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Cervantes de Salazar, autor del Lazarillo

José Luis Madrigal

A Sara Lishinsky

 

 

 

El Lazarillo es la obra de la literatura española más sobrada de problemas. Los hay de todo tipo, desde la fijación del texto hasta la fecha en que fue escrito, desde quién fue su autor hasta cuál pueda ser la verdadera intención del libro[1]. Los problemas, en efecto, son tantos y tan

Aquí se inicia la continuación que Cervantes añadió al  Diálogo de la Dignidad del hombre dejado sin terminar por Pérez de Oliva. Curiosamente hay una defensa de la "fama" en términos muy parecidos al "Prólogo" del Lazarillo.
enrevesados que no es de extrañar que el Lazarillo sea para algunos de nosotros una especie de rompecabezas en lugar de una lectura que, como quería su autor, simplemente “agrade y deleite”. El deleite, más bien, parece radicar en la resolución de estos problemas.

La datación textual, con todo, empieza a despejarse. Desde luego ya pocos defienden la fecha tempranera de 1525 propuesta por Morel-Fatio a finales del siglo XIX, entre otras cosas porque hay un terminus post quem que no admite discusión, a no ser que pensemos que Antonio de Guevara era buen amigo del autor y le dio a leer a éste, mucho antes de publicarlas en 1541, una de sus Epístolas familiares donde se trata la cuestión de los saludos mencionada por el escudero en el tratado tercero[2]. Agustín Redondo, por su parte, ha desenterrado un decreto promulgado por el ayuntamiento toledano en 1546 que parece hacer referencia clara al pasaje del mismo tratado tercero en el cual Lázaro nos dice que el ayuntamiento acordó “que todos los pobres estranjeros se fueran de la ciudad”, lo cual adelantaría el mojón en cinco años[3]. Francisco Rico, finalmente, hila aun más fino, y a partir del pasaje del diestro trueque de blancas y medias blancas que lleva a cabo Lázaro a expensas del ciego, pone la fecha de composición entre “noviembre de 1551 y la publicación de la obra, a más tardar, a finales de 1553”[4]. Bien podría ser, aunque yo me inclino por una fecha menos tardía (entre 1542 y1549) basado en razones que iré exponiendo a medida que analice la cuestión de la autoría. Antes, sin embargo, es necesario aclarar algunos puntos con respecto a la interpretación del Lazarillo.

 

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Se lea como se lea, el Lazarillo se atiene principalmente a dos modelos literarios: de un lado, la Moria erasmista; de otro, el Asno de oro de Apuleyo en la traducción de López de Cortegana. La influencia de la Moria es sutil y se corresponde, sobre todo, con el tono irónico y hasta paradójico en cuestiones de tanta monta en la época como la honra, la búsqueda de la felicidad de tejas para abajo y el conocimiento de sí mismo. El influjo del Asno, mucho más evidente, se refleja en el leit motif del mozo de muchos amos y en la voz narrativa en primera persona que cuenta sus pasadas aventuras desde la atalaya de su madurez y tras una “conversión”, o “reconversión”, con respecto a los valores de su mocedad. Como mucho de esto se ha visto ya, no creo necesario demorarme más en ello[5]. Añadiré sólo que el autor del Lazarillo aprovechó, además, algunos recursos estilísticos empleados en la versión castellana del Asno, lo cual habrá de tenerse muy en cuenta cuando realice el análisis lingüístico de atribución.

Estos dos modelos, siendo ciertamente fundamentales en la constitución del libro, no son ni únicos ni excluyentes. En mayor o menor medida, el autor se inspiró en otras obras. Algunas coincidencias con las cartas de Marco Aurelio, o con la historia de Andrónico y el león del mismo Guevara, no pueden ser casuales cuando sabemos a ciencia cierta que el autor entresacó más de una idea y alguna que otra frase de las Epístolas familiares[6]. Y lo mismo

Dedicatoria al obispo de México que aparece al frente de los diálogos latinos que Cervantes de Salazar publicó en México en 1554. El segundo apellido latino "Salazarus" parece un anagrama con el nombre de "Lázaro".
cabe decir de la literatura satírica de corte lucianesco, favorecida por humanistas como Erasmo, Vives o Alfonso de Valdés, pero también por hombres de Iglesia del tipo de Díaz de Luco o de hombres de letras como Villalón, si es que Villalón, en efecto, es el autor del Crótalon. De hecho, la crítica eclesiástica que leemos en Díaz de Luco y en el Crótalon recuerda al Lazarillo, y a veces de tal manera que no hay más remedio que pensar en un cierto tipo de afinidad o de intención ideológica compartida[7].

Sé que al hablar de intención me atraigo probablemente la suspicacia del investigador actual, y no digamos del teórico de la literatura. La intención, al parecer, es una entelequia metafísica o uno de esos idola de que hablaba Francis Bacon. Pero sin intención difícilmente hay comunicación entre los hombres y, menos aun, autoría. Sin intención todo vale y todo es relativo: el Lazarillo indistintamente puede ser un elogio de la deshonra o una advertencia sobre el peligro de la movilidad social, ser una defensa del pobre o una sarcástica visión de sus engaños y trapacerías. No dudo que el Lazarillo se preste a este tipo de ambigüedades y hasta puede que ahí resida su encanto y fascinación, pero no nos engañemos por más tiempo: en cada palabra, en cada frase y hasta en la totalidad de la obra hubo un señor (o si se quiere un agente o emisor) que eligió y discriminó entre múltiples posibilidades que le ofrecía su lengua, su cultura y su propia ideología, incluida la posibilidad de jugar con la paradoja y la ambigüedad de defender dos cosas a la vez[8]. Pero vayamos por partes.

El Lazarillo se inscribe, fundamentalmente, dentro de la controversia de la pobreza que se dio en Europa durante toda la primera mitad del siglo XVI y que alcanzó en España su momento culminante en 1545 con la publicación de los tratados de Soto y Robles. Arriba enumeré algunos modelos literarios, pero no se olvide que Lázaro de Tormes no es ni un jovenzuelo tarambana transformado en burro ni un emperador filósofo dado a discursos y cartas voluminosas, sino un pobre huérfano en medio de una sociedad que carece por completo de caridad y justicia para con el menesteroso. Ésa es la historia que cuenta Lázaro y no otra. Nada hay, pues, más descaminado en la interpretación del Lazarillo que pensar que el destino infamante de su protagonista está determinado por su origen. Es, más bien, lo contrario: si Lázaro termina siendo quien es, es, en primer lugar, por la educación corruptora que recibe y, en segundo lugar, por el mal ejemplo dado por los encargados de gobernar la república cristiana. Su culpa es relativa y menor comparada con la del Arcipreste o el capellán, hombres de Iglesia los dos consagrados a ídolos falsos. La autoría, naturalmente, cuando la revelemos, arrojará mucha más luz con respecto a la intención que anida dentro de la epístola del pregonero; por ahora me limitaré a examinar algunos tratados íntimamente relacionados con el Lazarillo.

Soto y Robles se enzarzan en una polémica a raíz de la pragmática real de 1544, pero casi veinte años antes el mismo asunto había sido tratado por extenso por Juan Luis Vives en su De subventione pauperum (1526), obra seminal y muy influyente en Europa durante todo el siglo XVI[9]. Las recetas de Vives se acercan en buena medida a las de Robles y, por extensión, a las del Lazarillo. En síntesis, se reducen a dos: el pobre sano debe trabajar y los pobres verdaderos, ya sean viudas, huérfanos, viejos o lisiados, han de recibir amparo por parte de los ayuntamientos en lugar de ejercer la mendicidad. Ahora bien: el mendigo inválido, por ejemplo, tiene que presentar pruebas muy claras, porque, si no, estará obligado a trabajar. Y “ni aun se ha de consentir que los ciegos estén o anden ociosos”, porque “son muchas las faenas en que pueden ejercitarse”, ya sea en tareas intelectuales o tañendo “instrumentos de cuerda o de metal”; y si carecen de talento para las letras o la música, pueden ayudar en “lagares a mover las prensas” o hinchando “los fuelles en las oficinas de los herreros”. En cuanto a los huérfanos, Vives insistirá en la importancia de la educación “pues para los hijos de los pobres no hay que recelar de ningún otro peligro mayor que el de una educación incivil, ruin y sórdida”[10].

De subventione pauperum circuló por toda Europa y en seguida tuvo acérrimos seguidores, entre los que no podían faltar, naturalmente, seguidores o simpatizantes españoles. El más importante es Alejo de Venegas, maestro de escuela toledano y prestigioso gramático y moralista, quien en 1540 publica Las diferencias de libros que ay en el Universo[11], obra que desarrolla de manera un tanto prolija la idea -o la metáfora más bien- del universo como libro. No quiero extenderme en la descripción detallada de obra tan ajena a nuestros intereses actuales. Baste decir que a través de la tal metáfora Venegas demuestra que todas las manifestaciones o “libros” del universo, desde el “libro de la naturaleza” al “libro de la razón”, conducen al conocimiento de Dios, siempre y cuando, claro está, se “lean” correctamente. Y añadir a ello que dentro del “libro racional”, especie de lectura de nuestra alma, hay todo un tratado sobre la problemática de los pobres con inequívocas referencias a la realidad social que aparece en el Lazarillo de Tormes.

Las soluciones de Venegas con respecto a la pobreza están claramente inspiradas en Vives, pero quizá el aspecto más notable de estas páginas sea, por un lado, la insistencia de que sólo el trabajo puede redimir al pobre y, por otro, la creencia de que la causa principal de la pobreza no es ya solo la ociosidad, sino el culto al ídolo qué dirán. El deseo de vanagloria, en efecto, corrompe el cuerpo social en todas sus partes. Por afán de singularizarse el rico roba al pobre de lo necesario y, a su vez, el pobre, impelido por la necesidad, se ve forzado a hurtarle. Más aun: “los ricos... defraudan a sus criados, achacándoles algún descuydo que ellos mucho encarecen, no tiniendo miramiento de cinco, seys, siete y diez años de muy buen servicio”, y olvidando que “el pobre casado con muchos hijos y poco pan” tiene todo el derecho de decir que “este trigo que se come aquí de gorgojo es mío”. Lazaro de Tormes, al contar las cuitas de su padre o su padrastro, podría haber dicho esto mismo o algo muy parecido, como no creo que disintiera tampoco con las críticas que Venegas hacía de los hidalgos, especialmente después de haberse topado con el escudero. Pues no se olvide: el escudero es un pobre envergonzante y el último escalón de la clase hidalga, pero su conducta y el retrato que hace del “señor de título” al que desearía servir encajan perfectamente con aquéllos que “con título de hidalgos” abusan de su poder, viven en la ociosidad y se dedican “al maldezir y al mal obrar y peor perseverar” (130v). Hay otro elemento aun más perturbador, y es que el culto al ídolo qué dirán que predica el escudero hace seguidores con mucha facilidad.

Los contemporáneos en seguida comprendieron el negativo efecto que esta postura tenía sobre todos los miembros de la república cristiana. Así, en La segunda parte del Lazarillo de Tormes (1555), el pregonero convertido en atún ironiza sobre “la desvergüença de los pescados, que buenos y ruines, baxos y altos, todos dones: don acá y don acullá, doña nada y doña nonada”, para acordarse en seguida del escudero y afirmar que sus enseñanzas y “sagaces dichos” le han servido para medrar en la corte del rey de los atunes[12]. Y al final del Crótalon, el gallo parlanchín le recrimina a Micilo su deseo de trocar el oficio de zapatero por el de sirviente de un gran señor en la corte: “Y más me maravillo cuando quexándote de tu estado feliçíssimo dizes que por huir de la pobreza ternías por bien trocar tu libertad y nobleza de señor en que agora estás por la servidumbre y captiverio a que se someten los que viven de salario y merçed de algún rico señor”[13].

La intención de estas citas, y otras más que se podrían dar, abunda en la idea de que cada uno de los miembros del cuerpo social, en lugar de presumir, ha de cumplir con sus respectivas funciones, de tal manera que si son “cabeza” están obligados a regir e impartir justicia y caridad; y si son “pies”, deben trabajar. Desgraciadamente “los que quieren ser singulares en el excesso de sus apparatos y alhajas baldías –dirá Venegas en sus Diferencias - dexan los pies descalços. Devrían por cierto de lo mucho que a sus cabeças sobra entresacar siquiera la centéssima parte para calçar a sus pies, que son los pobres, que passarían la necessidad de naturaleza con algo de lo mucho que sobra al apparato phantástico de los ricos”. Los pobres, de hecho, son los únicos que no están consagrados al culto del ídolo qué dirán. Su necesidad es tan grande que “con tal de matar la hambre” les da igual lo que les digan; “y si son injuriados, con una o dos hanegas de trigo que les embíen a casa, con un sayo viejo que les den, quedan obligados a conocer por señores a sus mandones desdeñadores”, situación que nos remite directamente a la “carga de trigo”, “el par de bodigos” o “las calzas viejas” que el Arcipreste de San Salvador le da a su antigua criada y actual mujer del pregonero a cambio de sus servicios y favores.

Hay que advertir que negociar con la honra no era ajeno a los debates teológicos, y así mientras en Alcalá Medina aseveraba que vender la honra constituía pecado mortal, Soto en Salamanca era más indulgente y consideraba que la honra, siendo un bien más, como una casa o un caballo, llegado el caso podía canjearse. No era lo ideal, naturalmente, y era hasta un pecado, pero sólo venial[14]. No sabemos si este debate estaba en la mente del autor del Lazarillo, aunque de estudiar en Salamanca, como parece seguro, podía habérselo escuchado al teólogo segoviano en sus clases. Pero antes de enfrascarnos en la cuestión de la autoría, tratemos de aclarar aun más la intención ideológica de libro.

El Lazarillo, como vemos, presenta varias situaciones estrechamente relacionadas con las causas y consecuencias de la pobreza observadas por Venegas en las Diferencias, pero no se debe olvidar que el “libro racional”, en donde van incluidas estas y otras observaciones, tiene como objetivo principal llegar al conocimiento de sí mismo, que es el principio básico de la philosphia Christi expuesta por Erasmo en el Enquiridión. Venegas a este respecto emplea una imagen tópica en la Edad Media, como es el espejo que nos refleja y ha de mostrar al natural quiénes somos[15], imagen que tampoco ha de faltar en Erasmo y sus seguidores[16]. Quien se mira en el espejo del vecino y no se reconoce es un necio, tan necio como el Nadie del grabado de Brueguel que paradójicamente exclama “Nadie se conoce a sí mismo”[17]. El Lazarillo sólo se entiende dentro de esas coordenadas y de ahí que, como dije al principio, la influencia de la Moria sea tan importante. Pues Lázaro al final, como todos sus amos antes que él, no será consciente de su perdición moral y, lo que es aún peor, se habrá dejado vencer por el demonio, el cual inventa todo tipo de solapados engaños, ardides y celadas “para desparramar las ovejas del aprisco evangélico”[18]. Ese es el gran enemigo con el que se enfrenta Lázaro desde su encuentro con el ciego.

Podríamos dedicarle páginas a este asunto e ir señalando las marcas del diablo notadas en el ciego, en el cura y en el resto de los amos a los que sirve Lázaro, pero aquí me interesa, sobre todo, establecer de una vez por todas la correspondencia ideológica del autor del Lazarillo con los escritos de Venegas. Por ejemplo: se ha dicho que la voz del autor sólo se oye con entera claridad unas pocas veces en el Lazarillo y siempre o casi siempre adquiere el tono del predicador o del moralista. Así, cuando el hermanastro de Lázaro se asusta del padre negro y exclama “¡mama coco!”, Lázaro, imbuido repentinamente por el “conócete a ti mismo” erasmista, dice entre sí “¡cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!”. Pues bien: una exclamación expresada en parecidos términos (“¡Cuántos habrá cada día en el mundo que por algunos sustos que padescen las madres del vientre se vayan al limbo!”) se lee en la Agonía del tránsito de la muerte dentro de un contexto en donde el moralista toledano señala, precisamente, que los niños pobres son las primeras víctimas del demonio[19].

No es mi propósito analizar al detalle ningún pasaje más del Lazarillo en relación con Venegas, pero quiero sólo comentar algo sobre el topetazo que le propina el ciego a Lázaro contra el toro de piedra a la salida de Salamanca. Tal incidente no está inspirado sólo en la realidad, sino que tiene claras resonancias bíblicas. En concreto, debe relacionarse con el pasaje de los Salmos donde se nos dice “dichoso el que agarre a tus niños y los estrelle contra la roca” (“Beatus qui tenebit et allidet parvulos suos ad petram” Ps 137, 9). San Agustín comenta extensamente este pasaje en sus Enarrationes y concluye en su interpretación que el niño que nace para ser ciudadano de Jerusalén debe desoír las enseñanzas erróneas de sus padres y aplastar todo deseo pecaminoso contra la “roca de Jesucristo”. San Agustín había advertido un poco antes que los hijos de Jerusalén no deben vivir “en” o “dentro del río” de Babilonia, sino en su orilla[20], pues ese río no es más que el efímero mundo de las apariencias. La relación de estos pasajes con el “nacimiento dentro del río” o el topetazo contra el toro

"y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada"
de piedra que sufre Lázaro a manos del ciego adquieren así mucho más sentido, sobre todo vistos a la luz de la ironía, a través de la cual el niño Lázaro, hijo también de Jerusalén, recibe el topetazo, pero no contra “la roca de Cristo”, sino contra “el diablo del toro”. Algunos dirán que esta interpretación es algo arriesgada, pero si me expongo a darla es porque Venegas en unos comentarios que hace a la comedia Samarites de Pedro Papeo, comedia latina en torno a la parábola del buen samaritano, trae a colación esta misma cita de los Salmos e insiste en que los pecados del párvulo deben ser aplastados contra la roca cuando todavía están tiernos[21].

En fin, me detengo aquí con respecto a la interpretación del texto. Las líneas maestras serían las siguientes: Lázaro, huérfano pobre a causa de una justicia implacable con el menesteroso, entra al servicio de una serie de amos que no hacen sino infundirle una moral demoníaca en lugar de una educación cristiana, lo cual le llevará, al final, a la venta de su honra y de su misma alma. Esquivo conscientemente en este resumen las muchas ironías, ambigüedades y sutilezas de la epístola del pregonero. Ya se comentarán más adelante. Ahora me interesa, sobre todo, aislar -si es posible- la intención ideológica del libro y, con ello, bosquejar el retrato robot del autor o, cuando menos, identificar el ambiente en donde debió surgir el librito anónimo. Pasemos, pues, a examinar la cuestión de la autoría con algo más de detenimiento.

 

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Parece claro que el autor del Lazarillo, tanto por el modo de tratar la problemática de la pobreza como por las críticas al clero o a la presunción de los hidalgos, pertenecía a un círculo de humanistas cristianos próximos al erasmismo y, más en concreto, a los reformadores católicos estudiados tan brillantemente por Bataillon[22]. Es muy posible, además, que fuera toledano y, por las coincidencias vistas anteriormente, compañero o discípulo de Alejo de Venegas. Con estas premisas, la lista de candidatos, naturalmente, puede ser muy extensa, pero vamos a reducirla sólo a aquellos que tienen obra escrita. Así, en primer lugar, podemos fijarnos en Juan Bernal Díaz de Luco y Alvar Gómez de Castro, autor de la biografía del cardenal Cisneros[23]. Uno y otro tienen credenciales más que de sobra para haber escrito el Lazarillo, pero de Gómez de Castro apenas se conservan textos suyos en romance[24], mientras que Díaz de Luco era un hombre con demasiadas responsabilidades en la década de los cuarenta como para imaginárnoslo enfracado en sus horas ociosas en una obra de las características del Lazarillo. Además, un examen somero de sus tratados escritos en romance apenas muestra rasgos estilísticos que puedan ni remotamente asociarse con la prosa del Lazarillo, salvo un mismo sabor de época.

Confieso que durante algún tiempo me llamó la atención don Martín Pérez de Ayala (1503-1562), obispo de Segovia y de Valencia y delegado en Trento en dos ocasiones, sobre todo por una autobiografía escrita poco antes de su muerte con sorprendentes semejanzas con el Lazarillo, no sólo de orden formal o de estilo, sino por algunos datos iguales a los del pregonero toledano, ya fuera su nacimiento en una aceña, la muerte del padre en los Gelves tras problemas con la justicia o sus muchas penalidades y trabajos a causa de la pobreza[25]. Pero Pérez de Ayala no es el autor. Su prosa, aun más que la de Díaz de Luco -aunque ofrece algunos rasgos estilísticos semejantes aquí y allá- está muy alejada del Lazarillo. Además, no hay en su biografía una sola mención a la ciudad de Toledo, lo cual parece poco menos que imposible caso de ser el autor[26]. Pues el Lazarillo, en efecto, como viera Márquez Villanueva[27], es obra escrita por alguien muy familiarizado con la vida y costumbres de la ciudad de Toledo, de tal modo que si no es un natural tiene que ser, por fuerza, alguien que ha pasado una larga temporada allí.

A este respecto, Alonso de Cedillo (1484-1565) ofrece algún interés. Nació en Madrid, pero pasó la mayor parte de su vida en la ciudad arzobispal. Fue canónigo racionero, además de maestro de Venegas y durante muchos años colega suyo en el mismo Estudio de Gramática de Toledo. Apenas ha dejado nada escrito, aunque sabemos que era hombre de gran saber y muy estimado en su ciudad. Prologa la primera obra publicada por su discípulo Venegas, el Tractado de orthographía (1531), y lo hace con un planteamiento sobre la honra que recuerda muchísimo al Prólogo del Lazarillo al señalar que todo esfuerzo intelectual busca no sólo el provecho, sino el “galardón”, pues “¿quién no ve ser verdad que la honra, como dice Tullio, sustenta las artes?”[28]

La cita de Tulio puede ser casual, pero dicha en términos tan cercanos al Lazarillo sólo se encuentra en otro autor que, curiosamente, pertenece al mismo círculo, Cervantes de Salazar, discípulo de Venegas, el cual, nada más iniciar la continuación del Diálogo de la Dignidad del hombre del maestro Pérez de Oliva, desarrolla la misma idea de que la fama es un acicate fundamental en las actividades humanas, para concluir con la cita de Cicerón:

 

La fama es medio seguro para emprender grandes hechos de virtud. Si ésta quitásemos de en medio, pocos o ninguno acometería grandes cosas, ni aun seguiría la virtud. Porque como el camino para ella sea dificultoso y áspero, si (después) de haberle bien caminado no quedasse alguna fama, sin duda todos se irían por el ancho y apacible, que es el de los vicios. Ésta en las cosas sagradas vale tanto que por medio suyo se hacen todas más perfectas y con más presteza y voluntad; que aunque los buenos derechamente enderezan sus obras a Dios, con la salsa de la fama se hacen más diligentes, como vemos por los que dotan capillas, edifican monasterios, hacen hospitales, instituyen cofradías y otras religiosas obras, en las cuales escriben sus nombres y pintan sus armas, porque quede memoria del que tan buena cosa hizo y anime a los sucesores a emprender semjantes cosas. Y así por esto conoceremos la fama cierto género de virtud, pues nadie la procura que no sea bueno y de cosa buena. Por ésta son conocidos y estimados los virtuosos. Por ésta se incitan a la virtud los presentes. Por ésta holgamos de leer los hechos de los antespasados y con su memoria procuramos hacernos a ellos semejantes. Por ésta, finalmente, con alegre ánimo se pasan los trabajos y deprenden las ciencias. Por lo cual en la primera Tusculana dijo Cicerón “la honra sustenta las artes y todos con la gloria se encienden a los estudios”.

 

La correspondencia de estos dos pasajes con el Prólogo del Lazarillo, evidente hasta por el modo de expresión en el caso de la Dignidad del hombre[29], refuerza la tesis de que el librito anónimo tuvo que surgir en el círculo toledano de Venegas. ¿Pudo su autor ser uno de estos dos escritores? Cedillo, a falta de obra, debe quedar, en principio, descartado, pero Cervantes de Salazar es un humanista de primer orden, nacido y criado en Toledo y con varias obras de interés, algunas publicadas en vida, todo lo cual exige un examen detenido.

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Cualquier atribución tiene mucho de labor detectivesca, de tal manera que si queremos coronar con éxito las pesquisas, debemos, a lo Sherlock Holmes, seguir un método de inducción lógica a partir de los datos que conocemos. En primer lugar, ya digo, contamos con la fecha de redacción, entre 1541 y 1553 y, en segundo lugar, si nos atenemos a la toponimia del Lazarillo, hay que concluir que el autor estaba familiarizado con Salamanca y, sobre todo, con Toledo y la comarca de Torrijos. Pues bien: Cervantes de Salazar nace entre 1514 y 1522 en la ciudad arzobispal y, por sus dos testamentos y algunas cartas conservadas, sabemos que su familia es originaria de Arcicóllar, Villamiel y Camarena, tres pueblos pertenecientes a la comarca de Torrijos. Pero hay más. Cervantes de Salazar estudia con Alejo de Venegas, y al finalizar sus estudios en Toledo, marcha a Salamanca, donde se gradúa de bachiller. Venegas lo tiene por su discípulo predilecto y, en el prólogo que le dedica, nos informa que durante un tiempo estuvo en Flandes, acompañando al licenciado Girón, estancia que le sirvió, en palabras de su antiguo maestro, para ampliar conocimientos “con la conversación de muchos varones doctos”[30]. De regreso a España, en 1540, entra al servicio del cardenal García de Loaysa, quien entre otros muchos cargos es arzobispo de Sevilla, presidente del Consejo de Indias y confesor del emperador. Debe ser secretario suyo hasta la muerte del cardenal en 1546. Esta posición de privilegio le permite, entre otras cosas, trabar amistad con hombres de la talla de Hernán Cortés, a quien le dedica la continuación de La dignidad del hombre. A partir de 1547 Francisco Cervantes de Salazar es profesor de retórica en la Universidad de Osuna y, dos o tres años después, se traslada a México, donde permanecerá el resto de su vida. No sabemos las razones de su marcha, aunque no debe descartarse, además de un prurito de aventura, el aliciente de participar en la fundación de la Universidad de México. El erudito mexicano García Icazbalceta y Millares Carlo[31] han reunido suficiente información como para tener una imagen bastante clara de este humanista, ducho en latín y, en palabras de Gaos, “hombre de libros y de estudio, fino, cultivado, que se lleva bien con la vida y que por tanto estaba un poco apegado a lo terrenal”[32].

El primer texto que conservamos de Cervantes de Salazar es un prólogo escrito en español y en latín al libro del médico Lobera de Ávila, Vergel de sanidad, que sale a las prensas en 1542[33]. El dato es de por sí interesante porque nos deja ver que el joven humanista gozaba ya de cierto renombre entre los hombres cercanos al emperador. Hay, además, otro punto importante para nosotros. Cervantes nada más iniciar el prólogo desarrolla una idea que también se encuentra en el Lazarillo al decir que si bien estamos en deuda con “nuestros padres por haber recebido dellos mediante Dios la vida... debíamos más a los médicos, que la vida recebida de nuestros padres tantas veces defienden y alargan”, idea que tanto recuerda al “eres en más cargo al vino que a tu padre, porque él una vez te engendró, mas el vino mil te ha dado la vida” del Primer Tratado. Se conserva también una carta latina que Cervantes envía al humanista Maldonado y se sabe que la Introductio ad veram sapientiam de Juan Luis Vives estaba traducida ya en 1544, aunque será en 1546 cuando Cervantes la publique en un compendio junto a la Dignidad del hombre del maestro Pérez de Oliva y El Apólogo sobre la ociosidad y el trabajo de Luis Mexía, obras que edita, comenta y, en el caso de la Dignidad, completa, triplicando en volumen al original[34]. Estos escritos son preciosísimos, especialmente si, como parece claro, Cervantes de Salazar se movía, cuando menos, en un entorno semejante al autor del Lazarillo[35].

Venegas nos informa también en el referido prólogo que su discípulo tenía varias obras todavía sin publicar por no haber encontrado valedores, añadiendo que gracias a lo rancio de su linaje le estaba permitido escribir “libremente”:

 

… sacaría a luz otras muchas obras aventajadas si hallase espaldas en el favor de los que devrían favorecer los buenos trabajos, especialmente que de todas partes está bien rodeado, que aun la línea de sus mayores Cervantes y Salazares, familias por cierto nobles y antiguas, le da algunas alas para escrevir libremente.[36]

 

Esta afirmación, de difícil lectura fuera de contexto, parece dar a entender holgura económica para dedicarse a las letras, aunque podría también significar que Cervantes escribía con cierto atrevimiento no permitido a otros escritores. Al menos, con estas obras editadas el joven humanista supo atraerse el apoyo de Hernán Cortés, a quien profesó toda su vida gran admiración, como se refleja en su Crónica de la Nueva España (CNE).

La carta nuncupatoria dedicada al gran conquistador que aparece al frente del Diálogo de la dignidad del hombre ilumina algunos aspectos de la compleja personalidad de Cervantes de Salazar. Como en el prólogo del Lazarillo, Cervantes reflexiona sobre el hecho de la escritura; y así empieza diciéndonos que el estado y condición del hombre es tan miserable que hasta los mismos “exercicios de ingenio”, donde el hombre suele “rescibir deleite”, son causa de ansiedad (“cuidado”, dirá él) debido a que, “después de hechos”, muchas veces no se sabe si se han de publicar o dejar “perescer”. Y cuando por fin uno se decide a hacerlo, el problema subsiguiente está en encontrar a quien dedicárselo. “Este cuidado es tan grande -añade Cervantes de Salazar- y el escoger tan dudoso que muchos por no hallar a quien convengan bien las obras que ha de enderezar, las ha dexado estar en tinieblas”. Si acompañamos esta afirmación con lo leído en el elogio de Venegas, podemos sospechar que Cervantes de Salazar estaba expresando un problema que tenía con sus obras no publicadas, quizá, como decía él a continuación, porque sobraba “en la escritura lo que falta a quien la ha de autorizar”. Confieso que estas palabras fueron las primeras que me llevaron a barruntar que podíamos estar, por fin, delante del tan buscado autor del Lazarillo, pero no me quiero adelantar a los acontecimientos y haré sólo unas cuantas reflexiones sobre la continuación de la Dignidad, en donde, claramente, se rastrean algunas claves importantes par completar la interpretación del Lazarillo.

El Lazarillo es escurridizo y reacio a cualquier interpretación cerrada. El narrador Lázaro tiene mucho de rufián, sí, pero también es una víctima de su entorno y, sin duda, alguien que se conduce con astucia y disimulo en un mundo hostil que no le deja otra opción. Si lo interpretamos desde la perspectiva cristiana de un Venegas o de un Erasmo, como creo que se ha de hacer, no hay la menor duda de que asistimos a la perdición de un cristiano que, tras una educación totalmente corruptora, se ha convertido a una nueva religión no sólo pagana, sino hasta demoníaca, como hemos visto más arriba. Ahora bien: ésa no es toda la historia del Lazarillo, ni es el Lazarillo la obra que es si excluimos un cierto escepticismo larvado en las afirmaciones del pregonero, en los comentarios que hace para su capote, en la visión descarnada y pesimista que nos presenta del ser humano y de su condición. Su “caso” es ciertamente relativo. Y no es ya sólo por el empleo de la ironía o el tono burlesco de toda la obra. El narrador Lázaro es a la vez reo y verdugo, agresor y víctima, niño inocente y hombre culpable. Más aun: la culpa o la inocencia de Lázaro dependen, como viera muy bien Francisco Rico, del punto de vista del lector[37]. Si se lee dentro de la ortodoxia cristiana, el pregonero ha caído en las redes del diablo; leído desde una perspectiva más secular y moderna, el disimulo de Lázaro, dada su anterior pobreza y sus muchas adversidades, está más que justificado. ¿Lo justificaba acaso el autor? Probablemente no, aunque un relativismo así queda de inmediato explicado si su autor es Cervantes de Salazar. Es decir: alguien que no tenga empacho en declarar, como lo hace Cervantes en un pasaje de la Crónica de la Nueva España (CNE), que todos los negocios de las cosas humanas tienen su haz y su envés[38] y que, dentro de la tradición retórica de los argumenta ad utrumque partem, defienda indistintamente las maravillas y las miserias del hombre.

Ciertamente, la tradición del debate sobre la dignidad del hombre, desde los tiempos del papa Inocencio II, presentaba casi obligatoriamente las dos posiciones[39], pero Cervantes lo que hará en su continuación es demostrar la superioridad del hombre mediante una especie de paradoja, en la cual “un mismo hombre”, de modo “milagroso”, “con un mesmo ingenio a una mesma cosa igualmente alabe y vitupere”. De hecho, este discurso u oración paradójica tiene algunas concomitancias con el prólogo del Lazarillo, en el cual también se hace un elogio de la honra o de la gloria ciceroniana (“porque si así no fuese, muy pocos escribirían para uno solo”), mientras el autor permanece en las “tinieblas” del anonimato. Cervantes de Salazar estaba al corriente de estos juegos literarios e incluso uno de sus personajes citará las paradojas de la honra expuestas por Ginés de Sepúlveda en De appetenda gloria[40] al decir que hubo “philósophos (que al escribir) del menosprecio de la gloria en menospreciarla se gloriaron”.

En la tradición del debate sobre la “dignidad humana” el triunfo recae siempre de la parte que exalta la grandeza del hombre, y así ocurre aquí (como la paradoja antes comentada parece dejar claro), aunque no por ello las miserias expuestas por Dinarco dejan de tener su verdad y a veces hasta se tiene la sospecha de que el mismo autor expresaba su pesimista visión sobre la mísera condición del hombre. Desde luego, es una visión que se corresponde muy bien con el implacable mundo del Lazarillo, en el cual se ha quebrantado la ley de naturaleza, y el hombre se ve forzado a servir a otro “no con menos subjección que el buey con el yugo a su señor”. Cervantes de Salazar, naturalmente, desarrollaba ideas vistas por otros muchos, pero cuando leemos, por ejemplo, que a diferencia de los animales, “sólo el hombre con el hombre tiene guerra, el hombre al hombre desea mal, el hombre al hombre fatiga y subjeta, de manera que el hombre ningún enemigo tiene tan grande como el hombre” (fol. 32r), no podemos por menos de pensar que el joven toledano, como el joven Rojas unas décadas antes, manifestaba un sentimiento hacia la existencia que no era producto sólo de la retórica, especialmente si nos acordábamos de cómo iniciaba la carta que le dirigía a Hernán Cortés: “Es tan mísera la condición y estado del hombre…”.

Insisto: difícil determinar la verdadera posición de Salazar, aunque seguramente gustaba quedarse en el vértice mismo donde dos posiciones encontradas se juntan. Por un lado, como cristiano, pensaba que el hombre, pese a todos sus trabajos y fatigas, tenía un alma inmortal cuyo destino, si se comportaba, era la gloria eterna; por otro, dentro del pesimismo pagano de Aurelio, no cerraba los ojos a un mundo regido por el egoísmo y en donde el hombre, como en el Leviatán de Hobbes, era un lobo para el hombre[41]. Quiero con ello decir también que sólo un escritor así, con unos planteamientos como los de Cervantes de Salazar, dentro de este humanismo cristiano que no olvidaba las dudas y las quejas sobre las miserias del hombre leídas en Plinio o en Cicerón, estaba en disposición de concebir el Lazarillo.

Cervantes de Salazar estuvo en España hasta finales de la década de los cuarenta y luego se marchó a América. El mismo apunta que lo hizo al reclamo de un familiar adinerado con el cual tuvo posteriormente sus más y sus menos[42], pero es casi seguro que la razón fuera, más bien, la posibilidad de participar en la fundación de la Universidad Pontificia de México, en la cual tendrá, desde un principio, un protagonismo principal, como lo demuestra el hecho de que sea el encargado de leer el discurso inaugural en 1553[43]. Durante años desempeña la cátedra de retórica. En uno de sus diálogos escritos en latín Cervantes describe su magisterio en términos bastantes lisonjeros[44], lo que lleva a algún crítico a acusarle de vanidoso[45]. Pero Cervantes de Salazar era un personaje contradictorio y por ello de difícil clasificación: su vanidad, de existir, estaba atemperada por un fondo de escepticismo y hasta de desprecio por lo que escribía, y de ahí que mucho de su obra no se publicara en vida y él mismo insinuara que “faltan muchas vezes las calidades en la obra”. En 1554 publica, eso sí, siete diálogos latinos, tres sobre la ciudad de México, ya mencionados, y otros cuatro sobre juegos, escritos a imitación, según declara, de los diálogos de Vives. Desconocemos la distribución de esta obra y si algún ejemplar llegó a España, aunque es de suponer que sí. Es casi seguro que estos diálogos, como los de Erasmo y Vives antes, fueron escritos con un propósito pedagógico, para facilitar el aprendizaje del latín, y de ahí que, de tan manoseados por los estudiantes, sólo se haya conservado un ejemplar. Los tres diálogos sobre México ofrecen material precioso para el historiador colonial por la descripción que se hace de la ciudad de México, una verdadera guía turística, la primera que se conserva. El erudito García Icazbalceta los publicó en 1875 y desde entonces no han dejado de atraer la curiosidad de los estudiosos. Lo que ha escapado a todos hasta ahora ha sido el nombre latino con que Cervantes se presentó a sus lectores (Franciscus Cervantes Salazarus) y que, a mi juicio, no sólo revela la autoría de esos diálogos, sino la autoría, mucho más importante, del Lazarillo, obra que en ese mismo año de 1554 causaba sensación entre los lectores españoles.

Las atribuciones basadas en posibles anagramas suelen tener normalmente la misma credibilidad que las profecías de Nostradamus. Ahora bien: este anagrama no es un anagrama cualquiera. Salazarus cuadra casi perfectamente con Lázaro; la correspondencia de sonidos entre los dos nombres es innegable. Puede pensarse en una combinación aleatoria, claro está, pero si es intencional, como yo pienso, podía seguir el mismo modelo que el Elogio de la locura de Erasmo, obra que claramente influye en el Lazarillo. El título original de la sátira erasmista es Moriae encomium. Moria en griego significa “necedad” o “locura”, pero Erasmo jugaba, a su vez, con el nombre de su amigo Tomas Moro, el famoso humanista inglés, como él mismo explica en la carta-prólogo que le dirige al principio de la obra[46]. Salazar o Salazarus en relación con Lázaro podría funcionar de la misma manera. Por un lado, Lázaro nos remite al homónimo de la Biblia, el Lázaro mendigo; por otro, Lázaro es (o podría ser) el alter ego burlesco de Franciscus Cervantes Salazarus. No hay que olvidar, además, que Cervantes de Salazar gustaba jugar con las letras de su segundo apellido cuando tenía que buscar nombre para los protagonistas de sus ficciones[47].

Ya sé que un anagrama, por muy claro que nos resulte, no es suficiente para atribuir un libro a nadie, como no lo es tampoco, aisladamente, la intención ideológica, la coincidencia de temas o el hecho de que los datos biográficos del posible candidato a la autoría encajen punto por punto con los de la obra. Pero cuando todas estas pruebas circunstanciales se reúnen en un mismo autor hay que empezar a sospechar seriamente en que ese autor, de algún modo, está implicado en la composición de la obra. Con todo, necesitamos, por así decir, el DNA, que en este caso es el modus scribendi del escritor, si es que queremos emitir un juicio más o menos definitivo. De ser otros escritores menos conocidos, la labor hubiera sido poco menos que imposible, pero por fortuna Cervantes escribió mucho; y aunque apenas dejó nada publicado a su muerte, el manuscrito de la Crónica de la Nueva España no se perdió, y a principios del siglo XX fue publicado por F. del Paso y Troncoso[48]. Es obra importante por sí misma, pero mucho más en nuestro caso porque el análisis que he llevado a cabo sobre su lengua y estilo confirma sobradamente el entronque que tiene con el Lazarillo.

 

*

Todos los métodos de atribución que existen hasta la fecha cuantifican algún rasgo peculiar del texto atribuible para compararlo luego estadísticamente ya sea con la obra del supuesto autor, ya sea con el corpus textual de otros autores contemporáneos[49]. Los criterios, naturalmente, varían. Algunos calculan la media de palabras dentro de cada oración; otros, la frecuencia de palabras que comparten un mismo número de sílabas; otros, el porcentaje de palabras más empleadas en el texto. El objetivo es siempre determinar el grado de probabilidad en la autoría de un texto de la manera más exacta posible. Cualquier rasgo estilístico susceptible de imitación suele, pues, desecharse. Apenas cuenta tampoco el vocabulario o las estructuras sintácticas, ni menos aun el tratamiento de los temas o la intención, ya que siempre cabe la posibilidad de que otro comparta un mismo vocabulario o unos mismos intereses ideológicos. En todos estos métodos los rasgos que discriminan deben ser constantes, darse con mucha frecuencia a lo largo del texto y estar enraizados en los hábitos lingüísticos del autor[50].

Mi método, sin descuidar del todo estos principios, es bastante más general y ecléctico. Lejos de ceñirme a la frecuencia de preposiciones o al número de palabras en cada párrafo, he aceptado como discriminador cualquier coincidencia entre el Lazarillo (Laz) y la Crónica de Nueva España (CNE) que aparece sólo raramente o nunca en el resto de los otros textos comparados desde la Celestina a La gitanilla[51]. A mi juicio, toda coincidencia exclusiva compartida por dos textos es un indicio de autoría, aunque, como es natural, el valor discriminatorio será mayor o menor en función de su grado de frecuencia aleatoria. Las semejanzas de vocabulario no pueden tener el mismo valor que frases idénticas, ni el empleo de un mismo refrán es tan significativo como oraciones de estructura paralela. De tal modo que, en principio, he dividido cada una de las coincidencias encontradas en cuatro niveles; a saber: a) palabras o grupos de palabras, b) frases hechas, modismos y refranes, c) giros sintácticos peculiares y d) construcciones sintácticas complejas donde la coincidencia no está ya sólo en el aspecto formal, sino en el modo de representación. Operamos con palabras dentro de un sistema lingüístico que alguien ordenó para transmitir un mensaje, no con códigos genéticos. Las palabras son de todos y de nadie. Y lo mismo nos ocurre con los modismos o los refranes. Por ello, los dos primeros niveles sólo incluyen o excluyen la posibilidad de una autoría, pero no son concluyentes. El tercer nivel, en cambio, puede ser mucho más determinante, especialmente si contamos con un buen número de giros sintácticos sólo observados en el Laz y la CNE. Indudablemente siempre queda la posibilidad del préstamo o la imitación estilística, pero también esa posibilidad puede descartarse si, como en el caso que nos ocupa, Laz y CNE pertenecen a géneros distintos y son obras que, de no existir una autoría común, están literalmente separadas por todo un océano. El último nivel, me parece, es definitivo y no deja resquicio a la duda. Pues aquí lo que se coteja no son ya unidades discretas de la lengua, sea una palabra o una frase, sino oraciones completas cuya semejanza está en el modo con que se organiza sintáctica y semánticamente la descripción de un evento.

Empecemos, pues, el análisis bajo estos presupuestos.

 


a) Palabras o grupos de palabras

 

El empleo de una palabra, por rara que sea, es siempre un fenómeno aleatorio dentro de un texto, incluso si nos encontramos con un hápax compartido solo por el texto anónimo y el del posible autor. Cervantes de Salazar, por ejemplo, utiliza “cosecha” por “idiosincrasia” o “personalidad” en la frase “inflamados de su ánimo, aunque de su cosecha eran valerosos”, palabra que se lee con un sentido igual en el tratado segundo cuando Lázaro comenta “ no sé si de su cosecha era” en referencia a la avaricia del clérigo. Ningún otro de los escritores consultados, salvo Venegas, maestro de Salazar, lo emplea en ese contexto, pero no hay duda de que en cualquier momento podría ocurrir un caso así en el español hablado o escrito del siglo XVI. Por lo mismo: poco importa que el Laz emplee bastantes palabras nunca usadas por Cervantes de Salazar o por ninguno de los autores consultados. Lo único que indica, en todo caso, es la riqueza de vocabulario por parte de quien escribió el Laz.

Más sospechosas, aunque todavía sin mayor valor, resultan las frases nominales nombre + adjetivo que aparecen sólo en Laz y CNE. En el Laz, por dos veces, se califica a Toledo de insigne ciudad. Parecería un cliché común en la época, pero entre todos los textos consultados el único que utiliza la frase, y frecuentemente, es Cervantes de Salazar, hasta convertirse en un estilema: “la más insigne ciudad deste Nuevo Mundo”, “muy insigne ciudad de México”, “insigne ciudad de Taxcala”, etc. Un poco después, en el mismo Tratado Siete, el pregonero cuenta que “se hicieron grandes regocijos”, combinación que, una vez más, sólo aparece en la CNE: “hechos grandes regocijos en el real”. Hay por lo menos otras cinco frases nombre + adjetivo empleadas exclusivamente por Laz y CNE: harto temor, clara culpa, angosta calle, casas grandes y buenas, leal criado. Esta última aparece en un contexto igual: “con su señor, como leal criado” (Laz); “como bueno y leal criado de tan gran señor” (CNE). “Harto miedo”, variante de “harto temor” es compartida sólo por La segunda Parte del Lazarillo (Laz, II), texto que lógicamente remeda el estilo del Laz.

Otra combinación interesante es “persona valerosa”, empleada irónicamente en el Laz, y que sólo se encuentra en CNE y en El Crótalon (Crót). Lo mismo podría decirse de “las cosas pasadas”, “y otras provisiones” o “muchas e infinitas”, esta última compartida sólo por Miguel de Cervantes en La gitanilla. Pero no pretendo abrumar ni cansar al lector. Todos los otros casos que he encontrado aparecen registrados en el apéndice I[52]. Desde luego, este primer nivel no es ni pretende ser concluyente. Cualquiera de las frases nominales compartidas exclusivamente por Laz y CNE que he mencionado pueden ser casuales, especialmente si se tiene en cuenta que el Laz contiene sólo 18,514 palabras, mientras que la CNE llega a 377,500 en la edición electrónica de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Con todo, dado que el resto de los textos consultados abarca más de 2 millones de palabras, estas frases no pueden tampoco desdeñarse, más aun cuando alguna, como insigne ciudad, parece responder a un latiguillo inconsciente.


 

b) Modismos, frases hechas y refranes

 

La frase hecha, el modismo y el refrán representan una combinación de palabras que el uso ha fijado de una forma permanente. La duración de esa permanencia, sin embargo, varía. Mientras el modismo y el refrán perduran a través de los siglos, la frase hecha normalmente queda restringida a un periodo concreto de la historia de la lengua. Debe añadirse que el modismo es una forma lexicalizada que no permite ninguna alteración sino a costa de cambiar el sentido completo de la frase; la frase hecha, en cambio, es una combinación de palabras trillada por el uso que el hablante en cualquier momento puede sustituir por otra combinación más original. El habla diaria está llena de frases hechas: en los periódicos, en la televisión, en cualquier café o reunión de amigos. Ahora bien: sólo las reconoce quien convive con esta lengua diariamente. Basta que hayan pasado dos o tres siglos para que esas frases hechas se vean quizá como grandes hallazgos estilísticos. De la misma manera, sólo podremos asegurar que estamos ante una frase hecha en un texto del siglo XVI si esa misma frase aparece en textos de otros autores. De otro modo lo que nos parece una frase hecha podría ser muy bien un rasgo de estilo. Discriminar y distinguir no resulta, pues, una tarea fácil. Es de suponer, por ejemplo, que “cosas tan señaladas” o “venir a noticia de muchos” son frases convencionales, por mucho que expresadas así sólo se encuentren en Laz, CNE, EF y Gómara. Un poco más adelante en el Prólogo del Laz leemos “relate el caso muy por extenso” y mediado el tercer tratado nos encontramos de nuevo “preguntándome muy por extenso”. La misma frase empleada en un contexto semejante está sólo en CNE y, una vez más, en Guevara[53]. Es difícil establecer si “muy por extenso” es una frase lexicalizada, pero si no lo fuera, el autor del Laz y Cervantes de Salazar podrían compartir esta frase gracias a la lectura de las EF. Muchas veces, como digo, es prácticamente imposible deslindar entre frases lexicalizadas y formas acuñadas por un autor e imitadas luego por otros. Sospecho que “formas y maneras” en la frase “tenía formas y maneras”, vista solamente en Laz y CNE, es una frase hecha, pero no la encuentro en ningún autor consultado, y la variante “modos y maneras” está sólo una vez en Santa Teresa. Las combinaciones “corazón y voluntad”, “dicha y ventura”, “fuerza y corazón” parecen clichés, pero si lo son, no están en ninguno de los autores consultados salvo en Laz y CNE. Lo mismo en el caso de “venida y estada”, combinación que me parece desde luego mucho más personal, aunque no pondría la mano sobre el fuego. Claramente “mal por mal” o “ir de mal en peor” son modismos empleados todavía en la actualidad, pero resulta curioso que sólo los haya encontrado en Laz, CNE y Celestina.

Mucha más atención debe prestarse al modismo a costa ajena. Aparece sólo en Guevara y en CNE dentro de un contexto curiosamente parecido, aunque en la obra histórica del humanista toledano la oración resulta casi una variante tanto por su contenido como por la elipsis empleada, fiel en esto al estilo del Laz:

 

Laz CNE Guevara
los sacerdotes han de ser muy templados en su comer y beber… (pero) en cofradías y mortuorios que rezamos a costa ajena comía como lobo y bebía más que un saludador cuando comen a costa ajena son tragones y apenas se hartan por mucho que les den, y cuando de su hacienda, muy templados y abstinentes A costa ajena todo el mundo huelga de tener locura, mas de que la locura ha de se ir de su bolsa de cada uno, se atienta

 

No deben descuidarse tampoco las expresiones adverbiales de tiempo, especialmente aquellas que ayudan a organizar el discurso. CNE usa “otro día” en una proporción mayor que los otros textos, pero de todos Laz y el Asno de Oro (Asno) son con diferencia los que más se acercan[54].

 

Otro día[55] Laz CNE Crót Asno Celes LazII EF Góm[56] Mend Teres
3 1,7 16 2 5,7 5,2 12 6,8 5,7 19

 

 

“Aquel día” tiene una incidencia proporcionalmente muy parecida en Laz, Laz II y CNE, mientras que la proporción desciende notablemente en las EF y apenas incide en el resto de los textos:

 

Laz CNE Crót Asno Celes LazII EF Góm Mend Teres
4 84 2 3 1 5 22 3 6 2

 

Lo mismo se puede decir de “las más veces”:

 

Laz CNE Crót Asno Celes LazII EF Góm Mend Teres
3 21 0 0 0 1 5 0 1 1

 

La expresión “venirse la tarde/noche” aparece sólo en Laz, CNE y en el Asno, aunque en los dos primeros el giro sintáctico es exactamente el mismo:

 

Laz CNE Otros textos s. XVI
como la noche se venía y el llover no cesaba como se venía la tarde y ellos no se querían dar como vino la noche y encendieron candelas, la mujer de Milón dijo (Asno)

Ya que se venía el verano, partiósse Adriano (Guevara)
antes que la noche viniese Retraxéronse poco a poco harto antes que la noche viniese  

 

La expresión “para otro día de mañana” sólo se encuentra en Laz y CNE:

 

Laz CNE Otros textos s. XVI
se acordó de convidar al pueblo, para otro día de mañana despedir la bula durmió en un pueblo cerca de Tezcuco, para otro día de mañana entrar en él  

 

Incluyo, finalmente, expresiones temporales que aparecen sólo en Laz, CNE y alguna vez en Guevara o Venegas:

 

Laz CNE Otros textos s. XVI
siempre, o las más veces , me cabía lo más y mejor Muchas, o las más veces, se pone en peligro



las más veces, o casi todas , mataba el suelto al atado
Muchas, o las más vezes, acaece que no hallan abogado los pobres (Venegas)
Desde aquella hora quise mal al mal ciego desde aquella hora quedaba por su amigo y vasallo del Emperador y desde aquella hora fue tenido y servido y obedescido como emperador romano (Guevara)
aquellos tres días siguientes no acabó de entrar en los tres días siguientes  
y entrando en ella, cierro a grande priesa así juntos salieron a grande priesa  
desde el primer día que con él asenté casi desde el primero día que en aquella fortaleza entró  
y en muy pocos días me mostró jerigonza que en muy pocos días… hicieron unas casas muy grandes  

 


 

Continua

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Notas


[1] La bibliografía es ingente para cualquiera de estos asuntos. La que hizo Ricapito en 1980 o la de Bienvenido Morros para la edición de Cátedra (1988) son todavía muy útiles. La cuestión textual ha sido trabajada últimamente con mucho rigor y amplitud por Ruffinatto (2000) y Félix Carrasco (1997), aunque no se pueden olvidar las aportaciones de Caso (1967), Rico (1970) y Alberto Blecua (1974). La intencionalidad del libro en relación con la autoría tiene también trabajos importantes a lo largo de estos últimos ciento quince años. El artículo de Morel-Fatio (1888) puede considerarse el primer estudio moderno sobre el Lazarillo. Sus conclusiones fueron durante mucho tiempo piedra de toque para cualquier propuesta posterior con respecto a la fecha, la autoría o la ideología del texto, bien para negar o aceptar lo que el estudioso francés dijo allí. Foulché-Delbosc (1900), Cejador (1914), Bataillon (1958), M. J. Asensio (1959) o Márquez Villanueva (1957, 1968) sopesaron en sus respectivos estudios tanto la filiación erasmista del librito, como la fecha de su publicación o la posible autoría. En cuanto a cuestiones de interpretación y análisis propiamente literario, son esenciales los trabajos de Tarr (1927), Claudio Guillén (1957), Lázaro Carreter (1972), Francisco Rico (1966, 1973, 1988) y García de la Concha (1981).

[2] La indignación del escudero por los aparentes desaires de su vecino a causa de los saludos está inspirado claramente en la “Letra para don Francisco de Mendoça, obispo de Palencia, en la cual se declara y condena cuán torpe cosa es decir «bésoos las manos»”, Epístolas familiares, II, cap. 3, como se deja de ver en esta cita: Yo vergüença he de oír decir «bésoos las manos», y muy grande asco he de oír decir «bésoos los pies», porque con las manos limpiámonos las narices, con las manos nos limpiamos la lagaña… Cuanto a los pies, no podemos negar sino que por la mayor parte andan sudados, traen largas las uñas, están llenos de callos y andan acompañados de adrianes y aun cubiertos de polvo o cargados de lodo. Con estas tan torpes y inormes condiciones, de mí digo y por mí juro que querría más unas manos y pies de ternera comer, que los pies y manos de ningún cortesano besar”. Obsérvese, por lo demás, la ironía: el escudero, tan puntilloso de su honra, seguirá, sin embargo, el consejo de Guevara cuando su criado le invite a compartir no ya una mano, sino una mera “uña de vaca” que, como él escudero dirá, “es el mejor bocado del mundo y que no hay faisán que ansí me sepa”. La referida carta también señala que “Dios mantenga” o “Dios os guarde” se usa sólo entre plebeyos y aldeanos, mientras que la apostilla de Lázaro “por eso tiene (Dios) tan poco cuidado de mantenerte” parece proceder de otra carta del mismo Guevara: “Como un caballero valeroso y generoso, aunque mal criado, le oyese yo siempre decir a cada uno con quien hablaba «vos», «vos» y «él», «él», y que nunca decía «merced», díxele yo: «Por mi vida, señor, que pienso muchas veces entre mí que por eso Dios ni el rey nunca os hacen merced; porque jamás llamáis a ninguno merced» (EF, I, 29)

[3] “Pauperismo y mendicidad en Toledo en época del Lazarillo”, Hommage des hispanistes français à Noel Solomon, ed. H. Bonneville, Barcelona, 1979, pp 703-719.

[4] F. Rico, ed., Lazarillo de Tormes, Cátedra, Madrid, 1987, p. 25.

[5] Entre los muchos estudios dedicados a la influencia del Asno de oro en el Lazarillo destaco, en especial, M. Kruse, “Die parodistischen Elemente im Lazarillo de Tormes”, Romanistische Jahrbuch, X (1959) pp. 292-300 y Antonio Vilanova, Erasmo y Cervantes. Barcelona: Editorial Lumen, 1989.

[6] Antes me referí a la cuestión de los saludos en el tratado tercero. La fórmula epistolar “Y pues Vuestra Merced escribe se le escriba” del Prólogo del Lazarillo parece proceder también de las EF: “Escrebísme, señor, que os escriba qué es lo que me paresce de que el Rey, nuestro Señor…”, “Escrevísme, señor, que os escriba si hay ogaño buena feria aquí en Medina”,  “Escrebísme que os escriba qué es lo que siento”, etc.

[7] Tanto en Instrucción de prelados como en Aviso de curas, Díaz de Luco denuncia muchos de los vicios y faltas que encontramos en el cura de Maqueda, el fraile de la Merced o el Arcipreste de San Salvador. Una sola cita referida al comportamiento del mal cura creo que bastará: “no es principalmente ser cura salir a recebir la ofrenda en las fiestasni desear muertes porque haya treintenarios… ni enriquescer con recoger para sólo un año pitanzas de tantas misas que muchos juntos en tanto tiempo no las podrían decir”, Aviso de curas, f. 10. Recogido en Juan Bernal Díaz de Luco, Soliloquio y Carta desde Trento. Introducción y edición de Tomás Marín Martínez. Barcelona: Juan Flors, 1962, p. 77.

[8] Sin adentrarme en cuestiones teóricas que no vienen al caso en este trabajo, mi concepto de intención se inspira en la tradición hermeneutica clásica y, si quieren, en Wittgenstein. Es decir: la intención está marcada por el uso de la lengua (“Die Absicht ist eingebettet in der Situation, den menschlichen Gepflogenheiten und Institutionen”, 337) y sólo se puede acceder a ella mediante el contraste o comparación con otros textos del mismo autor o de autores coetáneos.

[9] Una buena panorámica sobre el tema de la pobreza durante el periodo que nos ocupa se encuentra en B. Geremeck, Mendicanti e miserabili nell Europa moderna (1350-1600), trad. Paolo Procaccioli, Roma, Istituto della Enciclopedia Italiana, 1985 y La estirpe de Caín: la imagen de los vagabundos y los pobres en las literaturas europeas de los siglos XV y XVI, Madrid, Biblioteca Mondadori, 1991. Puede consultarse asimismo C. Lis y Hugo Soli, Poverty and Capitalism in Pre-industrial Europe, Altantic Highlands, N.J., Humanities Press, 1979. Véase también M. Bataillon, “J.L. Vives, reformador de la beneficiencia”, en Erasmo y el erasmismo, Barcelona, Crítica, 1977.

[10] Juan Luis Vives, Del socorro de los pobres. Obras Completas,  tomo I, , pp. 1395 y 1397

[11] Primera parte delas diferencias de libros q[ue] ay en el vniuerso. Declaradas por el maestro Alexo Uanegas ... [Toledo, Impressa en casa de Juan de Ayala] 1540.

[12] La segunda parte de la vida del Lazarillo de Tormes, Cátedra, Madrid, 1988, pp. 225-226.

[13] El Crótalon, Cátedra, Madrid, 1982, p. 416.

[14] Brufrau Prats, El pensamiento político de Domingo de Soto, cap. II (“El derecho sobre la propia vida y la propia reputación”), págs. 134-140.

[15] “Fue luego gran providencia de Dios que no viesse el hombre su cara ni sus espaldas, porque se mirasse al espejo de su vezino... Este espejo es tan cierto y representa tan al natural los vicios de las personas que si assí se viessen los hombres en él con los ojos corpóreos como se veen en el espejo de vidro embetunado, assí huyrían de verse con tachas, como dize Ovidio que huyó Ysis, reyna de Egipto, quando se vido con cuernos de vaca en el agua... Piense cada uno que tanto daría por un espejo que, adonde quiera que fuesse, llevasse siempre delante y que fuesse tal que se viesse en él por detrás y por delante, y que no solamente viesse todo su cuerpo, mas aun viesse su condición buena y mala”, Diferencias, 159r

[16] “Assí que, pues, la guerra no se excusa estando ya travada contigo mismo y el principal punto de la vitoria está en que tengas muy buen conocimiento de ti mesmo, parecióme que sería bien ponerte tu mesma ymagen y figura delante, como pintada muy al natural en una tabla, porque viéndola te conozcas bien de arriba abaxo…”; El Enquiridión o Manual del caballero cristiano, ed. D. Alonso y M. Bataillon, CSIC, Madrid, 1971, pág. 157.

[17] Rosalie L. Colie, Paradoxia Epidemica; the Renaissance Tradition of Paradox. Princeton, N.J., Princeton University Press, 1966

[18] Diferencias, f. 2r. Ver infra nota 33.

[19] “¡cuántos niños tienen cuaresma perpetua, que nunca se acuestan tan hartos que no dejarían de comer más si tuviesen!¿Por qué no tendremos lástima cuando vemos un niño desnudillo y descalzo llevar un pan de a dos en la mano, y un jarrillo con un maravedí de vino en la otra, y la taja debajo del sobaquillo, y va aguijando a su casa por la parte que le ha de caber de aquel pan, que se ha de repartir entre siete para hacer sopas de vino a las nueve, porque se les pase por almuerzo y comida, que según están siempre deshambridillos, harían pascua de los desechos de otros? De que son grandecillos, ¿cuántos se van a perder acosados de la pobreza, unos por mar, otros por tierra? Unos no aportan, otros se mueren o los matan por el camino; y con todo esto son redemidos por el mismo Dios que redimió a los ricos y poderosos. Si nos espaciamos por los estados, ¿quién podrá pasar el anchura de los respectos que atormentan, o por mejor decir, tiranizan al sosiego del ánima?¿Quién podrá ponderar las guerras espirituales que andan por los grandes señores?¿Quién se podrá condolescer de la esclavonia voluntaria que padescen, que por solo cumplir con los miradores ponen sus conciencias en detrimento?”, Agonía del tránsito de la muerte, p. 239a

[20] “ Sedeamus super flumina Babylonis, non infra flumina Babylonis: talis sit humilitas nostra, ut nos non mergat. Sede super flumen, noli in flumine, noli sub flumine... Ibi enim stabis; quia de ipsa spe loquitur alius psalmus, et cantat dicens: Stantes erant pedes nostri in atriis Jerusalem”  (col. 1763), Psalm CXXXVII. Aurelii Augustini Opera. Enarrationes in Psalmos, Corpus Christianorum. Series Latina; v. 29. Turnholti, Typographi Brepols, 1954.

[21] «“Beatus (inquit propheta, Psalmo 136) qui tenebit et allidet parvulos suos ad petram”: qui pravos affectus suborientes in principio comminuit ad firmissimam de Christo fidem. Et id est quod ait: 'opprime dum nouum est'»: Samarites (f. D).  Ildefonso Adeva Martín, , El maestro Alejo de Venegas, p. 277.

[22] Erasmo y España, FCE, México, 1966, pp. 494-548.

[23] De rebus gestis a Francisco Ximenio Cisnerio Archipiescopo Toledano libri octo, Alcalá, Andrés Angulo, 1569.

[24] Véase Carmen Vaquero Serrano, El maestro Álvar Gómez. Biografía y prosa inédita, Caja Castilla La Mancha, Toledo, 1993, pp. 37-57.

[25] Discurso de la vida del Ilustrísimo y Reverendísimo señor Don Martín de Ayala, en Autobiografías y memorias, NBAE, Bailly-Ballière, Madrid, pp. 211-213.

[26] Las coincidencias biográficas y el tono con que están contadas no parecen, sin embargo, casuales. Alberto Blecua (1974, p. 32) conjetura que el obispo se inspiró para su biografía en el modelo del Lazarillo, lo que, de ser cierto, demostraría una identificación con las penalidades relatadas por el pregonero, además de una posible afinidad y hasta simpatía por las críticas vertidas en el librito de burlas.

[27] “Sebastián de Horozco y el Lazarillo de Tormes”, RFE, XLI, (1959).

[28] La cita completa de Cedillo en el prólogo a la obra de Venegas reza así: “Costumbre es en las obras nuevas... poner alguna exhortación para que las tales obras se lean por el provecho que en sí contienen... pues los autores, pudiendo estar en descanso, toman de su voluntad continuas vigilias a causa de aprovechar a muchos; (por lo cual) parece cosa muy justa …que los tales  autores sean favorecidos (por) sus virtuosos trabajos (y) no carezcan de galardón. ¿Quién no ve ser verdad que la honra, como dice Tullio, sustenta las artes?”, Alejo Venegas, Tractado de orthographía y accentos en las tres lenguas principales; estudio y edición de Lidio Nieto: Madrid: Arco Libros, 1986.

[29] Un cotejo entre los dos textos no parece dejar duda en cuanto a su proximidad:

Dignidad del hombre Lazarillo
Si (la fama) quitásemos de en medio, pocos o ninguno acometería grandes cosas… porque como el camino para ella sea dificultoso y áspero, sino quedasse alguna fama, sin duda todos se irían por el ancho y apacible… Por lo cual … dijo Cicerón “la honra sustenta las artes…” Porque, si así no fuese, muy pocos escribirían para uno solo, pues no se hace sin trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas con que vean y lean sus obras, y si hay de qué, se las alaben. Y a este propósito dice Tulio: “La honra cría las artes”.

[30] El propósito del viaje de don Pedro Girón a Flandes en la primavera de 1539 no era otro que conciliar diferencias entre la marquesa de Cenete y el príncipe de Orange sobre la herencia de su padre, el Conde de Nassau, muerto el año anterior. Véase Los consejos y consejeros de Carlos V, vol. III, a cargo de José Martínez Millán, p. 178. El dato es esencial, pues confirma que Cervantes de Salazar tuvo que conocer allí a Luis Vives, quien se hospedaba en la casa de doña Mencía de Mendoza desde 1538. (ver F. Calero, Los Diálogos (Linguae Latinae exercitatio). Valencia, Ajuntament, 1994, "Observaciones previas").

[31] Joaquín García Icazbalceta, Bibliografia mexicana del siglo XVI; catálogo razonado de libros impresos en México de 1539 a 1600. México, Fondo de cultura económica, 1954 y Agustín Millares Carlo, Cuatro estudios biobibliográficos mexicanos : Francisco Cervantes de Salazar, fray Agustín Dávila Padilla, Juan José de Eguiara y Eguren, José Mariano Beristáin de Souza. México, Fondo de Cultura Económica, 1986.

[32] Claves de literatura española. Madrid, Guadarrama, 1971, pp. 47-48.

[33] “Considerando yo muchas veces, muy prudente lector, lo mucho que debemos a nuestros padres por haber recebido dellos mediante Dios la vida y ser que tenemos, parescióme que debíamos más a los médicos, que la vida recebida de nuestros padres tantas veces defienden y alargan, y aun casi perdida restituyen con sus tan necesarias curas sacadas de los grandes secretos de la naturaleza”, Luis Lobera de Ávila, Vergel de sanidad, que por otro nombre se llamaba banquete de caballeros..., Alcalá de Henares, 1542.

[34] Obras que Francisco Ceruantes de Salazar, ha hecho, glosado, y traduzido. La primera es vn Dialogo de la dignidad del hombre ... començado por el maestro Oliua, y acabado por francisco Cervantes de salazar. La segunda es el Appologo de la ociosidad y el trabajo, intitulado Labricio Portundo ... Compuesto por ... Luys Mexia, glosado y moralizado por francisco Ceruantes de Salazar. La tercera es la introduction y camino para la sabiduria ... compuesta en latin por el excelente varon, Luys viues, buelta en Castellano, con muchas adiciones que al proposito hazian por francisco Ceruantes de Salaza, Alcala de Henares, Juan de Brocar, 1546.

[35] Aunque sea muy de pasada, comentaré dos pasajes de la Introductio ad veram sapientiam relacionados de algún modo con el Lazarillo. Al principio de la traducción llevada a cabo por Cervantes leemos que “todo lo demás de la vida pende de cómo nos criamos y enseñamos en la niñez, la cual es el fundamento malo o bueno de todo lo que después se hace. El que pues quisiere verdaderamente ser sabio suba por aquel primer escalón para la sabiduría que fue tan celebrado de los antiguos conocerse cada uno a sí mismo”(f. 3v). No creo forzar las cosas si digo que el Lazarillo parece ejemplificar precisamente lo opuesto, ni es quizá exagerado suponer que algunas declaraciones de Lázaro (“Éste fue el primer escalón que yo subí para venir a alcanzar buena vida”; “quiso Dios alumbrarme y ponerme en camino y manera provechosa”) son una clara ironía a los consejos sapienciales que Luis Vives vertía en su Introducción y camino para la sabiduría. Algo más adelante, Vives arremete también contra la honra mal entendida o contra aquellos que levantaban “alborotos y cuestiones por cosas muy viles..., y si a mano viene, por una palabrilla”. Cervantes de Salazar, al hilo de lo dicho por el humanista valenciano, comentaba: “Y lo que más es de reír es ver cómo tiene por más injuria que no le hablen como querría y que se ofende más dello que si le quitasen la hacienda ni aun la vida, blasonando de la honra y quejándose que le tocaron en ella”(23v). El escudero del Tercer Tratado está clavado en este breve comentario.

[36] Prólogo al Apólogo de la ociosidad y el trabajo en Obras que publicó…, 1546.

[37] La novela picaresca y el punto de vista, Seix Barral, Barcelona, 1973.

[38] Las primeras palabras con las que el justicia mayor de Taxcala, Temilutecutl, inicia su plática no tienen desperdicio: “No me maravillo que, como acontesce en todas las consultas que importan algo, haya contradicción y variedad de paresceres en ésta, porque no hay negocio en las cosas humanas tan claro que no tenga haz y envés, y que, tratado por buenos entendimientos, por muy fácil que sea, no se haga dificultoso. Acontesce también para la determinación de algunas cosas en las cuales uno dice sí y otro no, que conviene ni del todo seguir el sí ni del todo dexar el no, como se ha ofrescido en el negocio que ahora entre las manos tenemos”,Crónica de Nueva España, Libro III, cap.30.

[39] Francisco. Rico, El pequeño mundo del hombre, Alianza Editorial, Madrid, 1986, p. 137.

[40] F. Rico, “El deseo de alabanza” en Problemas del Lazarillo, Cátedra, Madrid, 1988, p. 68.

[41] “por lo qual dixo bien Aurelio ser proverbio antiguo que un hombre a otro era lobo. Y con razón pues ningún lobo ay tan enemigo de la oveja que aviéndose hartado de su sangre le quite la piel o le captive los hijos como el hombre hace con su semejante”, Obras que Fco Cervantes…, fol. 32.

[42] Los motivos de su marcha a México parece proporcionarlos el mismo Cervantes de Salazar en el codicilo que añade al segundo de sus testamentos en referencia a unas deudas que tiene contraídas con su primo Alonso de Villaseca, “por cuyo amor dexé mi tierra y buen asiento, por honrarme con un deudo tan poderoso y tan solo y tan pariente”, Millares Carlo, ed. cit., p. 23.

[43] Ed. Miguel León-Portilla y Joaquín García Icazbalceta, México en 1554. Tres diálogos latinos de Francisco Cervantes de Salazar, Edición facsimilar con motivo de los 450 años de la Universidad de México..., Inst. Históricas, 2001 (Serie Documental, 25), pp. x-xi.

[44] “in quo a secunda ad tertiam magister Cervantes, multis ipsum ceterarum disciplinarum candidatis et eloquentiae studiosis audientibus, quod ad ipsas sit ornamentum, rhetoricam profitetur... et quidam Cervantes, in Graeca et Latina litteratura multorum testimonio versatissimus...”, Academia Mexicana V.

[45] V. Gaos, ed. cit., p. 23.

[46] “Primum admonuit me Mori cognomen tibi gentile, quod tam ad Moriae vocabulum accedit, quam es ipse a re alienum” (“En primer lugar me sugirió ese tema tu apellido, More, que se asemeja al vocablo Moria en la misma medida en que tu persona está alejada de ella, pues es opinión general que tú le eres totalmente ajeno”, Elogio de la locura, Bosch, Barcelona, 1976, p. 72.

[47] Lázaro, en efecto, no era el único anagrama con su segundo apellido; en otro diálogo escrito cuando estaba todavía en España (“III. Obeliscorum seu lignearum pyramidularum ludus”) uno de los personajes se llama Alcázar, y en dos de los diálogos sobre la ciudad de México (“VI. Civitas Mexicus interior; VII. Mexicus exterior”) su alter ego será Alfaro.

[48] Crónica de Nueva España. Manuscrito 2011 de la Biblioteca Nacional de Madrid, letra de la mitad del siglo XVI. “Papeles de Nueva España” 3ª serie Historia. Compilados y publicados por F. del Paso y Troncoso. Tomo I. Madrid, Hauser y Menet, 1914, 363 pp. (Tomos II y III: México, Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía, 1914-1936). Hay otra edición más reciente editada por Manuel Magallón con estudio preliminar de Agustín Millares Carlo: Crónica de la Nueva España, Madrid, Atlas, 1971, 2 vols. (B.A.E., CCXLIV-CCXLV).

[49] Hay una extensa bibliografía sobre atribución literaria. Un libro todavía útil es el publicado por Anthony Kenny, The computation of style, Pergamon Press, Oxford, 1982. Otros estudios clásicos son A. Q. Morton, Paul , the Man and the Myth. A Study in the Authorship of Greek Prose, Harper & Row, New York, 1966; Frederick Mosteller and David L. Wallace, Applied Bayesian and classical inference : the case of the Federalist papers. New York : Springer-Verlag, c1984; and J.F. Burrows, “Computers and the Study of Literature”, in Christopher Butler (ed.), Computers and Written Texts: an Applied Perspective, Oxford, Blackwell, 1992, pp. 167-204. Una reciente panorámica sobre el asunto en Harold Love, Attributing authorship: an introduction. Cambridge, U.K.; New York: Cambridge University Press, 2002.

[50] Anthony Kenny define la “huella estilística” que podría darnos la identidad de un autor así: “What would a stylistic fingerprint be? It would be a feature of an author's style -a combination perhaps of very humble features such as the frequency of such as -no less unique to him than a bodily fingerprint is… But the item would have to be a constant feature of an author's writing, as fingerprints remain the same throughout life, and it would have to be unique to him and shared by no other writer. At the present time no one knows whether there are such features of style as not enough data have been collected.” The Computation of Style, Pergamon Press, Oxford, 1982, p. 12.

[51] La lista de obras cotejadas es, por orden cronológico, el siguiente: La Celestina (1499); Diego López Cortegana, trad.: Asno de oro (1525?); Antonio de Guevara: Libro áureo de Marco Aurelio (1528), Relox de príncipes (1529); Juan de Valdés, El evangelio según San Mateo (1530?); Feliciano de Silva, La segunda Celestina (1536), Fray Toribio de Motilinía, Historia de los indios de la Nueva España (1536), Alejo de Venegas: Primera parte de las diferencias de libros (1541), Antonio de Guevara: Aviso de privados (1539), Década de Césares (1539), Epístolas Familiares (1539-1541), Oratorio de religiosos (1542), Pérez de Oliva, Diálogo de la dignidad del hombre (1546), López de Gómara, Historia General de las Indias (1552), Segunda Parte del Lazarillo (1555), El Crótalon (1556?), Santa Teresa, Libro de su vida (1562), Hurtado de Mendoza, Guerra de Granada (1570), Huarte de San Juan, Examen de Ingenios (1575), Cervantes, La Galatea (1585), José de Acosta, Historia natural y moral de las Indias (1590); Cervantes, La Gitanilla, El amante liberal (1612). En total un corpus de más de dos millones de palabras (2.374.900) que he contrastado con todas y cada una de las coincidencias que he ido encontrando entre Crónica de Nueva España (1567) y el Lazarillo de Tormes (1554).

[52] Véanse, en especial, los números: 7, 22, 23, 25, 43, 47, 81, 98, 130, 170, 171, 176, 208, 209, 227, 237, 238, 243, 251, 257, 260, 267, 274, 298, 303, 314, 315 y 320.

[53] Aparece también en Laz II  en una clara imitación del original.

[54] Nótese, además, la estrecha correspondencia sintáctica y de estilo entre Laz y CNE:

Otro día, no pareciéndome estar allí seguro, fuime a un lugar que llaman Maqueda, adonde me toparon mis pecados con un clérigo. Otro día, viendo el Capitán cómo los indios no salían a hacerle guerra, recogió su gente a par de los pozos, adonde se curó él y los demás heridos.

[55] En este caso he eliminado los últimos dígitos para simplificar: el número tres indica que “otro día” ocurre cada 3.000 palabras en Laz, mientras que en el Crót aparece aproximadamente cada 16.000.

[56] Debo decir que en la Historia de la conquista de México “otro día” aparece con frecuencia. Por desgracia no he podido cotejar esta obra al no estar digitalizada.






— per citare questo articolo:

Artifara, n. 2, (gennaio - giugno 2003), sezione Addenda, http://www.artifara.com/rivista2/testi/cervlazar.asp


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ISSN: 1594-378X


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