Articolo precedente Pagina iniziale Artifara n. 1 - Sezione Editiones Sezioni di Artifara Articolo seguente

 

 

Alejandro Sawa. De mis confesiones

Prudencio Iglesias

 

 

 

Prudencio Iglesias,  De mi museo, Madrid, 1909

Prudencio Iglesias, De mi museo, Madrid, 1909

Yo sé perfectamente que mis sinceridades no van á descubrir nuevos continentes al pensamiento.

Intelectualmente, casi me conozco, y sé que los kilómetros que hay desde mí hacia arriba, verticalmente, pueden representarse por el signo del infinito.

Digo esto, para razonar mis rebeldías. No son éstas las de un hombre que se cree en plano distinto y superior al de los demás mortales; son, por el contrario, mis rebeldías las de un buen muchacho que, en su sinceridad, se revuelve contra algunos códigos instituidos.

Todo lo que se puede razonar, se puede decir. ¿Por qué en las luchas pequeñas de la vida se ha de condenar siempre al iconoclasta, si en las luchas más altas, en esas luchas del hombre contra Dios, no hay hombre que alguna vez en su vida no haya mirado con odio al cielo?

¿No recordáis á algún amigo vuestro muerto en plena virilidad? Y esas muertes, ¿no presentan todos los caracteres de un asesinato? Pues pensad en quién aparece como culpable de tales crímenes, y si aceptáis que los hombres se rebelen contra el Dios del cielo, permitid que, aunque no sea más que á ratos, algunos hombres se revuelvan contra los dioses de la tierra.

 

*

*   *

 

Muchas veces he pensado si en esta tierra de España se habrá perdido para siempre la noción de las distancias. Se me ocurre esto siempre que pienso en Alejandro Sawa. De la mentalidad de Galdós á la de Sawa hay distancias siderales que recorrer; y, sin embargo, Galdós es un triunfador y Sawa es un vencido. Claro está que esto se explica por la ley de las afinidades. El público acepta con gusto la hegemonía de Galdós, porque lo ve á poca distancia de sí mismo, y lo considera, pues, como á uno de los suyos. Mientras que Sawa, por la jerarquía de su entendimiento, por el aristocratismo de su espíritu y hasta por su pulcritud física, no puede nunca formar entre los pelotones de la canalla contemporánea.

Galdós es un novelista que domina la mecánica de su oficio; eso todos lo sabemos. Pero que se me señale una idea genial, una imagen, una escena plástica que acusen en Galdós una potencialidad creadora de primera fuerza.

Al decir que Galdós es una mentalidad inferior, hablo, claro está, en términos relativos. Digo con esto que no acato ninguno de los artículos de ese código que pretende exaltar la personalidad de Galdós hasta la serena región de los iguales. Galdós en esas alturas sería siempre un intruso.

Yo no hallo en el nombre de Galdós nada que no sea respetable. La obra general de Galdós es obra de patriota; y esta labor de patriotismo ahoga, en el escritor español, á la obra de arte.

Yo, como español, rindo á Galdós todos mis respetos. Pero como ciudadano del mundo, y como neófito de la suprema religión, apenas si soy capaz de retener en la memoria el nombre de ese novelista de España.

Los que han querido hacer de Galdós el hombre representativo de la literatura española contemporánea, ya verán cómo mi generación se revuelve airada contra ese acto inconsciente del autocratismo de unos pocos. Acordaos de Echegaray. La generación que precede á esta mía, se alzó un día verecunda; y luego, en el choque de la lucha, enardecida, dejó de percibir los acentos de la verdad, y negó, injusta, á Echegaray hasta méritos rudimentarios.

He dicho, pues, y repito, que no creo en D. Benito Pérez Galdós.

 

*

*   *

 

Galdós es un triunfador, y Sawa es un vencido. Esto necesita una explicación. Sawa reúne en sí todas las cualidades necesarias para vencer en las luchas de los hombres. Pero este sublevado genial, este gran rebelde, que no plegó jamás su voluntad á leyes ni costumbres, sintió un día que un rayo de lo alto, enviado por un Dios implacable, le hirió en los ojos. Por esto, los ojos árabes de Alejandro Sawa giran sin luz. Y como Alejandro Sawa, ciego, no inspira temor como antes, los que eran sus amigos le olvidan, y sus enemigos, ya que no pueden negarle, pretenden cobardemente borrar su nombre de la historia de la literatura española contemporánea.

Alejandro Sawa, acosado por la vida, halla fuerza en el odio de sus enemigos para resistir. Es fuerte y orgulloso como un rey; pero no como estos reyes actuales, inválidos, que no son capaces de elevar su cabeza á mayor altura que la del sillón del trono: el orgullo de Sawa sólo puede soportarlo sobre sus hombros, sin doblarse, un rey como aquel poderoso Othom, ó como el desventurado y grande Luis de Baviera.

Alejandro Sawa, no solamente es capaz de soportar su orgullo, frente á frente, aun ahora, en las más tremendas circunstancias de su lucha con la enfermedad v con la vida, sino que es también capaz de ser modesto.

Y aprended aquí vosotros, los que por mandato de vuestra religión debierais ser humildes habitualmente: Alejandro Sawa, que no es santo ni cristiano, sabe ser modesto cuando habla con cualquier pobre vencido de la suerte, y sabe ser soberbio, más soberbio que un rey bárbaro, cuando ve alzada ante sí la figura de cualquier poderoso de la tierra.

 

*

*   *

 

Yo quisiera que este deleznable libro mío no muriese nunca, para dejar grabada en él la cifra de mi admiración y mi cariño hacia Alejandro Sawa.

Yo no olvidaré nunca, por muchos que sean los años de mi vida, las escenas de dolor que presencié en esta tragedia de la vida actual de Alejandro Sawa. Y no olvidaré tampoco la crueldad de esta tierra mía para con este español consagrado gráficamente en el Extranjero, y á quien mi patria condena á morir de hambre. Es decir, mi patria, no; mi patria no es la culpable. Son esos hombres que, no contentos con haber despedazado á España, quiere arrojar sobre ella más oprobio; esos hombres que no saben todavía cómo se enrojece de vergüenza, pero que saben muy bien cuál es el color de la envidia.

Esos son los hombres que, al hablar de la situación actual de Sawa, no saben más que mentar su orgullo.

¡Oh, gran pecado es éste de Sawa!

Por lo visto se puede soportar muy bien el orgullo grosero y burgués de esos obispos, esos generales ó esos catedráticos de gran vientre y pequeño cerebro; pero, ¡soportar el orgullo consciente de un hombre superior! Eso, jamás. ¿Qué se habrán creído los hombres superiores?

Creerán, quizá, que aquí necesitamos de ellos. Aquí, en esta tierra bendita de la libertad y de la ciencia; en este viejo solar, que parece elegido por Dios para marchar á la cabeza de todos los movimientos modernos.

¡Ah, Dios mío, Dios mío, no nos abandones! Que tu ciencia continúe vinculada en la coronilla de esos espirituales predicadores sagrados.

 

*

*   *

 

El artículo anterior fué escrito el día 1 de enero del año actual.

No hago en él más que una ligera referencia á los dolores de Sawa, porque en aquella época el enfermo se hallaba aún con toda la luz de su razón; y, por tanto si yo hubiera relatado sus males, lo hubiera entristecido.

Hoy, que la inteligencia de Alejandro Sawa -algo desordenada, si queréis, pero compatriota del Genio-, se abrazó con su hermana gemela la Locura; hoy, digo, ya puedo hablar sinceramente de este hombre, cuyo cuerpo sobrevive á su alma.

El día 18 de febrero del año actual, Alejandro Sawa amaneció completamente loco. El día anterior el enfermo presintió la catástrofe. Y este presentimiento, aunque tiene mucho de emocionante, no es extraordinario, si se piensa en las cualidades de vidente de este genial perturbado.

Alejandro Sawa siempre tuvo un plano de su espíritu vuelto completamente hacia la Locura. En los momentos de exaltación -y Alejandro Sawa se exaltaba por todo-, aquel hombre tomaba el aspecto imponente de un loco. En los momentos de intimidad, el Sawa que con voz sorda hablaba de sus abstracciones, hacía pensar al que le escuchaba si aquella poderosa inteligencia no se hallaría á muy escasa distancia de la Locura. Yo nunca he sentido la Locura tan cerca de mí como una tarde en que Alejandro Sawa, ciego y mielítico, procuraba hacerme entender unas abstracciones algebraicas.

Yo bien sé que muchas gentes, al oírme hablar del genio de Sawa, preguntarían sencillamente por su obra. Es verdad. La obra de Sawa es escasa é incompleta; es obra de la primera juventud. Pero leedla, sin embargo; leed también sus artículos, hablad con los que hayan conocido al hombre, si es que vosotros no lo habéis conocido, y ya veréis cómo vuestra impresión coincide con la mía: Alejandro Sawa era un genio truncado, un genio al que le faltaba algo. Este algo era, indudablemente, equilibrio. En el cerebro de Sawa riñeron hasta última hora batallas sin cuartel el Entendimiento y la Imaginación. ¿Y quién venció de las dos? Ninguna. En los campos de batalla, sobre los cadáveres de los hombres revolotean los cuervos. Así hoy en el cerebro de Sawa reina la Locura. Para esto riñeron en aquel cerebro tan terribles batallas aquellos poderosos enemigos, para que se alzase con el botín esa maldita madre de los desgraciados.

 

Inizio pagina