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Modelos de comedia: Lope de Vega y Cervantes

Guillermo Carrascón

 

Cervantes acabó sus días en “una casa sita en la calle de Francos, esquina a la del León, frente al mentidero de los comediantes” (Sevilla/Rey “Cronología”) a la que se había trasladado sólo en 1615, el mismo año en el que publicó sus obras dramáticas nunca representadas.

Casa Cervantes
Calle del León esquina a
la de Cervantes, n. 2
(donde estaba la última casa que ocupó el
poeta titular de la calle) en la actualidad
En 1610 y en la misma calle (que para homenajear al autor del Quijote lleva hoy su nombre) había comprado Lope su casa (número 11 moderno), a unos doscientos metros bajando desde la calle del León. Antes de mudarse a la calle de Francos, sin embargo, Cervantes no vivía mucho más lejos: la calle de Huertas, en la que alojaba con su mujer (número 18 moderno), corre paralela a la de Francos, unos doscientos cincuenta metros más al sur. En la casa contigua a la que ocupó el novelista, esquina a la plazuela de Matute, estaba la casa en la que, en los últimos años del siglo anterior, tuvo su “chirlata”, como la llamaba Astrana Marín (1948: VI,14) la Antonia de Trillo con la que se había “envuelto” Lope al volver de Alba de Tormes, después de la muerte de Isabel de Urbina, allá por 1595. Y de chirlatas, seguramente, entendía Cervantes, que para indicar su edad afirmaba que “al cincuenta y cinco de los años gano por nueve más y por la mano” (Novelas ejemplares, Prólogo).

Si no se encontraban cada mañana por la calle, el creador del teatro nacional español y el fundador de la novela moderna no carecían seguramente de otras ocasiones de verse: en la congregación de Esclavos del Santísimo Sacramento, que se reunía, a pocos metros de sus casas, en el convento de los Trinitarios Descalzos que cerraba entonces la calle de Francos[1] (aunque después se trasladó al Oratorio de la calle del Olivar, de la que tomó el nombre), congregación a la que ambos poetas habían entrado poco después de su fundación, en 1609 Cervantes y en 1610 Lope. También pertenecían ambos a la Venerable Orden Tercera de San Francisco, otra congregación[2]. Con certeza se puede decir que se veían en la Academia Salvaje que desde abril de 1612 patrocinaba en su palacio de la calle de Atocha Don Francisco de Silva y Mendoza. En la primera reunión de este Parnaso se eligió secretario a Lope, lo cual no le fue de óbice al poeta para escribir al de Sessa, con la habitual maledicencia que tanto debía divertir a tan noble corresponsal, las conocidas palabras sobre el “hambre, cansancio, frío, lodos y quejas” de los poetas; y el que Lope fuera secretario y no Cervantes nos da idea de cómo se repartían entre ambos el aprecio de sus contemporáneos, más favorable ciertamente al dramaturgo que al novelista[3]. En una sesión de otra Academia le había tenido que prestar Cervantes a Lope unas gafas mal hechas como “huevos estrellados” para que éste ayudara su vista cansada a leer unos versos.

Aunque Lope se ordenó antes que Miguel, que esperó a tener “puesto ya el pie en el estribo” para tomar los votos, ambos acabaron sus días en religión y sus restos reposan en el mismo anonimato de sendos osarios comunes y en la misma vecindad en la que transcurrieron sus últimos años, en la parroquia de san Sebastián –calle de Atocha– los de Lope y en la Iglesia del convento de las Trinitarias de la calle de Cantarranas (hoy de Lope de Vega) los de su manco colega.


Por cierto, que aunque los huesos de Cervantes estén allí, se ha dicho que el entierro no se efectuó en esta Iglesia sino en el Beaterio de las mismas Trinitarias que se encontraba en la calle de Mesón de Paredes. Así lo aseveraba Antonio Capmany y Montpalau en su Origen histórico y etimológico de las calles de Madrid[4], sin dar mejor información de sus fuentes:


murió y le llevaron a enterrar al beaterio de las hermanas Trinitarias, en la calle del Mesón de Paredes, acompañándole todos los hermanos de la congregación del Santísimo Sacramento del oratorio del Olivar.
   Sepultáronle en un hueco, en el pavimento de la iglesia de las mencionadas beatas, en cuya casa religiosa estaban su hija natural y la madre de ésta. La sepultura no tenía inscripción, y allí después se enterraron otros; así fue que al trasladarse las beatas al convento de la calle de Cantarranas, exhumaron los huesos que había en las sepulturas, y mezclados en un carro cubierto de bayetas negras, los llevaron al nuevo templo, en donde abrieron dos o tres zanjas pequeñas y en ellas los depositaron; allí debieron ir también los restos mortales de nuestro eminente escritor, pero se ignora hasta hoy el sitio en que se hallan, aunque según el Dr.D. Patricio Magano, capellán mayor de estas religiosas decía: que habiéndose limpiado la iglesia en el siglo pasado, que todos los huesos se llevaron a una bóveda y que en ella se enterraron. Por eso la Academia de la Lengua española celebra todos los años un oficio solemne en la Iglesia de este convento, costumbre piadosa que hace tres años viene practicando esta ilustre asamblea, y en la que han pronunciado la oración fúnebre, el año de 1861, D. Tristán Medina, en 1862 el Ilustrísimo Sr. D. Antolín de Moescillo, ... y en 1863 don Francisco de Paula Benavides...

La noticia no deja de ser sorprendente, sobre todo por sus detalles, alguno evidentemente errado, como el de la compañía de los Esclavos, que en realidad fue de los Terceros: basta leer el “Epitafio” que precede al Persiles.
Iglesia y convento de las Trinitarias
Iglesia y convento de las Trinitarias. Aquí yacen los restos de Miguel de Cervantes y aquí profesó y está
enterrada Sor Marcela de San Félix.
De:  Astrana Marín,
Vida azarosa de Lope de Vega, p. 257, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
Así que no se sabe qué crédito conceder a quien, además de esto, afirma con el desparpajo que hemos visto, y no sólo en este pasaje, como en seguida indicaré, la existencia en el Beaterio de las Trinitarias y en 1616 de una amante y una hija natural de Cervantes de las que ningún biógrafo da noticia. La hija natural de Cervantes y de Ana de Villafranca (o Franca) de Rojas era, como es bien sabido, Isabel de Saavedra que se casó en 1606, enviudó y dos años después, a los 22 de su edad, más o menos, se volvió a casar. En cuanto a Ana Franca, la madre de Isabel, había muerto en 1598. Sin embargo (¿el apócrifo?) Capmany (1863/1990: 292-93), insiste, como decía, y en términos muy claros, en la existencia de estas dos mujeres y en la presencia al menos de una de ellas, la supuesta hija de Cervantes, en la citada institución:


las casas de los hidalgos de Paredes después sirvieron de beaterio a las beatas de la Santísima Trinidad, en donde formaron una pequeña iglesia. Aquí fue donde una tarde vino el beato Juan Bautista de la Concepción, acompañado de San Miguel de los Santos, que entonces era novicio de los trinitarios descalzos, y le vio Miguel de Cervantes, que estaba allí a visitar a su hija (era natural, habida en su concubina) y con él Lope de Vega, que también fue a visitar a la suya (que estaba allí en clase de educanda). Cervantes recordó al beato Juan Bautista que en Madrid había sido ahorcado otro religioso de los mismos nombres que su novicio; y dirigiéndose al joven descalzo, su tocayo, le dijo que no le imitara en sus travesuras, a lo que contestó Lope de Vega que tampoco a Cervantes en las suyas, fijando los ojos en la hija de aquél y en su amiga, y sí que siguiese la huella de su virtuoso reformador, a quien otras generaciones venerarían como santo. Y Cervantes, algo alterado creyéndose aludido, se alzó del asiento y repuso: “por ejemplo... como... doña Marcela del Carpio” (habida también en la amiga de Lope doña María [sic] de Luján) mirando también a aquélla, y se despidió de todos reverente.

Para especular un poco sobre la posible veracidad de este sucedido, habría que colocarlo, por la edad de los personajes mencionados, entre el 1611 y el 13, puesto que difícilmente Marcela, nacida en 1605, podría haber sido “educanda” antes de esta fecha, y en 1613 murió el beato Juan Bautista de la Concepción, reformador de la Orden Trinitaria. Justo por esas fechas, como indicó Astrana (1956: VI, 47 y ss.) el segundo marido de Isabel de Saavedra andaba en pleitos con Juan de Urbina por causa de la dote de ésta, y se hace difícil pensar que la misma Isabel estuviese recogida en un beaterio. La hija natural de Cervantes debía ser otra, a menos que no interpretemos que las dos mujeres internadas en el beaterio eran, en vez de una amante y una hija de Cervantes, su hermana Andrea y la hija extramarital de ésta, Constanza de Ovando; pero Andrea había fallecido en 1609, por lo que ya no estaba en el Beaterio de las Trinitarias cuando enterraron allí a su hermano Miguel (ni siquiera en las fechas posibles de esta anécdota). Por otra parte, poco sentido hubiera tenido entonces la zumba lopesca. En fin, la anécdota, probablemente ni más ni menos fidedigna que la anterior noticia sobre el traslado de los restos mortales, me ha parecido curiosa y poco conocida[5]. Y en cualquier caso da idea de la misma circunstancia que quería resaltar al principio: a pesar de su rivalidad, tantas veces documentada por la crítica; a pesar de las numerosas puyas y de las irónicas y mal intencionadas muestras de respeto que los dos poetas se intercambiaban en sus escritos desde 1604[6], más o menos; a pesar de los pesares, Cervantes y Lope, Lope y Cervantes se veían y se hablaban en las calles, en las tertulias, un día sí y otro no. La suya debía ser, pues, una afable inquina cotidiana.

Y además la relación venía de lejos, pues si ya en su Galatea (1585) el manco inmortal había dedicado a un Lope de 22 años, que hacía sus primeros pinitos en las armas como en las letras, esta octava:


Muestra en un ingenio la experiencia
que en años verdes y en edad temprana
hace su habitación ansí la sciencia,
como en la edad madura, antigua y cana.
No entraré con alguno en competencia
que contradiga una verdad tan llana,
y más si acaso a sus oídos llega
que lo digo por vos, Lope de Vega.
(“Canto de Calíope”, libro VI, Cervantes, 1996: 387)

(deferencia a la que Lope había de responder en homólogo lugar, es decir, en el canto V de La Arcadia, 1598) probablemente los dos ingenios se habían conocido ya, si no antes, a raíz de su participación en la famosa expedición del Marqués de Santa Cruz a las Azores de 1583, para someter la Isla Tercera donde se refugiaba, ayudado por los franceses, Don Antonio, el prior de Crato, pretendiente al trono de Portugal, que había ocupado Felipe II.

Un expolio atento de las biografías revela a la curiosidad ociosa mil coincidencias más, parecidas a las ya señaladas. Por ejemplo: ambos estuvieron al servicio, aunque no simultáneamente, de don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, Virrey de Nápoles y gran mecenas cervantino, mientras que el primer protector de Lope, Don Jerónimo Manrique, había sido Vicario general de la flota cristiana en la “más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”, o sea la jornada de Lepanto, de manera que, al quedar manco, Cervantes lo hizo con la bendición de este cura. Otro ejemplo: si en 1588 Lope participó en la Armada Invencible, Cervantes, como es bien sabido, se ocupó del avituallamiento de la expedición, lo cual constituyó el primero de una serie numerosa de empleos que le produjeron otros tantos sinsabores al alcalaíno, apartándolo además por un buen trecho de su carrera vital del ejercicio de las letras, cosa que, en cambio, con Lope, el de las armas no consiguió hacer[7].

Y aún hay otros nexos de relación entre ambos poetas, puesto que Diego de Urbina, hermano de la primera esposa de Lope[8], era el padre del Francisco de Urbina que firmó el epitafio de Cervantes que aparece en los preliminares del Persiles, mientras que el Fernando de Lodeña, autor a su vez de uno de los sonetos con que se encabezaban las Novelas ejemplares era el marido de Ana María de Urbina, hermana de Diego y de Isabel, y concuñado de Lope (Rennert / Castro 1969: 522). La presencia de esta familia en torno a Cervantes se hace aún más densa si consideramos, además, la relación entre Isabel de Saavedra, hija natural del poeta, con otro hijo del regidor Diego, Juan de Urbina, quien como consecuencia de este affaire se comprometió a pagar la dote matrimonial de la interesada (Astrana Marín 1948: VI ). Y esta red de relaciones entre Cervantes y los Urbina la explicó el autor de la Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes, exhumando con admirable paciencia un sinfín de documentos que atestiguaban el hecho de que la cuñada de Isabel de Urbina (concuñada de Lope) y mujer de su hermano Diego, llamada Magdalena de Cortinas, era sobrina segunda, más o menos, de Leonor de Cortinas, la madre de Cervantes. O sea que en su primer matrimonio, Lope emparentó políticamente con su – por aquel entonces todavía – amigo y colega admirado.


Tampoco faltan coincidencias si nos acercamos más al terreno literario: ambos poetas publicaron en primer lugar una novela pastoril (La Galatea y La Arcadia), en la boga tardía ya de la Diana de Montemayor; ambos cultivaron, con diversa fortuna ciertamente, el género bizantino (Persiles y Peregrino) y la novela corta de tipo italiano (Ejemplares y a Marcia Leonarda); ambos profesaron gran admiración, diversamente canalizada, sin duda, por los grandes exponentes de la épica renacentista italiana; ambos escribieron teatro, también, desde luego, con muy diversa fortuna. Y sobre todo es ya casi un tópico la constancia con la que en prólogos y preliminares varios (y presumiblemente en calles y salones) se intercambiaron, como decía antes, puyas y dobles sentidos, de manera que se diría que ni Lope podía dejar de pensar en Cervantes cuando publicaba, ni sobre todo, viceversa, conseguía el manco de Lepanto olvidarse de su más afortunado rival cuando daba a la luz sus obras. Esta que, en suma, se podría llamar situación de “lector polémico privilegiado” que cada uno parece haber revestido a los ojos del otro, se diría que no hace sino preludiar la continuidad con la que la crítica cervantina (incluidas estas modestas páginas) se ha visto empujada a establecer parangones entre ambos, y también aquí la abundancia de ejemplos se ve limitada sólo, como diría el mismo Cervantes, por la pereza de buscarlos.

Se multiplican los acercamientos de ambos poetas ya en el ámbito biográfico, en el que el más épico de todos los biógrafos, el simpático y ameno, y tantas veces citado, Astrana Marín comienza el Proemio de su monumental biografía cervantina trazando un paralelo en estos términos (1948: 14, subrayado mío):


   Hemos de comenzar diciendo que la luz, en el conocimiento de la vida de MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA, no ha ido haciéndose sino por lentas y muy espaciadas aportaciones de la investigación. No tuvo a su muerte, contrariamente a Lope de Vega, elogios panegíricos, «famas póstumas», ni pomposas «exequias fúnebres» a la inmortalidad de su nombre, que recogieran en libros los más ilustres ingenios.

Y en el que un erudito por tantos motivos opuesto a Astrana come es Canavaggio (1989: 41, subrayado mío) escribía cuarenta y un años más tarde: “La «nueva biografía» [de Cervantes] a la que me refiero aquí no pretende competir con la que dedicó a Lope, hace más de un siglo, don Cayetano Alberto de la Barrera”. Ni se encuentran menos en biografías de Lope, como la de Zamora Vicente (1969: 10-11), que no me resisto a citar:


A pocos metros de la casa de Lope en Madrid, en la calle del León, moría, abril de 1616, Miguel de Cervantes. Los restos del novelista, creador de la más noble y limpia sonrisa que la humanidad ha visto brotar, fueron a enterrarse en la iglesia del vecino convento de las Trinitarias, donde Lope irá, años más tarde, a decir su misa ante la hija monja, Marcelica, ya sor Marcela de San Félix, la hija de Micaela de Luján, que profesó en aquella casa en 1622. Por estas fechas, Lope, viejo, desengañado, una nueva amargura al acecho cada día, ¡cómo meditaría sobre el recuerdo de Cervantes, sobre las pasadas diferencias, sobre la chismorrería literaria, resuelta ya en polvo, en recuerdo apenas presente! Primavera madrileña de 1616, el respirar de Cervantes extinguiéndose, y a pocos metros de su casa, entre la calle del Infante y la de Francos, nace, caudaloso, incontenible, el amor de Lope de Vega por Marta de Nevares. La vida tiene sus bromas. Lope, ya pasados los cincuenta años, aún tiene fuerzas y empeño para enamorar a una joven de veintitantos. En la primavera de 1616, Cervantes sólo vivía por el ansia de vivir, según nos cuenta en el prólogo del Persiles. Lope vivía tan sólo para el ansia de amar.

Y si no faltan los emparejamientos en el terreno de la narrativa (como muestran estas palabras del ya citado artículo de Avalle Arce (1998: 34): “Más de diez años antes [de la publicación de La Arcadia de Lope] Cervantes había publicado su propia novela pastoril ... Menciono este dato porque debe considerarse dentro del complejo heterogéneo de motivos que llevó a nuestros dos máximos ingenios a mantener una viva rivalidad literaria a lo largo de sus vidas”), más aún se produce el paralelismo crítico cuando se trata del teatro: desde el dieciochesco de Nasarre[9], quien en palabras de Canavaggio (1977: 14) estaba “convaincu que Cervantès, en ecrivant ses propres piéces n’avait eu d’autre but que de dénoncer, sur le mode parodique, les incoherences et les faiblesses que ses porte-parole reprochaient au théâtre de son temps”, hasta el reciente trabajo de Mercedes Alcalá Galán (2002), que al disertar sobre la “Teoría del teatro en Cervantes” difícilmente podía eludir la atribución a Lope del fracaso teatral de nuestro autor o la confrontación de ambas dramaturgias. No evita tampoco la inevitable comparación Ruffinatto (2002), que dedica el segundo capítulo de su monografía cervantina a “l’avvento di Lope de Vega e il declino di chi non vuole accogliere il ‘nuovo’: il teatro della seconda epoca Cervantina”, pero que además hace ya más de treinta años en tal cotejo había colocado una piedra angular con el que es todavía un trabajo fundamental para la comprensión de ambos teatros (Ruffinatto 1971). Algo parecido hay que predicar, por poner otro ejemplo, de Jesús González Maestro (2000), que trazando su magistral Poética del teatro de Miguel de Cervantes a menudo se apoya en el renglón de la práctica teatral lopesca. Y tampoco falta el paralelismo, con los interesantes postulados que ya he citado en la nota 6, en el espléndido manual para leer el Quijote de Juan Carlos Rodríguez (2003: 41 y ss.). Vinculado pues a su rival en la posteridad como debió de estarlo en vida, parece que Cervantes tenga que soportar ya para siempre la larga sombra del “monstruo de Naturaleza”, sobre todo, pero no sólo, cuando de su producción dramática se trata.



 

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Bibliografía


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Notas

[1] Cubría el terreno que hoy en día ocupan el Hotel Palace y la Iglesia de Jesús de Medinaceli con sus anejos, más, claro está, la prolongación de la calle de Cervantes que, entre ambos edificios modernos, sale hoy día al Paseo del Prado lindando con la plaza de Neptuno, prolongación que entonces no existía.

[2] Como decía Morel-Fatio, estas congregaciones, como la de Caballero de Gracia a la que también pertenecía Lope, eran un mixto de Club y sociedad de mutuo socorro. Del Santísimo Sacramento (cuyo emblema, la S alrededor de un clavo, es-clavo, todavía se puede ver labrado en la madera de la puerta del Oratorio) formaban parte a la sazón Salas Barbadillo, Vicente Espinel y Quevedo. Unirse a ella era, obviamente una cuestión social y no sólo piadosa. Apud Rennert/Castro 1969: 189 y n52.

[3] Por decirlo con los términos de Juan Carlos Rodríguez en su asombroso libro nuevo (2003: por ejemplo 43), que sale cuando estas páginas están ya on line, y que más adelante tendré que citar mucho, porque me honro en encontrar numerosas coincidencias entre mis ideas y las ahí recogidas: “Lope tenía demasiado poder y Cervantes ninguno”.

[4] Se trata de un volumen de la “Biblioteca de ‘El contemporáneo’”, publicado en 1863 por la imprenta de Manuel B. de Quirós y escrito, como se desprende del fragmento citado, el mismo año; y sin embargo la ficha de la Biblioteca Nacional de Madrid se lo atribuye al insigne polígrafo catalán del mismo nombre de este autor, quien mal pudo escribirlo puesto que murió en 1813. Se trata de un apócrifo o de la obra de un descendiente poco conocido que usase los mismos apellidos que el más famoso secretario dela Real Academia de la Historia y autor de las Memorias históricas sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de Barcelona. La cita se encuentra en las páginas 136-137de la edición facsimilar hecha en Madrid por Fernando Plaza del Amo en 1990.

[5] Por más detalle, Astrana, que documenta cuidadosamente la fundación del Monasterio de Trinitarias descalzas de la calle de Cantarranas (1956: VII, 265 y ss), permite afirmar que hasta noviembre de 1612 no se establecieron en este emplazamiento ni tomaron el hábito las primeras religiosas de la fundación. Esto, debido a una serie de oposiciones que encontraron por parte de otros conventos. Se puede deducir de la prolija información del traductor de Shakespeare que existía quizá desde 1609 una casa de beatas amparada por Francisca Romero, fundadora y protectora del convento, pero probablemente se encontraba en la calle Mayor, no en la de Mesón de Paredes. De estas beatas después tomaron el hábito nueve, en noviembre de 1612. Entre 1611 y finales del 12 pudo haber un beaterio de religiosas trinitarias avant la lettre en la calle Mayor, pero en 1616 el convento de las Trinitarias estaba ya en donde se encuentra ahora. Lo que no existía era la actual Iglesia y a tal función servía, en el momento de la sepultura de Cervantes, un local del convento hoy sin identificar. El traslado del osario se pudo producir (a lo largo de la calle de Cantarranas) en el momento de finalización de la Iglesia principal y es posible que así se perdieran las huellas de los restos mortales del escritor.

[6] Aludo, claro está, al episodio en el que, como dicen Sevilla y Rey “se rompieron las hostilidades”, es decir: cuando Cervantes andaba buscando poetas, que no encontró, para que dieran al Quijote los habituales poemas preliminares y Lope, quizá ofendido porque Cervantes no le hubiera pedido un poema o quizá, al contrario, no contento con negar el soneto de ocasión (que Cervantes poco antes no le había negado a él para su Dragontea) escribió, entre otras cosas más públicas y menos decorosas, sus famosas, poco lúcidas y ofensivas palabras “De poetas, no digo: buen siglo es este. Muchos están en ciernes para el año que viene pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote” (Vega 1985: 68). “De inmediato, – siguen Sevilla y Rey – Cervantes replica, y se burla en el prólogo de su primer Quijote(1605), sin mencionarlo expresamente, de Lope de Vega, pues ironiza sobre los escritores que anteponen a sus libros sonetos elogiosos "cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas, o poetas celebérrimos", aludiendo, probablemente, a La hermosura de Angélica (1602), al frente de la cual hay, entre otras, poesías laudatorias de un príncipe, un marqués, dos condes y dos damas. Asimismo, se ríe de quienes añaden al final de sus libros una lista de autores citados, simulando jactanciosamente una erudición doctrinal que no tienen, como había hecho Lope en El Isidro (1599) y en El peregrino en su patria (1604). Y, sobre todo, lanza sus dardos satíricos contra la pedantería extremada del Fénix, a consecuencia de la "Exposición de los nombres poéticos y históricos contenidos en este libro" que acompaña a La Arcadia (1598)”. En realidad se han barajado muchos motivos para esta disidencia entre Lope y Cervantes, origen o primera manifestación pública de sus malas relaciones; entre los más verosímiles se encuentra el que propone la intertextualidad entre el Quijote y el famoso Entremés de los romances, que había sido interpretado como ridiculización del reflejo de las aventuras sentimentales de Lope en sus romances de juventud. Por tanto Lope habría considerado el libro cervantino como amplificatio narrativa del Entremés y por consecuencia sátira contra su persona. Sobre ello ha vuelto hace poco la admirable prosa de Avalle Arce (1998) y ofrece ahora una fascinante especulación, no por más indemostrable menos atinada, la “Introducción” del citado libro de Juan Carlos Rodríguez (2003), quien propone – reduciendo al mínimo el razonamiento, que hay que leer, sin embargo en los términos de su autor – que Lope quiso atajar a la raíz a quien intuyó, en 1604, ante el Quijote, como el más peligroso rival de su soberanía en el mundo poético literario de la corte. El “ni tan necio que alabe” sería, según Rodriguez, una advertencia, o si se quiere un diktat, un ukase del todopoderoso monarca Lope a sus súbditos poetas: que no haya nadie tan necio que se atreva a alabar al Quijote.

[7] Por cierto, que sobre esta jornada de Lope hay un pormenor que no se ha visto aclarado de forma debida y que como, después indicaré, también tiene que ver con otra de estas coincidencias biográfico-anecdóticas entre ambos vates. Como es bien sabido, Lope se embarca en el galeón San Juan, con destino a la pérfida Albión, el 29 de mayo de 1588, es decir, sólo 19 días después de que Luis de Rosicler, su cuñado, lo representara por poderes en su matrimonio con Isabel de Urbina, celebrado en Madrid. La más clásica biografía de Lope, la de Rennert y Castro (1969: 62), supone con cierta inocencia que nuestro poeta se embarcó “arrastrado por el soplo heroico que inflamó en aquella ocasión a todos los pechos jóvenes” (no sin haber barajado antes otros motivos menos gloriosos), aunque Lázaro en sus adiciones (Rennert/Castro 1969: 522) recoja (con cita que me resulta errónea) otra lectura psicologista que diera J. F. Montesinos de la canción “Ay, dulce y cara España” de La Arcadia. En ella, en realidad, las alusiones al rival de Lope en el amor de Elena Osorio, Don Francisco Perrenot de Granvela, parecen dar a entender, más que otra cosa, que Lope hubo de embarcarse para escapar a algún tipo de persecución o venganza por parte de éste. Sin embargo, hace relativamente poco la última biografía que conozco del Fénix todavía afirmaba: “No se sabe por qué se fue” (Haro Tecglen 2001: 33). Por otra parte, si inocente era la explicación de los más cuidadosos biógrafos de nuestro autor, hay que decir que contaba con el refrendo del mismo Lope, que años más tarde escribiría: “Ceñí al servicio de mi rey la espada / antes que el labio me ciñese el bozo, / que para la católica jornada / no se excusaba generoso mozo” (apud Villacorta Baños 2000: 42). Sin embargo, esta explicación dada por Lope muchos años después no deja de ser una idealización de lo que realmente le empujó a enrolarse en la Armada contra Inglaterra del 1588: basta sopesar su afirmación de que a los veintiséis años todavía no le había salido el bozo para darse cuenta de lo mucho que Lope forzaba la realidad al adecuarla a sus intereses líricos. En este tipo de ficcionalización o poetización de la propia anécdota vital, Lope, es bien sabido, destacó sobremanera; quizá sea el poeta español que más ha confundido, para desesperación de biógrafos, vida y creación: “¿que no escriba, decís, o que no viva?” preguntaba retóricamente a Lupercio Leonardo de Argensola. Pero en una octava de la Angélica, que citan sus mismos biógrafos (Rennert/Castro 1969: 142) Lope alude de nuevo a una, otra, explicación posible. Por tratarse de la obra escrita en mayor proximidad a los acontecimientos, mientras Lope estaba embarcado camino de la catástrofe en que acabó la jornada contra Inglaterra, parece que en este caso el biografismo que se trasluce pueda ser de los más atendibles. Los versos, en fin, son estos: “Marte me lleva a su peligro opuesto; / por eso en el discurso de su historia /vuelvo a buscar a Marte, procurando / dejar al blando amor lugar más blando./ No es tiempo de cantar, Lucinda mía / tus bellos ojos y mi largo llanto, / que en medio de la mar del Norte fría / la sirena de amor suspende el canto. / Voy por la mar, donde a morir me envía / la envidia de mi bien, que pudo tanto.” Al contrario de lo que suponen los eruditos biógrafos (loc. cit.), es decir, que estas octavas las añadiera Lope en el momento de la publicación de la Angélica (1602, recreando en su imaginación la situación original de redacción de la obra), para homenajear a su amante del momento, la bella Camila Lucinda o Micaela de Luján, lo que en 1602 hizo Lope, probablemente, fue limitarse a sustituir el nombre propio que aparecía en la versión de 1588 – que sería el poético de su recién desposada Isabel de Urbina: “Belisa” – con el de su amante del momento, “Lucinda”. En 1602 habían transcurrido ya casi siete años del fallecimiento de Isabel, Lope se había casado otra vez y había corrido otras aventuras galantes (y no tanto) y desenterrar a la pobre Belisa no sólo no tenía sentido, sino que habría irritado a Micaela, que era celosa. Poca traición a la memoria de la esposa muerta entrañaba ya la sustitución de nombres. Pero si donde dice “Lucinda” ponemos “Belisa”, las octavas citadas de la Angélica se adaptan perfectamente a la situación biográfica de Lope en 1588, a bordo del galeón San Juan: no se olvida de su recién desposada, aunque no sea el momento de cantarla, pues ha sido enviado a morir en la guerra por quien, furioso por su matrimonio, tiene poder para obligarle, es decir: por la familia Urbina y en concreto por su cuñado Diego de Urbina, regidor de armas de Felipe II. Como es bien sabido, la familia había abierto causa contra Lope por el rapto de Isabel (Rennert/Castro 1969: 60-61); seguramente, la condición impuesta por los Urbina para retirar la denuncia y parar el proceso, que en efecto nunca se celebró, y para aceptar por ende el matrimonio, fue que Lope se embarcara en la Invencible, en la esperanza, que por suerte para nosotros no se realizó, de verle desaparecer para siempre tras el horizonte cantábrico. Sobre cambios de nombres, siempre en beneficio de Micaela, véanse ahora las páginas que dedica Pedraza Jiménez (2003: 95 y ss.) a los avatares del soneto “Ya no quiero más bien que sólo amaros”. Volviendo a menudo sobre el tema, Pedraza consigue en su nuevo libro matizar de manera muy exacta la compleja relación entre topos literario y vivencia que permea la producción poética de Lope.

[8] Pese a que Lázaro (en sus “Adiciones” a la biografía de Rennert y Castro, pp. 521 y 522) hace ya más de treinta años lo dejara todo muy claro, muchos críticos siguen confundiendo este personaje, regidor de Madrid y rey de Armas de Felipe II, con su padre, del mismo nombre, pintor de cámara de su majestad. Hubo un tercer Diego, el hijo del regidor y nieto del pintor, llamado de Ampuero y Urbina o de Ampuero y Cortinas, al que también he visto en alguna parte confundir con su padre y abuelo. Lope en su testamento lo decía muy claro, que su mujer era hermana del rey de armas y ¿cómo se iba a equivocar Lope en tal extremo poniendo hermana en vez de hija?

[9] «Disertación o prólogo sobre las comedias de España» en Miguel de Cervantes, Comedias y entremeses, divididos en dos tomos, Madrid, 1749.






— per citare questo articolo:

Artifara, n. 2, (gennaio - giugno 2003), sezione Monographica, http://www.artifara.com/rivista2/testi/lopedevega.asp


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ISSN: 1594-378X



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