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Luis Mateo Díez, "Estoy intentando sustituir la memoria por la ficción"

Cristiano Dalla Corte



La entrevista que he realizado con Luis Mateo Díez fue pensada como parte de mi tesis dedicada a su libro Camino de perdición, por lo cual a eso se debe la abundancia
Luis Mateo Díez
de reflexiones sobre dicha novela. He pensado que la mejor manera de actuar era considerar Camino de perdición, como centro de la entrevista y de ese centro ir desarrollando algunas consideraciones de carácter general sobre la narrativa del autor leonés. El resultado es una conversación donde el contador de historias reflexiona sobre el sentido de la actividad literaria, dedicando particular atención a imaginación, memoria, palabra y a la importancia del papel jugado por lo metafórico en su mundo conceptual.


P: Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942) es dueño de uno de los universos más personales de la narrativa española contemporánea. El de muchas novelas suyas parece ser un mundo en el cual más que vivir se sobrevive, como si algo impidiese a los personajes una completa realización de su propia personalidad. Muchos de sus personajes padecen defectos físicos o malformaciones que parecen no tanto causa, sino espejo de su frustración. ¿Esa imposibilidad para realizarse se relaciona con el período de la posguerra, en el cual se desarrolla la mayoría de sus novelas, o con una imprescindible característica del ánimo humano?

Casi todas mis obras se desarrollan en esa época, pero no es una elección sociopolítica. Creo que los años cincuenta, los de la posguerra, son muy simbólicos de la precariedad y de la dificultad de vivir, de la limitación de la libertad. En aquellos años las relaciones entre los hombres eran más difíciles y a menudo se caracterizaban por el disimulo.


P: Además de la colocación temporal, sus trabajos también se caracterizan por una colocación espacial que remite a una realidad provinciana.

Sí, ya el espacio de mi primera novela, Las estaciones provinciales, se puede parecer al León de aquellos años que viví. Sigo el ejemplo de los grandes narradores italianos de la posguerra, muy deudores de la ciudad en que vivían. Bassani, Pratolini, Pavese y Svevo entendieron lo universal como lo local sin fronteras cuando en España era habitual confundirlo con lo cosmopolita.


P: La novela Camino de perdición (1995) cuenta las innumerables peripecias en la ruta de un viajante y la búsqueda de un colega cuyas huellas se han perdido. Usted ha
Camino de perdición
Alfaguara, Madrid, 1995, 480 pp.
declarado que esa obra es el resultado de un trabajo mucho más intenso del que requirieron las precedentes. ¿Ocupa ese libro un lugar especial en su trayectoria de novelista?

Absolutamente sí. Para mí esa novela ocupa un lugar intermedio entre las que yo llamo novelas de salida y las de llegada: las obras que la preceden son una primera etapa y suelo considerar Camino de perdición como la etapa sucesiva. Seguramente presenta una importante herencia de las novelas precedentes, sin embargo se caracteriza por una fuerte ruptura frente a ellas. Es una novela más ambiciosa y estructuralmente arriesgada por la fragmentación narrativa y la interpolación cronológica. Además, es preciso subrayar que en Camino de perdición empiezo a descubrir aquella provincia imaginaria en el sur de la cual existe cierta comarca llamada Celama: el dominio de un territorio imaginario es una gran conquista para un contador de historias.


P: Los personajes de Luis Mateo Díez, irremediablemente heroes del fracaso, muy a menudo están empeñados en un proceso de búsqueda y se inspiran normalmente en dos modelos básicos: por un lado los estrambóticos y vitalistas, por otro lado personajes débiles, abúlicos y resignados a su propio destino. En Las estaciones provinciales (1982), la primera novela de Luis Mateo Díez, el protagonista es un periodista que, a través de unas investigaciones, intenta ganarle una partida al poder. Su novela más conocida, La fuente de la edad (1986), galardonada con el Premio Nacional de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura, narra la historia de los extraviados miembros de una cofradía y de su disparatada búsqueda de una irreal fuente mágica mientras El expediente del náufrago (1992) es protagonizada por un gremio de mediocres y extravagantes poetas. En cambio las maneras de huir de la realidad del protagonista de Camino de perdición parecen ser, además de la huida física, el sueño, el alcohol y el sexo. Contrariamente a lo que sucede en las otras novelas, él y los otros personajes no disponen de la imaginación.

Sin duda alguna a Sebastián Odollo, el viajante que protagoniza la novela, le falta la imaginación y, además, como él mismo confiesa, le falta la voluntad: sueño, alcohol y sexo son sus únicos amparos. En la primera secuencia del libro Odollo cree divisar un diamante sucio y yo siempre le he considerado como aquel diamante: precioso, pero impregnado por la suciedad de la vida.


P: Se ha hablado alguna vez del viaje de Odollo como de un recorrido de aprendizaje. Sinceramente no consigo verlo como tal porque no me parece que ese personaje aumente su conocimiento del mundo o cambie su manera de mirar la vida.

No definiría el viaje de Odollo como de aprendizaje, ni de iniciación. Si tuviera que catalogarlo diría que es más bien un viaje de experiencia, un viaje especial, un viaje crucial en la vida que a todos nos aguarda y que, sin embargo, casi nadie hace.


P: El estilo del escritor leonés se caracteriza por una cuidadosa búsqueda lingüística y la abundancia de diálogos. Ésos, en sus novelas, se destacan por una riqueza lexical y una precisión sintáctica que muy difícilmente se pueden observar en la vida cotidiana, sin embargo nunca suenan artificiosos.

Eso siempre me lo propongo, escribo con voluntad literaria. Tengo una formación oral muy fuerte e intento llevar los diálogos al punto literario más extremo sin que pierdan su característica oral. Creo haberlo conseguido muy bien en una novela como Camino de perdición, donde el diálogo es muy medido, pero el ejemplo más importante en mi obra lo veo en La fuente de la edad en lo que se refiere al lenguaje de los cofrades, tan abundante de citas apócrifas.


P: Luis Mateo Díez no sólo pratica los géneros del cuento y de la novela, también se ha interesado por la reflexión literaria escribiendo El porvenir de la ficción (1992) y Las palabras de la vida (2000) y ha individuado en imaginación, memoria y palabra los elementos sustanciales de la novela. De imaginación y palabra acabamos de hablar, ahora es preciso matizar algo sobre la memoria porque una presencia constante y amenazadora en sus novelas suele ser la del olvido. En El expediente del náufrago está simbolizado por un archivo municipal, varias veces en su narrativa aparece el desván como metáfora. El autor también ha ambientado una trilogía en el mundo imaginario de Celama, un territorio rural sobre el cual la amenaza del olvido pende perennemente. En Camino de perdición aparece un personaje como Celerio que va dejando sus huellas en las habitaciones que de vez en vez ocupa. ¿Se puede considerar eso como una lucha peculiar contra el olvido?

Sí que se puede. Celerio deja huellas siguiendo el ejemplo de Pulgarcito: está huyendo, pero con la idea de que algún día podría volver. Es un personaje de medio pelo que no se resigna al olvido y, antes que ser olvidado, prefiere que los otros tengan un recuerdo de él, por malo que ése pueda ser.
Podríamos aventurar que el escritor también está comprometido en una lucha parecida: si la humanidad perdiera las novelas, también perdería todos los conocimientos de las formas de vivir de las épocas pasadas que nos proporcionan. Creo que a veces exagero, pero, como contador de historias, tengo la impresión de estar intentando sustituir la memoria por la ficción.


P: Un buen número de antropónimos de sus obras proceden de la toponimia leonesa. ¿Eso también puede ser considerado como una lucha contra el olvido que amenaza las culturas rurales?

No, sinceramente no tengo esta pretensión. La verdad es que siento una fascinación particular por los topónimos. Con frecuencia son palabras secretas y, a menudo, albergan dentro raíces muy antiguas. Como bien saben los conocedores del territorio de Celama, una de las palabras que lleva más tiempo fascinándome de manera particular es “páramo”, una de las más antiguas de la lengua española.


P: Además del olvido, la muerte también está muy presente en su obra narrativa y muy a menudo se relaciona con los animales, particularmente con los perros. ¿Es una herencia de las muchas mitologías (clásica, germánica, egipcia…) que veían el perro como guardián del reinado de los muertos?

Vuelvo a decir que la oralidad jugó un papel muy importante en mi formación. La oralidad y la mitología tienen vínculos recíprocos y ambas van nutriéndote, aunque tú no te des cuenta; sucesivamente, a través de la lectura, es posible profundizar tus conocimientos mitológicos. En muchas novelas mías el perro es un símbolo de la muerte, me gusta mucho lo simbólico, lo metafórico: para mí, ninguna imagen de una novela es totalmente inocua.


P: Permaneciendo en lo simbólico, en casi todas sus novelas juegan un papel importante trenes y estaciones.

En mis obras es muy fuerte la idea de la fragilidad de la vida, en ellas alberga la idea de lo complejos que los hombres podemos llegar a ser. Las estaciones, por ser lugares de tránsito, comunican muy bien la sensación de lo mudable, de que a la vuelta de la esquina te puede cambiar la vida. De pronto una mañana puedes levantarte angustiado y sientes que tienes que marcharte; son momentos en los cuales parece que el tiempo se rompe.


P: Una característica peculiar de su mundo narrativo es la enorme cantidad de personajes que lo habitan. En El porvenir de la ficción ha escrito que siempre topa con un personaje esquivo, el que menos se entrega, el más descontrolado y el que tiene más perfiles de los previstos. ¿Se puede aventurar que el personaje esquivo de Camino de perdición es Ernesto Valdivia?

Seguramente es ése. Valdivia es uno de mis personajes que más me gusta: es un pícaro, un vividor, un superviviente y tiene un punto interior secreto que no consigo descubrir del todo. Valdivia es muy educado conmigo, pero no se me entrega.
Con Emilio Curto, el colega que Odollo va buscando, sucede algo completamente diferente. Él se me entregaría totalmente, dejándome conocer sus problemas y todos los líos en que anda metido, pero resulta que a mí este personaje me interesa muy poco y no le dejo que lo haga.


P: Sus novelas y sus cuentos suelen estar muy habitados por personajes clericales, también ha escrito una novela como Las horas completas protagonizada por cinco hombres de iglesia que intentan cumplir una atribolada excursión en el campo.

Esas figuras, relacionadas con el mundo de la trascendencia, han estado en pasado muy presentes en mi vida. El mundo clerical puede ser incómodo, contradictorio, pero es un mundo real: yo no soy creyente, pero tampoco anticlerical. Esos personajes representan para mí cierto punto, algo degradado, de lo sagrado y de lo trascendente. Yo tengo interés en lo sagrado, pero no en esa aventura degradada suya que me parece lo religioso. Más concretamente, los curas de Las horas completas representan lo antiguo: suelo pensar en ellos como en un grupo de diplodocos que salen con la intención de merendar y que no consiguen volver a su propia cueva.


P: Usted ha declarado que la imagen creadora de Las horas completas es la de un coche anclado con las puertas abiertas en la soledad de la carretera, sin nadie en el interior y con un cuervo posado en uno de los faros. ¿Existe para Camino de perdición una imagen que pueda tener la misma importancia, puesto que ambas historias cuentan un viaje aparentemente rutinario que se vuelve un vagar azaroso?

Para Camino de perdición el coche vuelve a ser un elemento importante. Quizá la imagen pudiera ser la de un coche lleno de maletas aparcado en una esquina. Además no debo olvidar que un buen amigo de mi familia tiene un almacén de tejidos que varias veces he visitado, por lo cual alguna imagen pudo quedarme de allí. Pero Camino de perdición, más bien que de una imagen, procede de una idea: la de la diferencia entre un viajero, que viaja para descubrir, y un viajante, que lo hace de profesión. Se suele llamar destinos los lugares de las rutas: me gusta pensar que estos destinos, sumados, formen el Destino, con mayúscula. Y, si queremos, la cita de William Faulkner que precede la narración, “Las esquinas todavía por doblar del destino de un hombre”, puede ser vista como una idea de la novela que encontré a posteriori y que encarna a la perfección la idea, que tanto me gusta, de aventura a la vuelta de la esquina, según la cual en cualquier lugar puede suceder lo imposible o aguardar el azar que cambia el destino de un hombre.


P: Uno de los personajes más misteriosos de Camino de perdición es Ontano, el solitario que vela por los perdidos. En el capítulo de El diablo meridiano (2001) llamado Pensión Lucerna la perdición arrastra a todos los personajes a una cita común. ¿Pero qué es para usted la perdición?

Un destino moral de extravío.




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