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Alejandro Sawa

Luis París

 

 

ACE algunos años que en los círculos literarios y en las redacciones de los periódicos más importantes, figuraba un joven de cabeza artística, melena romántica y barba árabe; de elocuente palabra, acción elegante, juicio rapidísimo, y tan genial en todo cuanto formaba su indumentaria, que constituía un tipo verdaderamente original.

Alejandro Sawa presentaba, cuando comenzó á darse á conocer en Madrid, todas las características del joven soñador, hambriento y enamorado de todos los lirismos de la naturaleza, rebuscador de la paradoja y de la hipérbole, capaz de dejarse matar por una metáfora de grande espectáculo, aficionada hasta la clemencia de todos los grandes histriones de la historia, y dejándose llevar por su apasionamiento hasta el extremo de disputar á gritos las glorias doradas de Musset, Byron y Hugo; con el romanticismo metido hasta el tuétano de los huesos, y voluntario denodado de las huestes de la bohemia lúgubre, de la bohemia báquica, de la bohemia pobre y de la bohemia dorada, es decir, de todas las bohemias que pudo soñar Murger, practicadas de un modo simultáneo y delirante.

Tal era Sawa cuando llegó á Madrid.

 

 

Abordo con temor, a la par que con deseos muy íntimos de ser vigoroso, el análisis de la obra que Sawa lleva realizada, porque tengo que ocuparme forzosamente de la filiación artística que le corresponde, y esto, que viene siendo de ritual en el ejercicio de la crítica, es para mí muy enojoso de cumplir. ―Caer de bruces en distingos ergotistas es lo mismo que exponerse a perder el sentido común, y es grave el peligro cuando se quiere forzar el trabajo del análisis.

En primer término, Sawa es un escritor con personalidad literaria, definida de un modo categórico. ―Sawa posee estilo personal, suyo, tan propio, tan identificado con su naturaleza, que participa de todos sus meritos y de todos sus defectos.

Andaluz de nacimiento y con antecedentes griegos en su familia, como lo prueba su apellido, posee todas las condiciones peculiares de los individuos que pertenecen á las actuales razas orientales: ampulosidad en la expresión, exuberancia en la hipérbole, ductilidad de carácter, fantasía inagotable, amor entrañable a la oratoria y fe inmensa en el poderío de la forma. Con estos caracteres heredados, aumentados por la permanencia en Andalucía durante los años primeros de su vida, y con la educación puramente subjetiva que hoy recibe la juventud en los centros de primera enseñanza, herido más que impresionado por toda la literatura romántica que constituye la lectura habitual de los adolescentes, con Espronceda, Bécquer y Lamartine desleídos en la masa de la sangre, necesariamente tuvo que resultar un lírico fecundo y poderoso, más próximo a la rima que a la prosa, más hueco que macizo, más lleno de color que correcto en la línea, aljamiado y multiforme; y de esta suerte Alejandro Sawa, recién venido á Madrid, fue el autor de La Mujer de todo el mundo, pandemónium repleto de luces y colores, de brillantes fuegos artificiales, de confuso griterío, que ofusca y ensordece, fatigando la vista y el cerebro cuando, después de su meditada lectura, se detiene uno mareado ante tanto cielo azul, del color del añil , y tanta casita de fachada blanca como la nieve rodeada de naranjales verdes como la esmeralda. ―Sawa, en esa su primera época, es un pintor de la, más pura escuela granadina.

Pero por esta misma ductilidad de su carácter, por esta impresionabilidad casi femenina de su temperamento excesivamente nervioso, y por efecto también de la claridad de su inteligencia, fue poco á poco transformándose en su interior, recogió, en cuanto pudo hacerlo, las velas de su fantasía desplegadas al viento, concentrando su poderosa imaginación en otros campos, y se sumergió en el estudio de otras literaturas, para el antes desconocidas é ignoradas, y al encontrarse, por efecto de su nueva vocación, frente á frente de aquello que así deslumbraba sus ojos e iluminaba las oscuridades de su cerebro con nuevas auroras, se asombró lo mismo que se asombraban los navegantes europeos del siglo XVI cuando ponían por vez primera la planta en las selvas vírgenes de la virgen América, y soñador eterno, enamorado del ideal y de la poesía humana, cantó las excelencias de la nueva  escuela con exaltaciones de neófito, y escribió Crimen legal.

 

 

López Bago, cuyo juicio crítico, sereno y extremadamente sensible al menor detalle me complazco en reconocer y alabar, ha definido admirablemente este libro de Sawa en el apéndice que lleva su edición primera. En Crimen legal, su autor se presenta ante el público afiliado á la nueva formula, en la creencia de que se puede uno agregar á una escuela literaria del mismo modo que se puede penetrar en el interior de una barricada y abrazarse al mástil de la bandera de la insurrección que sobre ella ondea, así, de golpe, por virtud del cumplimiento de un propósito, y, en mi opinión, no basta eso; es preciso algo más ―Flaubert negaba  ser un escritor naturalista, y, sin embargo, era el autor de Madame Bobary―. Crimen legal, que es un libro muy hermoso, por más de un concepto, sin embargo no es de la escuela inductiva; para ello le sobran muchas cosas y le faltan otras.

Allí Sawa, en primer término, ha forzado el punto de partida de esa fórmula literaria, y ha buscado un drama sombrío, muy sombrío ―lo es tanto, que no basta la luz de la conciencia de Ricardo para iluminar sus tenebrosidades―; sobre un plantel de criaturas deformes ha desarrollado la catástrofe, y no ha concentrado algo de luz, de claridad en el análisis, sino sobre la cabeza de Juan, de aquel abuelo que busca á Dios, cuando, si fuera lógico, debería buscar un guardia civil. Nadie hay allí que sea normal, que esté bien construido, ni aun partiendo de una base patológica (que también lo anormal tiene leyes); únicamente atraviesa la escena un hombre ejemplar de la raza en estado de salud, y además bien delineado: el joven médico, «el salvador»,  y éste desaparece en seguida. ¡Ah! es verdad; yo estoy de acuerdo con Sawa en esto y en otras muchas cosas más: la humanidad está llena de podredumbres, y es muy difícil formular una estadística de sus miembros cuya cifra media no de un contingente de canallas ó de idiotas; pero la misión del naturalismo como escuela fundada en el método inductivo, exige copiar sólo lo que se ve, y no deducir, sino á condición de ser lógico en la experimentación, y en Crimen legal no hay mas lógica que la de la abyección. A lo más, Crimen legal es solo un episodio un escalón de la serie, en donde faltan muchos peldaños. Pero el continuar de esta suerte mi análisis no sería sino un exceso de meticulosidad acaso cometido por mí en el deseo de detenerme minuciosamente ante la obra de un autor que me inspira mucho interés, y á quien, si no he de escatimar los aplausos, tampoco quiero regatear los reparos ; que sólo á las nulidades se las deja pasar sin discusión ni examen.

Sawa, por desgracia para él, formó su novela primera á la sombra de la reforma literaria (?) que López Bayo quiso intentar aquí, é influido, á pesar suyo, por esa atmósfera ficticia que López había creado, formuló el plan de su obra con el mismo tono de luz que se habían dibujado La prostituta, La querida, El cura y todos aquellos otros monstruos acéfalos. ―Hacía falta en semejante serie una pareja, para el «caso de incesto» de El cura, y Sawa se encargó del «caso de distocia»...

Créame mi gran amigo Sawa, en estas primeras novelas ha forzado la nota lúgubre, que llamaba López el análisis de la deshonra humana (!), sin recordar que en la humanidad no hay honra ni deshonra aisladas así, y colocadas simétricamente la una al lado de la otra, como los cuadros negros y blancos en un tablero de ajedrez; la naturaleza presenta entremezclada, confundida y revuelta, la luz y la sombra, la risa y las lágrimas, y por eso es tan amarga la vida y tan hermoso el estar vivo.

Además, Crimen legal, novela que su autor forjó con el propósito de conquistar por derecho propio el dictado de escritor naturalista, aun extremando hasta el límite la violencia en la totalidad, está revestida de una forma excesivamente exuberante, rescoldo de pasados incendios, «baratijas del romanticismo», como dice López en el ya repetido apéndice, y esa exuberancia de lenguaje, aquí como en otros escritos, le ocasiona graves perjuicios, proporcionándole tremendas exageraciones de concepto y de estilo.

Si Sawa hubiera sido capaz de tachar muchos renglones, párrafos enteros de esta novela , resultaría mucho más hermosa de lo que es, por el exceso de hojarasca y de talco que brilla excesivamente y apaga el fulgor de los matices de la naturaleza que el libro presenta en muchas ele sus páginas.

Así y todo, Crimen legal es un magnifico debut de un novelista. Muchos escritores reputados por insignes le firmarían con gran provecho para su fama engañosa.

 

 

Sawa escribió después Declaración de un vencido.

Esta novela es un libro extraño. Escrito en forma autobiográfica, sobresalen entre sus muchos méritos detalles finísimos de observación psicológica muy clara. La. descripción del temperamento del protagonista es un esfuerzo admirable de perseverancia, pero de mala índole. Desde el primer momento se advierte que el autor lo ha subordinado todo á su propósito de describir la absorción en la nada de un desgraciado, á despecho de todas las contingencias y de los antecedentes del drama. Desde las primeras páginas se ve un hombre destinado á perecer sorbido por el vacío ―como el personaje de Los trabajadores del mar, de Hugo, por el enorme pulpo―, y al leer la novela de Sawa acometen violentos deseos de interponerse ante el autor y gritarle: «¡Detente! que ese hombre no debe perecer así; que eso es falso; que ese hombre, si efectivamente tiene sesos y corazón, no puede dejarse matar sin lucha desesperada, sin protesta legal ó ilegal; que todo eso resulta absurdo; y que, en vez de hacer un estudio del natural, estás escribiendo una leyenda, que merecía, por su pesimismo bastardo, estar escrita en alemán, pero del que usan los filósofos, no del que escribían Schiller o Goethe...»

En este libro se observan los progresos de su autor efectivamente en el estudio de la nueva fórmula literaria que se ha propuesto cultivar, pero á pesar de todo, continúa en él, Sawa sacrificando muchas veces la verdad á su fantasía; los diálogos que sostienen Carlos y Emilia son muy hermosos, pero no son reales... Hay en cambio en el libro bellezas muy grandes, pero el conjunto se resiente del y esfuerzo con que su autor se ha obligado á sí propio á seguir un plan preconcebido, y de la nefanda influencia que López Bago imprimió á la anterior, á Crimen legal, con la fundación de aquella malhadada “Biblioteca del renacimiento literario» (! ...?), á cuya sombra fatal han nacido El fango del boudoir y La Venus granadina, de un señor Vega Armentero, irresistible novelador que se titula naturalista, lo mismo que podría llamarse cualquier otra cosa; El señor obispo, de Zahonero, y El excomulgado, ó las bodas de un presbítero, disparate cómico-bailable de un señor que parece llamarse Ardieta, y que tiene tanto de escritor como yo de fraile.

En suma: Declaración de un vencido es un libro muy desigual, y que no constituirá nunca verdadero timbre de gloria para su autor.

 

 

La Biblioteca de novelas de El Motín cuenta entre sus volúmenes con dos firmados por Sawa: La Sima de Igúzquiza, constituido por la narración de un episodio de la infame vida de aquel miserable que se llamó Rosas Samaniego, muy bien descrito, y Criadero de curas.

Esta segunda novelita merece mucha atención. Comienza por llevar á su frente una dedicatoria que vale por un volumen entero de crítica honrada, y que dice así:

Á SILVERIO LANZA

En desagravio de la estupidez de casi todos y como homenaje de admiración.

Alejandro Sawa.

He de confesar que las anteriores líneas constituyen para mí la más formidable de las causas de mi simpatía hacia el resto del libro, porque yo, que tengo la honra de haber dado á conocer á Lanza á gran número de literatos (entre ellos á Sawa), me enorgullezco cada vez que veo confirmada mi admiración y justificada mi ardiente propaganda.

Además, el plan de Criadero de curas es muy bello; merecía más desarrollo del que tiene; es solamente un boceto de muy reducido tamaño, y debería ser un cuadro acabado, de las dimensiones del Spoliarium, de  Luna. Hay allí verdaderas preciosidades, pero justamente al lado de delicadezas de observación irreprochable, de párrafos y páginas enteras llenas de solemne encanto y de una realidad que conmueve, como el capítulo final, resaltan esas otras faltas de lógica que ya en las anteriores producciones del autor he anotado.

Véase si no el capítulo I y su página 23. Se trata de un niño, que no sé si tiene diez ó catorce años, porque no está precisado el término, y á quien se le educa para ser cura. Su madre está gravemente enferma, y el niño, Manuel, sabe que si ella muere ingresará él inmediatamente en el seminario y, resistiéndose, piensa que si su madre se restablece, la dirá así: « ...Vámonos fuera, adonde usted disponga, y luego á otro sitio, y después á otro, hasta que nos cansemos de dar tumbos por la tierra indefinidamente. ¿Para que sirven esas monedas doradas que esconde usted con tanto afán en el arcón de mamá abuelita si no es para que ellas nos  permitan satisfacer nuestros deseos? He leído en los libros que hay tierras donde alumbra un sol más nuevo que el de aquí, y en las que florece el dátil, el limón y la naranja y yo no se cuántas cosas más de las hermosuras que Dios cría. Vámonos pronto á cogerlas nosotros mismos de sus propias ramas. Yo sé positivamente que no se ha de ofender mi Dios por eso; y además, mamá, mamá mía, yo no quiero ser sacerdote. Ese traje negro, compuesto de faldas como el de las mujeres, me da tristeza el verlo. Mira, tienta aquí, en los brazos. ¿Ves qué duro está? Es que no han nacido para levantar objetos tan poco pesados corno la hostia de la redención ó el cáliz; es, mamá; que no me gustaría que me detuvieran los chicos en mi camino para besarme las manos, porque yo no las puedo conservar puras toda la vida...,» etc. Aunque en las páginas anteriores el autor diga que «á este niño use le apuntaba la inteligencia con el vigor de un músculo que pide ejercicio», yo no puedo creer que un niño cuya edad máxima es de catorce años (que los ha vivido oyendo á cuantos le rodean hacer la apología del sacerdocio y empapándose en una atmósfera eclesiástica) razone así con esas palabras, é invocando para ello el testimonio de leyes biológicas y sociales que no suelen apuntarse ni en la mente de muchos hombres de relativa cultura cuando menos de un modo espontáneo en la razón de un niño educado, criado y enderezado precisamente en sentido tan opuesto.

Me entretengo en señalar esto que pudieran llamarse nimiedades de la crítica, por dos razones á cual más poderosas: la una, de carácter general, consiste en que el escritor que cultiva honradamente el arte y que trata de seguir los procedimientos de una fórmula literaria cuyos fundamentos son tan serios como los de la escuela naturalista no debe jamás faltar á ellos á sabiendas, y en todo caso evitar los errores de interpretación con mucho cuidado en detalles al parecer tan insignificantes como el que acabo de señalar. En los estudios de psicología fisiológica, los puntos de partida han de ser absolutamente típicos, normales, exactos, justificados, porque si no sucede así, el resto del trabajo experimental será todo él erróneo y falso, y por lo tanto, absurdo ó incompleto el análisis del carácter ó caracteres que se quieren desarrollar en el libro.

La segunda razón de esta insistencia mía es por propia creencia en la personalidad literaria de Sawa y en la potencialidad de su inteligencia, que yo desearía tan serena y vigorosa, tan exacta en sus juicios y  tan desapasionada, que jamás incurriera en esos defectos de lógica que afean las obras de que me vengo ocupando.

Estamos muy necesitados en España de buenos novelistas, de escritores que sepan, que no sean unos ignorantes que únicamente aciertan á escribir un párrafo con sujeción á las reglas que los académicos dictan entre bostezo y pandiculación, pero que hacen libros falsos, anodinos, cursis. Necesitamos pensadores y no fabricantes de bisutería literaria, y yo creo que Sawa, al igual de otros jóvenes que ya tienen un nombre esclarecido, posee condiciones naturales y cultura suficiente, para que, con un trabajo más asiduo y un estudio detenido de la naturaleza, llegue adonde puede y debe llegar.

Entretanto tiene derecho á que se le considere como un escritor que ha demostrado sus buenas aptitudes.

 

 


 

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