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Una nueva escala en la galaxia judeoconversa de la cultura española de los Siglos de Oro.
A propósito de El secreto de los Peñaranda. El universo judeoconverso de la Biblioteca de Barcarrota. Siglos XVI y XVII, de Fernando Serrano Mangas, prólogo de Mª. Rosa Navarro,
Universidad de Huelva, Biblioteca Montaniana, Servicio de Publicaciones, 2004.

José Muñoz Rivas

 

En diciembre de 2005 tuve el honor de coordinar una mesa redonda que se celebró en el Paraninfo de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Extremadura que con el título “Presentación de la Revista Artifara. Nuevas perspectivas del descubrimiento de la Biblioteca de Barcarrota” . En ella participó el director de la revista, el prof. Aldo Ruffinatto, y dos profesores de la UEX, el prof. Juan María Carrasco González, del área de filologías portuguesa y gallega y coordinador para el ámbito lusista de la revista, y el prof. del área de Historia de América Fernando Serrano Mangas, autor del fundamental y precioso libro que nos va a ocupar en estas páginas, y del que también, por supuesto, se habló en el encuentro. Allí, una vez presentada como se merece la revista que hospeda esta reseña, se trataron muchos temas relativos al famoso y casual descubrimiento en 1992 de la emblemática biblioteca escondida en una casa de un pueblo (o Villa) de la Baja Extremadura, Villanueva de Barcarrota, que contenía once volúmenes del siglo XVI, la mayoría de los cuales circulaban por toda la Europa de la época, y algunos incluso antes.

El descubrimiento de los libros y otro documento importante, la nómina[1] que también se encontró, el hecho de que estuvieran emparedados, escondidos en un extremeño tapao (con el prof. Serrano), y en perfecto estado de conservación, y la zona donde fueron descubiertos, apuntaron enseguida al rico mundo judeoconverso español temeroso de la Inquisición y por tanto de la hoguera, aunque no sólo a éste (se habló de hallazgo morisco, de Iluminados extremeños, etc.). De ello se dio noticia puntual en los periódicos locales, en alguno nacional, y creo que el asunto, sirvió como suele ocurrir en estos casos, para templar lanzas de todo tipo —y de todo tipo de intereses, no quepa la menor duda— en los que aquí no entraré.

Los primeros comentaristas/ especialistas en filología, historia, etc., una vez que la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura tuvo la cordura de comprar los libros al dueño de la casa que en ese año hacía afortunadamente obras, propusieron teorías de todo tipo, como digo, a veces de lo más curioso (o también con el prof. Serrano, teorías de todos los colores). De cualquier modo, sólo a partir de 1995 los libros[2] se dan a conocer digamos al gran público, y a editarse en cuidadas y bellísimas ediciones publicadas todas en la Editora Regional de la Junta de Extremadura, en ediciones críticas a cargo de especialistas muy sorprendidos y temerosos —créanme— de lo que tenían milagrosamente entre las manos.

De entre ellos, es sin duda la estupendamente bien conservada edición del Lazarillo de Medina del Campo la que más valiosa ha resultado, al tratarse de la única que hasta ahora nos ha llegado, y por tanto, la que más luz ha arrojado a un mundo, el del lazarillismo, que ya en sí es portentosamente rico, como es bien sabido, y al mismo tiempo instigadora de nuevas, aunque a veces, estúpidas polémicas, en torno al mundo posible de Lázaro de Tormes[3], un mundo que por fortuna para muchos parece que no tiene final ni principio[4], y que no puede —no debiera, creo yo— de ningún modo pertenecer a nadie, por más Académico que uno quiera/quisiera ser.

Pero aparte de la mencionada edición impecable, y del mucho valor de las demás, el conjunto de la biblioteca escondida, tapiada, en sí, nos lleva irremediablemente, como reza el título que le he ofrecido a esta reseña al magnífico libro del prof. Fernando Serrano Mangas, a una compleja galaxia cultural judeoconversa instaurada en la línea que divide España de Portugal, o más exactamente, en la Baja Extremadura de los Siglos de Oro, cuna de humanistas de prestigio internacional ya en la época. Es a esta galaxia a la que se dirige el autor, realizando una investigación histórica que yo calificaría de definitiva en muchos sentidos, según intentaré exponer brevemente más adelante.

Arranca el estudio de nuestro historiador con la alusión a un artículo del profesor y académico de varias academias, Paco Rico, publicado[5], como en los últimos años tiene él por costumbre, en el suplemento cultural de El País, y titulado curiosamente, y quizá bastante ingenuamente, “La librería de Barcarrota”, en el que se defiende el que la biblioteca perteneció a un “librero irresoluto e ignorante”, del que nunca sabremos su procedencia. Pues bien, es a este presunto librero ignorante (ahora con el prof. Rico) donde se dirige la mirada de nuestro autor durante bien espesas y apasionantes casi doscientas páginas que en ningún momento dejan de sorprender al estupefacto lector, determinando y documentando de manera muy seria, en primer lugar, el propietario de los mismos, es decir, Francisco de Peñaranda, médico judeoconverso nacido en Llerena, que residió y ejerció durante años en Barcarrota y zonas más o menos limítrofes (en cuyos muchos archivos hay máxima documentación, según se muestra hasta la saciedad en el libro del prof. Serrano) y una vez individuado éste, toda su descendencia, así como toda la descendencia de la descendencia a lo largo del tiempo, de siglos incluso.

Un trabajo muy serio, decía, historiográfico, pero atento también a la sociología, filología, historia de la literatura, en el que el personaje Francisco de Peñaranda y sus vínculos familiares, cercanos y lejanos, nos sirven de guía para dar un saludable paseo por la compleja realidad sociocultural judeoconversa de la España del Siglo de Oro, y más concretamente, por el entretejido, oculto, resbaladizo, misterioso, y gracias al egregio trabajo del prof. Fernando Serrano Mangas, fascinante universo judeoconverso de la Baja Extremadura de la época objeto de estudio.

Lo que acabo de hilvanar de manera tan injustamente sucinta está más que desarrollado, arquitectado, probado y sobre todo seriamente documentado — porque si uno de los muchos méritos que se le pueden atribuir al libro que vengo comentando es precisamente la pulcritud documental, el profundo esmero en la documentación, que en definitiva, es la que no engaña nunca—, por lo que no entraré en lo que en el libro en cuestión se dice, que no es poco, sino más bien trataré de algunas sugerencias que me ha planteado.

Tengo que decir, en este sentido, que me ha llamado enormemente la atención la capacidad narrativa de estas páginas, en el sentido que los cientos de fechas, de nombres de personajes desconocidos e “insignificantes” para nuestro mundo de hoy, digamos olvidados, otros conocidísimos (Lazarillo, Cervantes, Estebanillo, Quevedo, etc.), cientos de citas de folios de archivo, partidas de nacimiento, defunciónes, matrimonios, testamentos, etc., están inmersos en una tensión narrativa que conduce al lector hasta el final del libro y lo deja insatisfecho, deseoso de más. Incluso envuelto a menudo en un aura de liricidad (cfr. por poner sólo un ejemplo, el episodio de la ejecución en el Nuevo Mundo de uno de los hijos de Peñaranda, Hernando Enríquez y Francisco Chaves, pp.59-61). Y en este sentido, creo que aparte de la lectura indudablemente histórico-científica, cabe otra literaria, y que el autor se esfuerza en ello (y es un sintagma que el prof. Serrano utiliza varias veces) por todos los costados, en aras de un siempre buscado didactismo y claridad, que es de la que rezuma el libro. Porque estamos delante de un libro que informa, pero en el que su autor nos está guiando continuamente para que no nos perdamos en el enmarañado bosque que construyeron los judios conversos —y también los criptojudios— en la inestable España de los siglos XVI y XVII. Me explico mejor, el autor, creo que muy conscientemente, nos prepara una senda en el bosque, sin desestimar por ello la continua y rigurosa atención al rigor científico, del que el libro da buena cuenta a lo largo de sus páginas.

La articulación del trabajo en nueve capítulos y la inclusión en ellos de sus correspondientes parágrafos (de más o menos amplitud) ayuda mucho a un proyecto de este tipo, sobre todo, si pensamos, como antes afirmaba, que en estas casi doscientas páginas pululan cientos y cientos de personajes, la mayor parte de los cuales han dejado cuantiosas huellas en los muchos archivos consultados por el autor, en su labor detectivesca, como afirma en el prólogo la prof. Navarro, una labor, creo yo, que va contagiando progresivamente al sorprendido y entregado lector (continuamente mimado por el autor), tenga la formación que tenga. Y esto en un trabajo de investigación me parece importante, y más aún, signo de absoluta responsabilidad.

A lo largo de los nueve capítulos el prof. Serrano consigue cercar definitivamente la escurridiza trayectoria de los Peñaranda (empezando por el viejo Francisco Peñaranda, el poseedor de los libros) y de sus numerosas y calculadas conexiones familiares, y en este sentido, impresiona bastante la sutileza con la que nos muestra el “espectáculo” de una realidad histórica (en todos sus campos, incluso, por poner sólo un ejemplo, los pecuniarios) nombrada por muchos y abordada seriamente por pocos (de los que el autor da cuenta puntualmente), de una sociedad que representaba la élite de la cultura, de una cultura perseguida, y que muy a menudo había que inexorablemente esconder, como en el caso de los impecables libros que el médico de Barcarrota cautamente tuvo que tapiar en su casa y que allí han estado durante más de cuatrocientos cincuenta años.

El desmantelamiento definitivo de la incipiente y presurosa teoría del prof. Rico tiene lugar justo en el último de los capítulos del libro que nos convoca, es decir, el titulado “Fernando Brandao”. En éste el prof. Fernando Serrano Mangas culmina su investigación afrontando el misterioso personaje portugués Fernao Brandao, que según consta en los archivos de Barcarrota en esta Villa residió. Según el prof. Rico, la presencia de una nómina de Brandao entre uno de los libros tapiados/ tapeados[6] prueba algo así como que el portugués era el librero ignorante e irresoluto y que los libros le pertenecian. Nada que ver entonces con la realidad, después de la contundente investigación tejida contundentemente en el delicioso libro que reseño durante casi doscientas páginas[7] por el prof. Serrano.

No quisiera terminar estas líneas sin aludir a la limpidez del aparato bibliográfico que puntualmente el autor nos va indicando —y de la que el lector se va enriqueciendo conforme avanza en la lectura—, así como a la bibliografía seleccionada en las últimas cinco páginas del volumen.

Concluyendo ya, estoy convencido de que El misterio de los Peñaranda consigue, pese a las numerosas dificultades de una empresa de esta índole, por un lado, clarificar el importante papel cultural —humanístico—desempeñado por la población judeoconversa en la península ibérica en los Siglos de Oro, y muy especialmente en el sur de Extremadura. Por otro lado, arroja luz definitiva a un debatido a medias hasta ahora problema histórico-filológico (y pienso enseguida en la edición del Lazarillo) pendiente desde hace muchos años de ser resuelto.

 






Notas


[1] Sobre la nómina cfr. El secreto de los Peñaranda..., pp. 33-40.

[2] Casi todas ediciones del XVI: Libro de Alborayque (c.1488-1490), A muyto devota oraçao da emparedada, Lazarillo de Tormes (1554), Lingua de Erasmo (1538), el De vitiosa verecundia también de éste último, Exorcismo admirabile (1540), Precautiones alipmot (1538), Quiromancia de Tricasso de Mantua (1543), Super Chyromantian Coclytis Dilucidationes (1525), La Cazzaria, de Antonio Vignali, o en la academia Arsiccio Intronato, la versión italiana de la Confusión, de Juan Andrés, y finalmente, Plusieurs traictez, par aucuns nouveaulx poetes, du different de Marot, Sagon & la Hueterie. Avec le Dieu Gard du dict Marot. Epistre composee par Marot de la venue du Roy & de Lempereur. Dont le contenu est de lautre coste de ce fevillet. Parisiis (1539).

[3] Cfr. al respecto Artifara, n.1.

[4] Cfr., por ejemplo, el n.1 de Artifara.

[5] En Babelia, 26.2.2000.

[6] Afirma el autor algo que interesa en este sentido: “Debe existir algún error en las fuentes de información del profesor Rico, pues, afirma, categóricamente, que la nómina con el nombre Brandao figuraba entre las páginas de la Lingua de Erasmo. Pues bien, el que suscribe las presentes páginas tuvo el placer de tener entre sus manos, varias veces, los libros escondidos durante cuatrocientos cincuenta años, antes de su venta a la Junta de Extremadura, y nunca logró averiguar en cuál de ellos se acomodó el frágil papel. No lo recordaban ni los halladores ni los dueños”, en El secreto de los Peñaranda cit., p. 192, en nota. La cursiva es del autor.

[7] A propósito de páginas, se echa a faltar en éste y tantos otros volúmenes de prensas universitarias una mayor generosidad a la hora de publicar los textos en cuestión. Me refiero al tipo de carácter, que no se sabe muy bien por qué tiene siempre que ser el más pequeño, tratándose de libros a menudo que presentan una lectura muy atenta. Con todo, no es del todo el caso del libro que nos ocupa.





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ISSN: 1594-378X



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