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Alda Blanco, Escritoras virtuosas: Narradoras de la domesticidad en la España isabelina

Granada, Universidad de Granada, Colección Feminae, 2001

di Victoria Galván González

 

En la línea de investigación de los estudios de género y de la literatura escrita por mujeres en la España decimonónica, esta monografía viene a completar y a profundizar asuntos abordados en otros trabajos emprendidos por Alda Blanco. Los últimos años han sido prolíficos en la publicación

de ensayos (Alicia Andreu, Bridget Aldaraca, Lou Charnon-Deutsch, Catherine Jagoe, Susan Kirkpatrick, entre otros), que han contribuido a reconstruir el panorama literario de la escritura femenina decimonónica, las circunstancias sociales, educativas o económicas que condicionan el ejercicio literario, las dificultades para el acceso al universo literario y sus estrategias de reconocimiento y los acercamientos críticos a escritoras escasamente conocidas hasta tiempos recientes (Ángela Grassi, Mª del Pilar Sinués de Marco o Faustina Sáez de Melgar). Entre los géneros literarios estudiados, la novela de las escritoras bajo el reinado de Isabel II (1833-1868) ha concitado el interés de la crítica al objeto de revisar el canon literario de la época y de acometer la relectura de la producción novelística desde la perspectiva de los estudios de género. Alda Blanco, entre otras, ha participado en esta propuesta de investigación que ha dado a la luz trabajos novedosos como la Breve historia feminista de la literatura española (en lengua castellana) (1993-1998), coordinada por I. M. Zavala. Recientemente, Í. Sánchez Llama ha publicado una antología de textos periodísticos (2001) y una monografía sobre las escritoras isabelinas (2002), aportando información relevante acerca de la formación, la conexión del discurso político e ideológico dominante con los suscritos por las escritoras, la vinculación con los artífices intelectuales y espirituales de la época (Jaime Balmes, Cándido Nocedal, etc).

Con el trabajo de Alda Blanco se completan datos y detalles útiles para reconstruir la trayectoria de las novelistas durante el reinado de Isabel II en España. La reconstrucción se sustenta en el concepto del ideal de la domesticidad y de la virtud, que funciona como resorte de gran calado en el discurso de la diferencia sexual. Representa no sólo la asunción de unos valores morales, sino que actúa como principio organizativo de los textos literarios a partir de la polaridad femenino/masculino. Parte, asimismo, de los criterios analíticos postulados por el feminismo, que desconfía de la organización tradicional de los textos y escritores de forma simétrica. De hecho, se pretenden delimitar las asimetrías detectadas en la historia literaria. En palabras de Alda Blanco: “la práctica social de la escritura supone para la mujer una constante negociación de su identidad con una sociedad que la sitúa en los márgenes de la cultura a la vez que la rodea de prohibiciones” (p. 11). Prueba de la diversa percepción crítica y canónica es el hecho del éxito comercial alcanzado por estas escritoras, bien con la edición de sus novelas, bien con la colaboración en prensa o con la dirección de periódicos, frente a la posición marginal ulterior, a partir del triunfo de la novela realista. Llaman la atención el éxito de público del que gozaron en las décadas centrales de la centuria y las expectativas lectoras generadas, diferentes a las del público lector masculino, ya que sus nombres aparecieron consignados en los manuales de literatura hasta entrado el siglo XX para caer a continuación en el olvido.

Con los propósitos expuestos, Alda Blanco divide su monografía en cuatro apartados. En primer lugar, define la novela doméstica como agente cultural. La profesora Blanco subraya cómo la producción de novelas escritas por mujeres en el período de 1850-1870 fue lo suficientemente numerosa como para negarla, pues la crítica española ha mantenido la tendencia a omitir la creación habida entre La gaviota y las primeras novelas de Galdós en los años setenta. Estas novelas, junto con los manuales de conducta femeninos y con las revistas, contribuyeron a diseñar y a bosquejar el ideal de la feminidad para la incipiente sociedad burguesa española, convirtiéndose en el discurso dominante en aquellos años. Esta narrativa postergada contribuye a la creación de los que posteriormente serán definidos como los valores de la domestidad, que según Blanco son “los modos discursivos en los cuales se generan las ficciones de género y clase para las mujeres de las clases medias que se piensan a sí mismas como las proveedoras y los árbitros de la moral” (p. 23). De este modo, la novela doméstica deviene agente cultural de la ideología burguesa con la construcción de un discurso acerca de lo público y lo privado, de lo masculino y lo femenino y de la represión del deseo y la sexualidad. Confluye en este objetivo el desplazamiento que se produce en la centuria decimonónica de la moral hacia la mujer, convertida en baluarte de los ejes morales de la familia y de la sociedad. Todo ello conduce a la preeminencia que alcanzó el concepto de “ángel del hogar” en los numerosos discursos articulados al efecto, tanto en España como en otros países europeos. Cabe matizar que esta ardua tarea de definición por parte de las escritoras virtuosas no se acometió sin ambigüedades y contradicciones, pues se constatan momentos de asimilación del código, que ellas contribuyen a implantar, y momentos de transgresión. Pretende Blanco subrayar las fisuras de este proceso de consolidación del ideal de la domesticidad y las dificultades que tuvieron que sortear para ello. No olvida atender las razones filológicas para emprender el estudio de unas escritoras que la crítica juzga de escasa calidad literaria y el interés para la historia literaria que de ello se deriva, pues insiste en la necesidad de releer una parte de la novelística española, llena de silencios y huecos, teniendo en cuenta el referente de las literaturas del entorno, como la inglesa o la francesa, que vivieron procesos similares o la utilidad de elaborar un panorama novelístico más apegado a la realidad literaria del momento.

En segundo término, Alda Blanco revisa el discurso teórico de la novela en torno al cual se define la novela doméstica. El hecho de que la novela se convierta en producto comercial y que la fórmula recurrente sea la del melodrama y el folletín, que las escritoras virtuosas adoptan, provoca no pocas reacciones entre escritores y moralistas. Se trata de un debate interesante, que se remonta a las novelas de Fernán Caballero. Alda Blanco habla de “pánico moral”, ante la avalancha de creaciones que contenían fábulas amenazadoras para el orden moral. Se trata del platónico dilema acerca de los peligros que ocultan las creaciones simbólicas. Asistimos en la época estudiada a la aparición de un fenómeno de envergadura: la novela se erige en el medio de entretenimiento de públicos masivos, entre los que se halla, con impenitente fidelidad, el constituido por las mujeres y las publicaciones a ellas destinadas. Ante los evidentes signos de aclimatación del género surge el temor obsesivo del riesgo y de la amenaza que puede suponer para la clase media burguesa el consumo de ciertas novelas. Por ello en los sucesivos debates que tuvieron lugar se sostiene la idea de una novela supeditada a principios morales. Al respecto, Alda Blanco recorre las diversas posturas de Valera, el Duque de Rivas o Cándido Nocedal. Insiste en la coincidencia entre los hombres de letras de la necesidad de creación de una novela que sea un modelo de ejemplaridad, ante la sospecha de los posibles peligros que encierran ciertas novelas, plenas de amores peligrosos, de excesivo sentimentalismo, de olvidos de las responsabilidades familiares de madres e hijas, etc. Todo ello es explicado por los teóricos a causa de la incapacidad de la mujer para distinguir entre ficción y realidad y por la asociación que se estableció en España entre inmoralidad y folletín. De ahí deriva la nececesidad de urdir un proyecto estético para vincular la novela a la moralidad. Alda Blanco nos ilustra con profundidad los avatares de este debate crítico que pivota en todo momento en torno al registro moral, aportando los juicios de personajes influyentes como el padre Claret, Gil y Zárate o el Duque de Rivas. Se destaca la idea de una relación insidiosa entre el público femenino y la lectura, como agente contaminante del sexo femenino. A lo largo de las páginas de la monografía de Alda Blanco asistimos a los diferentes momentos de un debate crucial para entender la evolución de la novela, las expectativas del público y las pretensiones de los intelectuales y moralistas por diseñar una nueva concepción del mundo que permita la dirección intelectual y espiritual de la nueva sociedad. Con acierto, la profesora Blanco ofrece al lector una síntesis de la polémica que afectó a las autoras. Asimismo, amplía información y reflexiones recogidas sobre esta dilatada polémica en el libro de I. M. Zavala, (Ideología y política en la novela española del siglo XIX, 1971), que en un capítulo centra su atención en los enconados debates en torno a la novela de Fernán Caballero.

En tercer lugar, el ensayo discurre en torno a los imperativos de la moral y a las funciones desempeñadas por la mujer escritora. En resumen, este capítulo recorre las diferentes posturas de las escritoras ante el nuevo panorama, que se concreta en la condena de la novela ajena a la moralidad y en la represión del deseo sexual. Dada la creencia general asumida de la perniciosa asociación entre sexualidad e imaginación, a las escritoras no les quedaba otra salida que aceptar la defensa de la moralidad en sus creaciones para la anhelada aceptación. Alda Blanco retoma las aportaciones hechas por el clásico trabajo de Susan Kirkpatrick, (Las Románticas: Escritoras y subjetividad en España, 1835-1850, 1991) y continúa el periplo de las escritoras salidas del Romanticismo a partir del desplazamiento de la conciencia de autoría romántica y su mayor apertura hacia el restrictivo concepto del “ángel del hogar”. Se pregunta, como han hecho S. Kirkpatrick y C. Simón Palmer, por las razones de esta renuncia a cotas más altas de libertad creativa. Para Alda Blanco se trata de un cambio ideológico regresivo. Con este punto de partida, nos ofrece el panorama de cómo estas escritoras asumieron el canon de la domesticidad y de cómo definieron la feminidad en la novela, sin exención de posturas heterogéneas. Aborda el sugerente asunto de los límites y peligros tanto de la lectura como de la escritura para las mujeres, aportando reflexiones relevantes como las de Severo Catalina, (La mujer, apuntes para un libro, 1857).

En cuarto lugar, Alda Blanco destina un último capítulo a las escritoras en sus textos, centrándose en la obra narrativa de Mª del Pilar Sinués de Marco, llenando con ello un vacío historiográfico, que será completado poco después con la monografía de Í. Sánchez Llama, amén de algunos artículos aparecidos en los últimos años. A modo de preámbulo, define Alda Blanco los lineamientos estructurales de la narrativa doméstica, centrada en la figura mágica de la mujer virtuosa, dotada de amplios poderes para modificar su entorno familiar. Constata la contradicción detectada en la ideología de la domesticidad al suponer, por un lado, un freno a las iniciativas femeninas fuera del templo del hogar, y, por otro, deslizar la premisa de la influencia de la mujer en la sociedad, aunque indirectamente. Asimismo, apunta la relación existente entre las narraciones de la domesticidad y la clase social, según planteamientos críticos conocidos. A propósito, resultan ilustrativas estas palabras de la profesora Blanco: “En parte nuestro interés por la novela de mediados de siglo se debe a que la consideramos un espacio privilegiado a través del cual podemos conceptualizar y trazar la manera en que género sexual y clase se vinculan y operan en el orden simbólico y, más especificamente, el modo en que se representa este nexo en un texto que toma como materia novelable a la mujer cuya identidad se elabora, precisamente, en la intersección entre género sexual y clase” (p. 117). Desde esta perspectiva, ubica la obra narrativa de Sinués de Marco en el espacio en el que se elaboran los vínculos entre clase y género sexual a partir de la mirada de la escritora de la domesticidad.

De forma acertada, Alda Blanco concluye el trabajo con un apéndice, sugerente selección de textos de algunos protagonistas que participaron en el debate en torno a la novela, la exigencia moral y la participación de la mujer escritora. Así incluye el discurso de ingreso de Cándido Nocedal en la Real Academia Española de la Lengua, textos relevantes de teóricos influyentes en el discurso de la mujer doméstica y virtuosa como Antonio Claret y Severo Catalina y un texto del conocido libro de Mª del P. Sinués de Marco, El Ángel del hogar.

Con este trabajo de Alda Blanco se completan vacíos críticos historiográficos que afectan a unas escritoras y a una etapa que está despertando el interés de la crítica. Sería deseable el incremento de ediciones y estudios sobre aspectos particulares, sobre la obra y la biografía de cada una de las protagonistas, toda vez que este trabajo y otros pergeñan el panorama colectivo en el que se inserta la actividad narrativa de las escritoras de la domesticidad. En este sentido, sería oportuna la inclusión de un mayor número de textos del momento histórico que nos ocupa, dada su utilidad para el estudio de la novela en este período, pero se entiende que sería materia suficiente para otra publicación.




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