adolescencia y juventud. Nací en un barrio de pescadores y conocí a varios de los personajes que entraron en contacto con Ernest Hemingway antes de la Segunda Guerra Mundial, y esa visión que poseía Antoñico el Isleño; y los recuerdos del viejo Antonio; y lo que narraba un legendario montero al que todos conocían por Caciano; y las evocaciones que solían hacer los pescadores, aventureros y emigrantes que concurrían a las tabernas del Guincho.[9]

El embarcadero que Hemingway comenzó a visitar era sitio de experimentados pescadores, tortugueros y navegantes, en un puerto en el que, tan pronto como se inició la guerra mundial, resultaba normal la presencia de numerosos cargueros, buques de la armada, veleros de altura, goletas y bergantines; y era usual que en las tabernas, o en el hotel de los Filgueras, o en el esplendor que mostraba el restaurante El Gato Negro, uno pudiera encontrarse con capitanes de buques mercantes, jugadores, comerciantes, funcionarios de compañías internacionales, emisarios de bancos, alemanas de Palm City, aventureros y estafadores, burgueses locales, dueños de fincas, terratenientes y colonos; gente ilustre del Camagüey; y viejos marinos de cualquier rincón del mundo; y sobre todo, muchos viajeros: europeos y norteamericanos de las ciudades fundadas en el valle de Cubitas; y hacendados, ganaderos y azucareros, llegados en el tren del amanecer, para regresar a la ciudad en el expreso de la tarde.

De todos los testimonios que sobre Ernest Hemingway ofreció el embarcadero de San Fernando de Nuevitas, el que más sentimiento de admiración poseía fue el que siempre trasmitió Agustín el Tuerto. Su taberna, como ya se dijo, se encontraba a barlovento de aquel enorme muelle de madera, testigo de pasados esplendores; y del otro lado, a sotavento, el hospedaje de la Colombiana. Eran dos edificaciones casi gemelas, que se extendían hacia el mar sobre tocones, con cantina, restaurante y hospedaje, y amplias terrazas de madera cruda asomadas a los rumores de la mar.

El hospedaje de la Colombiana era el de mayor esplendor y siempre resultó para mí el sitio más escabroso. Aquella mujer silenciosa, hermética, regenteadora de una edificación construida con robles, cedros y caobas, un gran salón y la barra, y ocho o diez mesas con sus sillas, redes, un ancla adosada a la pared, entre otras futilezas marinas; y una treintena de amplias habitaciones, pisos muy pulidos, y ventanales que daban a los rigores de la brisa, lluvias y sales.

Era este sitio el que poseía un mayor encanto; además de un toque de misterio, por los célebres festines que solía ofrecer la Colombiana en los años de la guerra mundial, y por el hecho de que su establecimiento fuera visitado en varias ocasiones por el escritor Hemingway.

Sin embargo, debió transcurrir un cierto tiempo para que yo pudiera investigar algo que tuviera el valor de la certeza. Tuve que esperar a que todo aquello comenzara a resentirse, a desmoronarse; y la Colombiana a dar muestras de una creciente indolencia. Empezó por engordar hasta la desmesura; se pasaba las mañanas y las tardes sobre un balance, en el extremo oriental de la terraza, mirando hacia la mar como si ya estuviera ausente.

Hablar con ella, fue un gran desafío. Sus respuestas (respuestas veladas por su imaginación) eran la terca manera de afirmar de que pasado ella nunca había tenido. Resultó muy difícil sacarla de su negativa, como si ya todo lo hubiera olvidado, excepto esa estancia suya en tierra continental, en uno de esos caseríos a la orilla del Magdalena, a las mismas puertas de Barranquilla.

De inicio, a la Colombiana sólo pude arrancarle una frase, y eso bastó. Una única frase con la que dio por concluida la entrevista: "en los negocios, sepa usted, jovencito, nunca suelo hablar de mis clientes".

Luego, quizás por los mismos azares de la existencia, la Colombiana empezó a entremezclar sus recuerdos; y se vislumbró un primer arribo de Hemingway, en su barco; "aunque por entonces, cada vez que llegaba, lo que hacía era instalarse en la taberna de Agustín"; y la Colombiana mencionó algunos de los pescadores que se encontraban en el muelle; "y que anduviera con armas, no parecía" -y suspiró y se pasó una de sus manos por el rostro-. "Volvería muchas veces más, como si fuera un navegante solitario, siempre con paso ágil, vestido a lo marino, igual que la vez que entró en el puerto para emborracharse en La taberna del Tuerto; excepto en una memorable recalada, cuando fue hacia el mostrador y pidió la mejor habitación, con amplios ventanales que dieran a brisa marina."

Lo evocó, la Colombiana, a Hemingway, esa noche, en los días de la Segunda Guerra Mundial, en una espera interminable; y no fue sino hasta el otro día cuando apareció la estrella de cine que el escritor esperaba. Llegó muy temprano. Llegó en un auto de alquiler, desde el aeropuerto camagüeyano.

La descripción (tanto la que hizo la Colombiana, como la que hicieron más tarde algunos pescadores) era la de "una mujer alta, rubia, espléndida, con el rostro muy bonito, y dos grandes tetas".

Nadie esperaba (y en esto tanto la Colombiana como Agustín siempre coincidieron) que Hemingway se mantuviera dos días en la habitación del hospedaje, pidiendo rones y hielos; y pidió fundas y sábanas limpias; y ordenó abundante comida, en las mañanas y en las tardes; y rones y botellas de vinos, siempre con las ventanas de la habitación abiertas a la brisa.

Fue en la noche que salieron a la terraza, para dejar el hospedaje y encaminarse hacia el restaurante El Gato Negro, el más exquisito sitio de toda la comarca.

El Gato Negro se encontraba en un recodo del ribazo; pero no era ni su hermosa barra, ni la gracia y elegancia que poseía el salón, lo que más le agradaba a Hemingway. Según Agustín, lo que más lo excitaba, era ese aroma irresistible que siempre brotaba de la cocina. Allí, en El Gato Negro, Hemingway pidió ostiones. Pedía mejillones. Pedía cangrejos moros; y masas de cherna, pulpos y camarones; y estofado de carey; y ruedas de peto en salsa, y escabeche de sierra, con una sazón de tres meses, con aceite, ajo y cebolla, pimientos y una hojita de laurel.

Agustín solía afirmar que había conocido al "americano ese" en 1930. Lo recordaba porque dos años más tarde un gran huracán azotó la costanera; y afirmaba también que era un hombre que casi siempre andaba contrariado, con muchos deseos de beber.

Los submarinos alemanes sí que aparecieron en la cayería de Romano a principios de 1942; y en una sola noche hundieron al tanquero Texan y al carguero Olga. Los hundieron en una zona conocida como "la estrechez", entre Faro Lobo y cayo Confites. En un lugar donde la Canal sólo alcanza doce millas de ancho. Justo en ese paraje, los submarinos iniciaron sus cacerías el 12 de marzo de 1942.[10]

Hacía varios meses que Hemingway ya se encontraba preparando el yate "Pilar" para una de las más insólitas aventuras que escritor alguno emprendiera durante este siglo: sorprender a un submarino navegando sobre la superficie, atraerlo hacia el yate, y a golpes de granadas y fuego de fusiles y ametralladoras, someter a la tripulación, y adueñarse de la valiosa información que de seguro traían.

Tan pronto como se supo que los submarinos habían hundido a dos mercantes frente a los cantiles de Romano, Hemingway, con su yate (y los furibundos tripulantes del Pilar, armados con fusiles antitanques, explosivos, granadas de manos, ametralladoras y pistolas) dejó el extremo occidental de Cuba y se internó una vez más por aquellos parajes que tanto había explorado desde principios de los años 30, en compañía de Jane Mason y Carlos Gutiérrez.

Esa vez, al llegar a la cayería de Romano, Hemingway conoció en detalle todo lo que había ocurrido: los barcos iban navegando de noche, y fueron sorprendidos por los golpes de los torpedos. Los submarinos ya se encontraban allí, en la zona; no se trataba de un rumor, ni de la imaginería de viejos pescadores de la comarca.

La noticia fue casi paralizante ¿cómo era eso de que los submarinos alemanes estaban hundiendo barcos tan cerca de las costas camagüeyanas? Sin embargo, la navegación que realizó el Pilar hacia estos parajes resultó muy tranquila. El escritor navegó con la nostalgia de encontrarse de nuevo con esa hermosa, agreste y fiera costanera, de cayo Francés a la entrada a la bahía de Nuevitas.

Entre mayo de 1942 y finales de 1943, volvería una y otra vez, para permanecer recorriendo aquellos parajes durante varios meses.

Según Agustín el Tuerto, las expediciones que Hemingway realizó por entonces nunca fueron propiciadoras de inquietudes ni sobresaltos. Era cierto que los submarinos alemanes merodeaban por la zona; pero para Hemingway todo resultaba casi una fiesta. Era volver a observar esa línea de la costa, y penetrar de nuevo por los canalizos y quebrados, de Guillermo a Punta de Práctico; pero sobre todo, era navegar hacia ese enorme y misterioso cayo Romano, que siempre aparecía como algo difuso, en una costa llena de misterios.

El viejo Fals (que era casi un adolescente) ya se había acercado al yate en varias ocasiones. Había estado incluso sobre la cubierta; y pensaba que el norteamericano perdía su tiempo y su dinero recorriendo aquellos sitios sin resultado alguno. Pensaba, además, que se trataba sólo de un pescador y un cazador. Debieron transcurrir casi veinte años: el escopetazo fatal, y los cambios que se produjeron en la cultura cubana (para la mayoría de los cubanos el Premio Nobel fue algo que sólo tuvo resonancia en la revista Bohemia), con la creación de editoriales cubanas que iniciaron la publicación sistemática de lo mejor de la literatura universal (y por supuesto las novelas y cuentos de Ernest Hemingway) para que el norteamericano que solía cazar y pescar en la cayería de Romano, empezara a ser conocido también como la extraordinario escritor que había marcado con su fuerza expresiva espacios sustanciales de la literatura contemporánea.

En sus conversaciones, en días muy especiales, Agustín, en su taberna, aseguraba que de toda la guerra, lo que más había impresionado a Hemingway, eran esos campesinos alemanes que había conocido en Palm City: personas emprendedores y discretas, dedicados por completos a su trabajo, ahora perseguidos, detenidos, y encerrados en campos de concentración. En Palm City sólo habían dejado a las mujeres y a los niños.

Pero en agosto de 1942 estalló la guerra submarinista a la entrada del golfo, en la gran corriente que cruza entre La Florida y La Habana. Allí los submarinos hundieron a varios barcos que se dirigían hacia Cuba;[11] y los furibundos personajes del Pilar, abandonaron la cayería de Romano y se dirigieron hacia el occidente cubano.

Entre noviembre de 1942 y abril de 1943, Hemingway se mantuvo en zonas cercanas a La Habana; pero el 13 de marzo de 1943, los submarinos alemanes volvieron a realizar un ataque en la zona de Nuevitas. Interceptaron a un pequeño convoy que había abandonado la bahía. Eran dos buques mercantes, con varios barcos de protección: el tanquero norteamericano Nikeline y el carguero cubano El Mambí. El convoy fue sorprendido a pocas millas del faro de Maternillo.[12]

Hemingway volvió a la cayería de Romano a principios de junio de 1943, para navegar esta vez con suma cautela. Navegaban durante todo el día, y al atardecer penetraban en los fondeaderos, a la altura de cayo Coco y Paredón Grande, o al reparo de faro Maternillo; cuando ya sólo quedaba el mal recuerdo, de la noche en que fueron hundidos en la Canal los dos últimos cargueros.

Fue en 1977, siete años después de haber sido publicada Islas en el golfo, que la Paramounth emprendió la filmación de la película; pero en el cine la novela de Hemingway perdió su autenticidad; se convirtió en la difusa evocación de un pintor, en una casa de playa, en una isla del Pacífico, con varios bengalazos contra un embarcadero; y una mujer, y un avión que cruza por encima de un poblado de la costa; y unos niños, en una alcoba, en pelea con su padre; en una pelea donde se utilizaron almohadas de plumas, pasaje que quizá sea el más dramático de los agregados y suplantaciones, no presentes en la obra del escritor.[13]

En el film se suprimió todo lo que tuviera que ver con la fabulosa Habana. Fue castrado además el esplendor del Floridita, con sus aventureros y mujeres de época; pero sobre todo, se suprimió la cayería de Romano; se suplantaron los paisajes marinos más deslumbrantes del mundo: sus lagunas internas, arrecifes, y los extensos y paradisiacos arenales, y esa mancha rojiza de los flamencos sobre la costanera, a la vista de los más preciosos fondos coralinos, llenos de matices y encantos.

La tercera parte de la novela que Hemingway subtituló "En alta mar" tampoco fue respetada. En la película está ausente la persecución de los submarinistas alemanes por los desconocidos parajes del Norte de Camagüey. El antifascismo de Thomas Hudson (el antifascismo hemingwayano) se convirtió en las peripecias de un contrabandista de emigrantes judíos, que huye con su yate por un impreciso canalizo rodeado de mangles, perseguido por una lancha de la marina de guerra, entre ráfagas de ametralladoras, bombazos, y fuegos de artificios. La más autobiográfica de las novelas de Hemingway resultó en el cine algo frustrante.

Gracias a la reconstrucción que Hemingway realizó en Islas en el golfo uno puede recorrer con exactitud sus sitios y parajes preferidos; y sobre todo, se puede navegar por la cayería de Romano como si la novela fuera una verdadera carta náutica, desde el Este de Faro Lobo a los cantiles de Romano, para arribar a los alrededores del cayo de Media Luna, y entrar en ese laberinto de bajos, canalizos, retingas, manglares, pantanos y confusos islotes (por los que Hemingway nos conduce), antes de entablar combate con los submarinistas alemanes.

En esta extensa novela sólo hay un instante en que el lector informado puede sentir una inquietante interrogación ¿de dónde extrajo Hemingway esa historia de un submarino alemán que averiado fue a perderse sobre el Banco de las Bahamas, a la altura de San Fernando de Nuevitas; y cuyos submarinistas Thomas Hudson comenzó a perseguir después que los alemanes realizaron la masacre en un cayo, y se apoderaron de dos botes tortugueros?

Las memorias de la Segunda Guerra Mundial sólo registran en América el hundimiento de dos submarinos alemanes. El que se encuentra en los arrecifes cercanos a cayo Mégano Chico, sobre el borde del Canal de San Nicolás, muy al Oeste del archipiélago camagüeyano. Este acontecimiento, en todos sus detalles, fue difundido por la prensa de la época; y conociendo los métodos que solía utilizar Hemingway a la hora de construir sus historias novelescas, es imposible que se inspirara en un hecho más que conocido. No tenía sentido escribir una novela con una historia que había recorrido el mundo; y en la cual, ni remotamente podía admitirse la posibilidad de que los submarinistas pudieran haber salido a flote y menos alcanzar el Banco de Las Bahamas.

El segundo submarino alemán hundido en América durante la Segunda Guerra Mundial ocurrió frente a las costas del Brasil ¿es que acaso el submarino de Islas en el golfo es sólo y únicamente una ficción hemingwayana? ¿se trata de un submarino que Hemingway creó en su imaginación? Sin embargo, en la novela, Hemingway nos desliza una clave, un código, un cierto rastro, cuando, no lejos de la playa donde los alemanes se apoderaron de los botes tortugueros, Thomas Hudson nos dice:


-¿Dónde crees que perdieron su propio barco, Tom? -preguntó Ara.

-Se apoderaron aquí de estos botes y liquidaron a esta gente hace una semana, digamos. Así que debe ser el que se atribuyó Camagüey. Pero llegaron hasta las inmediaciones de aquí antes de perderlo. Con este viento no echaron al agua botes de goma.[14]

Hemingway asegura la existencia de un tercer submarino, hundido o averiado por la base de Camagüey: "el que se atribuyó Camagüey"; y a pesar de los años transcurridos, cuando uno comienza a registrar en la memoria histórica, en los hechos y acontecimientos que se produjeron en la cayería de Romano durante la Segunda Guerra Mundial, entre los rumores, mitos y realidades que confluyeron por entonces en el embarcadero del Guincho, enseguida se hace presente la historia de un tercer submarino que protagonizó un célebre combate a tres millas de faro Maternillo.

Fue un combate entre un submarino y un buque mercante, el carguero Dominous. Pero esa acción fue silenciada de manera oficial, quizás por eso de que ¿cómo era posible que un mercante pudiera hundir a un submarino tan cerca de las costas del Camagüey?

La noticia no circuló en la prensa de la época. Aquella acción de guerra se convirtió en un rumor. En algo que nunca las autoridades navales llegaron a confirmar, aunque los marinos y pescadores vieran cómo al otro día el Dominous penetraba en el puerto y echaba ancla frente a la ensenada del Guincho con las mamparas y el puente de mando acribillados por la metralla.

Fueron días de muchas inquietudes; y también de grandes festejos, para celebrar un acontecimiento que pasaría con rapidez a la memoria colectiva. Los festejos se organizaron en la casa de mis parientes, los Cruz. En aquella casa de bajo puntal y techo de tejas. La fiesta se inició por la sala, y recorrió toda esa largura de la casa, de los cuartos a la cocina; del bajo comedor hacia el patio, y se extendió por debajo de los árboles y coco-teros; y se derribaron cercas; y se trajeron mesas y sillas; y el viejo Cruz, con Perico, el mayor de sus muchachos; y el Chino, y Andresito el Habanero, asaron dos lechones debajo de un tamarindo: con brasas de yana, y hojas de guayaba, sazonado con un mojo de ajo, y toques de lima y limón; y tío Pedro se encargó de fiscalizar el suculento punto del asado, en tanto que aparecían las guitarras y comenzaban las canciones, y alguien traía varias cajas de cerveza Hatuey y algunas botellas de caña, y volaba el aviso para que los amigos y compinches de los Cruz se instalaran en la casa.

Fue una gran parranda, con bebidas, comidas y canciones; y el estallar de los voladores y cohetes rastreros que fabricaban los chinos de la comarca. La noticia se extendió como la pólvora, tan pronto como los tripulantes del carguero desembarcaron por el muelle de Carreras. Los primeros brindis se ofrecieron en la taberna de Agustín. Luego el capitán, y el primer piloto, y el sobrecargo, y el jefe de máquina, se trasladaron hacia el hospedaje de la Colombiana, donde comenzaron a descorcharse vinos y champanes, y algunas botellas del mejor coñac español.

De allí, en hombros, los condujeron hacia las marquesinas del hotel de Filgueras, mientras los marinos ofrecían diversas historias, y abrían los brazos hasta la desmesura, para graficar la presencia de aquel submarino. Después se despidieron de uno y otro sitio, de toda la gente que se había reunido en los portales del hotel Pasaje, de la multitud que se congregó frente al Baturro; y salieron como en una turba hacia la casa de los Cruz, donde se empezó a beber, a comer, y a rumbear; y se cantó de todo lo bueno y maravilloso de esa época, algunos casi observando, en la imaginación, cómo aquel submarino se deslizaba por entre la niebla, para mostrar su enorme torreta desde donde abrieron fuego con una ametralladora 50, que el artillero del carguero se encargó de silenciar.

Sin embargo, nadie pudo borrar el recuerdo de aquel carguero; se trataba de un mercante muy conocido entre los pescadores y tortugueros de la comarca. Barco que solía arribar casi todos los meses a puerto Tarafa; y era comprensible que su capitán conociera las corrientes y el influjo de las mareas, por lo que esa vez decidió penetrar en puerto sin pedir ni esperar práctico en las afueras de Maternillo.

El resto del convoy ya se encontraba anclado en los fondeaderos; y el capitán, sabiendo que su barco arribaría a Punta de Práctico a la medianoche, se dejó rodar con la corriente, seguro de que si aprovechaba el llenante, podía entrar sin novedad en el puerto.

Era algo más que conocida la presencia de los submarinos en zona, así que, tan pronto como el carguero llegó a la altura de faro Maternillo, el capitán ordenó apagar las máquinas, justo cuando ya uno de los submarinos había escuchado en el sonar la propela del mercante.

Los alemanes comenzaron a rastrearlo, más al rato todo ruido cesó, y eso introdujo lo imprevisible en la cacería que el submarino se había propuesto. Eso, y una nueva circunstancia, vino a complicarlo todo: ni el submarino ni el mercante esperaban que esa noche se desatara una intensa niebla, cosa que trastocó los planes de ambos: ahora ni el mercante podía entrar a puerto ni el submarino localizarlo.

Aunque el Dominous se encontraba a la vista de faro Maternillo, al submarino no le quedó otra alternativa que rastrearlo. Los alemanes estuvieron observando; poseían la información precisa: aquel mercante se presentaría en la boca del canal antes del amanecer; pero con esa niebla y aquella corriente, y la impresión que resultaba de la ausencia del rumor de alguna propela sobre el mar, en un gesto de impaciencia, optaron por salir a flote.

Emergieron destilado agua, espumas y sales, en medio de la niebla, para encontrarse que estaban casi sobre la misma proa del carguero. Todo ocurrió con suma rapidez. Desde el submarino, mientras realizaban las maniobras con las que se iban a sumergir de nuevo, abrieron fuego con ametralladoras del calibre 50. Las mamparas de proa y las planchas del puente de mando del mercante resultaron acribilladas; y en medio de la balacera, el oficial artillero encargado de accionar la pieza que traía el buque en la proa, corriendo bajo las balas, subió por la escalerilla y disparó el cañón de tres pulgadas cuando el submarino estaba a medio sumergirse.

Esta es la historia real. Historia no conocida, pero fijada en el memoria, en el mito, en la leyenda de la comarca, del submarino que averiado pudo atravesar el Viejo Canal de Las Bahamas, para situarse sobre uno de los bancos de arena, a la altura del faro de Maternillo. Una buena historia para Ernest Hemingway.

Es así que, guiados ya por la mano firme del escritor, los tripulantes, en la novela, abandonan el submarino en algún bajo fondo y se desplazan hasta el ribazo de un cayo arenoso, donde se encontraba el pequeño caserío en el que asesinaron a los tortugueros y se adueñaron de los botes que Thomas Hudson comenzó a perseguir, con la certeza de que se dirigían hacia la cayería de Romano.

Tal y como andaban las cosas, todo estaba ya dispuesto para que Ernest Hemingway (Thomas Hudson) iniciara la persecución de los submarinistas alemanes. El primer cayo al que Thomas Hudson arriba con su yate, sobre la costanera cubana, es cayo Confites. Desde antes, en la profundidad de la Canal, ha tenido la fantástica visión de observar tierra en el amanecer; y lo que ve de Romano, en un instante "es un borrón bajo y cuadrado, como si el pulgar de un hombre hubiera pasado tinta aguada contra el cielo que se iluminaba".[15]

En la novela, el escritor nos conduce por toda la cayería, hacia el Oeste. Dejan por detrás a cayo Cruz y a cayo Mégano, presintiendo la proximidad de cayo Coco, y los tortugueros de cayo Antón, a la vista de esa larga y quebrada línea de Romano, con sus numerosos cayos intermedios, y las extensas lagunas, cerradas por una fiera barrena coralina; y uno puede observar el intenso verdor de cayo Guillermo, en busca de la gran bahía de Buenavista; y navegar hasta la misma cabecera del cayo de Media Luna, con el pecio en el extremo occidental.

Navegan lentamente, presintiendo toda suerte de peligros, con la idea de echar el anclar a la altura de cayo Contrabando; o a sotavento del propio Contrabando, en ese rumbo donde el canalizo se hace cada vez más estrecho.

Thomas Hudson es ahora quien se encuentra dominado por la incertidumbre ¿por cuál de los dos canalizos pretendían los alemanes salir a esa enorme bahía de Buenavista? ¿por el Canalizo de Baliza Nueva o por el Viejo Canalizo de las Balizas?

Han pasado más de cincuenta años, y estos canalizos ya no son los mismos, en estas costas de grandes huracanes, de grandes corrientes, de fuertes y permanentes tormentas locales, capaces de barrer con bajos, de cambiar de sitios los bancos de arena, desde los lejanos tiempos, cuando Hemingway comenzó a navegar por la zona de Romano en compañía de la fascinante Jane Mason y el experimentado Carlos Gutiérrez.

Ahora es difícil precisar si durante la Segunda Guerra Mundial el Canalizo de Baliza Vieja era capaz de dar paso a un yate como el Pilar; pero no hay dudas de que Hemingway conocía muy bien estos parajes.

Las descripciones de la persecución de los submarinistas alemanes en Islas en el golfo nos conducen irremediablemente al Canalizo de Baliza Vieja. Un canalizo estrecho, tortuoso, asediado por mangles, con muy poca o ninguna visibilidad a cincuenta metros por delante. El sitio ideal para una emboscada.

Ernest Hemingway conocía a la perfección este canalizo. Tuvo que haberlo navegado con el Pilar en alguna ocasión; y lo recorrió muchas veces con el bote auxiliar, cada vez que se dirigía hacia el poblado costero de Punta Alegre o a la isla de Turiguanó, lugares que tanto conocía. No sería extraño tampoco (no sería la primera vez) que cambiara o deslizara una y otra acción hacia un preciso marco geográfico, de acuerdo a las exigencias del relato. Diez minutos más tarde ya el Pilar se encontraba varado.

Al subir la marea el yate comenzó a moverse, y Thomas Hudson se dispone a continuar con aquella insólita persecución. Ahora en busca de lo desconocido (con el chinchorro por delante) marcando, sondeando el Canalizo de Baliza Vieja. El chinchorro con Ara y Guillermito, tan excitados; sobre todo Guillermito, con ese ojo de vidrio que en ocasiones parecía como si transpirara.

Al entrar el Pilar por el angosto y desconocido Canalizo de Baliza Vieja, Thomas Hudson (y el resto de la tripulación) ya se encuentran dominados por esa tensión que siempre se instala antes de producirse un combate; aunque ahora nada pueda impedir que sean los alemanes los que abran fuego contra el yate.

Se generaliza el combate a orillas del Canalizo de Baliza Vieja; y como es demasiado el poder de fuego del yate de Thomas Hudson, todos los alemanes resultan muertos.

Pero Thomas Hudson, el Hemingway pintor, ha sido gravemente herido desde un primer instante; y cuando ya todo está por concluir, experimenta la cercana presencia de la muerte.

Por fin el yate logra salir a la gran bahía de Buenavista, dejando por detrás ese enjambre de cayos, y el célebre Canalizo de Baliza Vieja. A lo lejos se divisan las sierras. Las que se encuentran detrás de la isla de Turiguanó, y sólo tienen ahora dos sitios a donde dirigirse: al central Punta Alegre o continuar navegando por esa inmensa laguna, en busca de cayo Francés, donde se encontraba por entonces una base de la marina de guerra.

Así que, después de tantos años, ahora volvemos con el mito de los submarinos alemanes. Volvemos con los olores de las flores silvestres. Cada vez que uno se llegaba con el viejo Antonio al canalizo de cayo Guillermo se podían observar las aguas de un verde claro, matizada con distintos tonos del azul; y en el horizonte las manchas rojizas de los flamencos. Los lirios silvestres crecían en los ribazos del cayo de Media Luna; y había hicacales y cocoteros, y una flora exuberante, exótica; y también se podían distinguir los altos pinos que marcaban las cacimbas, y un perfume de flores que se deslizaba hacia la mar.

Luego volvíamos al puerto, a encontrarnos con los míticos pescadores que resguardaban sus barcas en el embarcadero del Guincho. Volvíamos con un montón de historias, y Agustín era quien nos recibía en la barra de su taberna. Todo eso muy de mañana, con las manchas de los peces que aparecían antes del amanecer. Las manchas de sardinas eran enormes, y se desplazaban perseguidas por las giguaguas; y detrás, a dentelladas, algunos tiburones.

Resultaba un gran festín, entre esos dos grandes muelles de madera, y la pequeña ciudad que ascendía por la baja colina, con sus calles de piedras y sus tejados rojizos y el verdor de los cocoteros; y podían oírse los chillidos de las gaviotas, y los pelícanos, y el ruidoso aleteo de peces tan cerca del ribazo.

 






Notas


[1] Mc'Iver, Stuart B, Hemingway's Key West, Pineapple Press, Inc. Sarasota, Florida, 1995. p. 54.

[2] Ibid.

[3] Cirules, Enrique, Hemingway en la cayería de Romano, Mención Casa 1999.

[4] Ibid.

[5] Pernas, Naftalí, Ponencia al II Encuentro Internacional Ernest Hemingway, La Habana, julio de 1997.

[6] Cirules, Enrique, Hemingway en la cayería de Romano, cit.

[7] Ibid.

[8] Cirules, Enrique, Conversación con el último norteamericano, Editorial Letras Cubanas. La Habana, 1988.

[9] Cirules, Enrique, «Hemingway..» "Revista Cuba Internacional", Números octubre-diciembre, La Habana, 1997.

[10] Indice Histórico de la provincia de Camagüey, Instituto del Libro, La Habana, 1970, p. 261.

[11] Chongo Leiva, Juan, La muerte viaja con pasaporte nazi, Editorial UNEAC, La Habana, 1984, pp. 165-188.

[12] Ibid, pp. 215-220.

[13] Island in the Stream, PARAMOUNT (105 minutos), 1972. Director: Franklin J. Schaffner. Productores: Peters Bat y Max Paleusky. Guionistas: Denne Bart y Petit Clerc.

[14] Hemingway, Ernest, Islas en el golfo, Alianza Editorial S. A., Madrid, 1972, p. 349.

[15] Ibid; p. 356.





— per citare questo articolo:

Artifara, n. 5, (gennaio - dicembre 2005), sezione Addenda, http://www.artifara.com/rivista5/testi/hemingway.asp


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ISSN: 1594-378X



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